Roberto Garcia
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noviembre 12, 2025

Un verano

Un verano
noviembre 12, 2025

Crecí por sus calles, aquellas que conozco de memoria, aunque solo las pise unas pocas semanas al año. A ellas volvía, vuelvo, cada verano, año tras año, huyendo del asfalto y del ruido de la ciudad, buscando algo más que un simple cambio de paisaje: me busco a mí. Porque es en Folgoso donde siempre es posible encontrar la mejor versión de uno mismo. Allí, lejos de la prisa y las obligaciones, me siento más libre, más auténtico, más lleno de vida. Como si cada piedra, cada árbol y cada rincón me recuerde quién soy de verdad. Quién quiero ser. El aire sabe diferente, más limpio, más lento. Y el tiempo, bendito él, parece detenerse para que todo pueda vivirse con más intensidad.

Desde mi niñez, las vacaciones significan Folgoso. Esa promesa esperada con ansias durante todos los largos meses de rutina, capaz de convertir una simple señal de desvío de una autovía en la creación más maravillosa del ser humano. Deshacer la maleta no era una tarea, era el primer ritual del verano. Bastaban unos minutos para cambiar el chip; fuera reloj, fuera preocupaciones. En su lugar, noches sin horas de vuelta a casa, carreras en bicicleta bajo la última luz del día, y tardes eternas en la Presa, en la plaza, en la era, en la cancha de futbito, en el bar de mis tíos, o simplemente viendo pasar la vida.

Los días en Folgoso no se miden en horas, sino en momentos: el primer baño en el río, el olor al brezo de Santa Amadora, las charlas en una terraza junto a un café con hielo, las partidas de subasta o de “ganapierde” jugándonos las tomas. Cada verano es una colección de historias nuevas y recuerdos que se adhieren a la piel como el sol o el polvo del camino.

Allí, desde pequeños se tejen amistades que duran toda la vida. Son lazos que nacen sin darnos cuenta, compartiendo una pelota, un helado o un secreto en voz baja. Se forjan al calor de las tardes interminables y las noches en vela. Y con el tiempo descubrimos que muchas de esas amistades se vuelven las más importantes, las más sinceras, las que nos conocen desde antes de saber quiénes seríamos.

Como sabéis, el pueblo también se trasforma en Jesusín. Es el punto culminante del verano, el evento que todo lo cambia, al que nadie quiere faltar y por el que se cancelan otros planes de viaje más exóticos. Calles adornadas con banderines, casas con luz perenne tras los cristales de las ventanas, y ríos de gente que devuelven a Folgoso el esplendor de una época que es posible no vuelva.

Es ese fin de semana transformador de las primeras cervezas robadas a los mayores, el “cachi” de calimocho compartido con nervios entre risas, los bailes en la plaza con esa mezcla de vergüenza e ilusión. Donde empiezan muchas historias de amor adolescente, de esas que duelen mucho y bien. Y también en el que se consolidan las pandillas, los grupos que esperan todo el año para volver a estar juntos como si el tiempo no hubiera pasado.

Hemos crecido a base de experiencias. Aprendíamos del contacto directo, de la prueba y error, de hablar con aquellos a los que considerábamos “mayores” en los bancos del pino y escuchar sus historias y anécdotas. A veces bastaba con un paseo al ocaso de la jornada para entender cosas que en Madrid nunca hubiera aprendido. Folgoso es escuela de vida. Allí, sin darnos cuenta, madurábamos entre chistes, “vaciles” y confidencias.

Y, con los años, uno se da cuenta de muchas cosas. De que esas canciones que cantan las orquestas en Jesusín no están elegidas al azar. Que hay letras que nos retratan más de lo que imaginamos. Y, entonces, llega el momento en que todos, en algún punto de la madrugada, coreamos eso de Medina Azahara: “Necesito respirar, descubrir el aire fresco y decir cada mañana que soy libre como el viento.” Porque sí, en Folgoso, por un instante eterno, somos libres. Como el viento que atraviesa los montes y acaricia los tejados en las noches estivales.

Ahora que el tiempo ha pasado, que algunos amigos ya no vuelven tanto, que otros ya no están, que nosotros mismos a veces nos encontramos más lejos de lo que querríamos, cada recuerdo cobra aún más valor. Porque Folgoso no es solo un lugar; es una memoria compartida, una emoción que se activa con una canción, con el ruido de un tejo golpeando la boca de la rana o con el simple sonido del claxon del panadero a primera hora de la mañana.

Cada vez que regreso (porque nunca dejaré de hacerlo), me detengo unos minutos en cualquier rincón, cierro los ojos y dejo que todo vuelva: las voces, las risas, las luces, el eco de un balón rebotando en la pared. Me siento otra vez niño, otra vez joven. Porque en Folgoso no envejecemos, simplemente acumulamos veranos.

Y así, con el corazón lleno de nombres, de momentos, de promesas que solo se hacen en julio y agosto, uno entiende que hay lugares que no se explican. Se sienten. Lugares que son hogar incluso cuando no estás. Y, para mí, Folgoso es eso: el refugio donde soy feliz, aun sin poder abarcar el inmenso significado de esa palabra; donde he pasado los mejores días de mi vida sin ser consciente entonces de que los estaba consumiendo. Donde la vida se vive sin prisa, y el alma respira mejor.

En Folgoso.

Imagen: Tomás Vega Moralejo

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