Roberto Garcia
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septiembre 2, 2026

Hasta que vuelva a ser agosto

Hasta que vuelva a ser agosto
septiembre 2, 2026

El domingo pasado tocó deshacer la maleta de verdad, la última, la que ya no se vuelve a hacer hasta Navidad. Sant Quirze recibe siempre igual, ni bien ni mal, simplemente con esa normalidad de quien no se ha movido de sitio mientras tú andabas a otra cosa. La casa está como la dejamos. La nevera, vacía. Y el lunes hubo que volver a poner el despertador a una hora que llevo tres semanas fingiendo que no existe.

No es la primera vez que escribo sobre esto, la vuelta de las vacaciones, y sospecho que no será la última. Pero este año la sensación tiene un matiz distinto.

En mi último escribí que no me iba a hacer ilusiones sobre un posible “verano de mi vida”. Y no lo ha sido. Pero, aun así, han sido tres semanas completas. La mayor parte en Folgoso, la base de siempre, el sitio al que vuelvo cada verano con la misma mezcla de costumbre y ganas que no se gasta por mucho que se repita.

Allí, el 12 de agosto, subí a la era a ver el eclipse total de Sol. Estaba el pueblo entero, o casi, cada uno con sus gafas puestas mirando al mismo punto del cielo, en ese silencio raro que se hace cuando de verdad está pasando algo. Raquel y Mateo se quedaron abajo, así que lo viví sin ellos, rodeado de gente que conozco de toda la vida y echando en falta, aun así, a los dos que más echo en falta cuando no están cerca. El día se oscureció de una manera que no tiene nada que ver con un atardecer, con esa luz rara que no se parece a ninguna otra luz que conozca. Ahí arriba, con todo el pueblo mirando al mismo sitio, tuve una de esas certezas raras que se tienen pocas veces en la vida, la de saber en el momento mismo en que algo pasa que lo vas a estar contando dentro de veinte años.

Y del 24 al 27 de agosto, unos días en Galicia, solo Raquel, Mateo y yo, sin el resto de la familia, que también tiene su gracia particular. Un tiempo distinto, más pequeño, más nuestro, sin las capas de gente y de planes que se acumulan cuando estás en el pueblo con todo el mundo alrededor. Galicia fue eso, los tres, sin prisa, decidiendo cada día sobre la marcha qué nos apetecía hacer y qué no.

En Folgoso, entre otras cosas, organizamos las fiestas de Jesusín. No es un dato menor ni algo que se resuelva en una tarde. Meses de planificación de fondo, mensajes cruzados durante todo el año, y luego una semana entera sosteniendo que todo salga como tiene que salir, que es la parte que nadie ve desde fuera pero que es la que de verdad cuenta. Lo hicimos, salió bien, y ya hay fecha marcada mentalmente para repetir en 2027. Eso también dice algo, y no es poco. No soy alguien que pasa por Folgoso en agosto como quien pasa por un sitio bonito. Soy alguien que forma parte de que ese sitio siga siendo lo que es, que sigue apuntándose a que las fiestas salgan adelante un año más.

Con todo eso encima, familia, amigos, el eclipse, las fiestas, la semana distinta en Galicia, el balance del verano es, sin ningún tipo de duda, bueno. De los que se cuentan bien cuando alguien pregunta qué tal las vacaciones. No hay ninguna sensación de tiempo desperdiciado ni de oportunidades que se me hayan escapado. Al contrario. Si tuviera que puntuarlo, saldría alto.

Y sin embargo aquí estoy, con la maleta ya deshecha, sintiendo esa mezcla que en el noroeste tiene hasta nombre propio y que en cualquier otro sitio se queda en una simple nostalgia sin adjetivo. Morriña. La palabra existe porque hace falta, porque nostalgia se queda corta para lo que realmente es esto.

Llevo un rato pensando por qué pesa tanto la vuelta cuando el verano ha sido, objetivamente, de los buenos. Y creo que tiene que ver con algo que no es solo dejar un sitio bonito atrás. Es que Folgoso no es un destino de vacaciones para mí, es una parte de quién soy que solo puedo habitar del todo unas pocas semanas al año. El resto del tiempo la llevo puesta, mucho más de lo que a veces reconozco en el día a día de Sant Quirze, pero llevarla puesta no es lo mismo que estar allí. Y saber que hasta Navidad no voy a volver a pisarlo, que la próxima vez que pise esas calles va a ser con las luces de diciembre puestas y no con el calor de agosto todavía en el cuerpo, es lo que convierte un verano estupendo en una despedida que cuesta.

Supongo que es el precio de tener varios sitios que sientes como propios a la vez, cuando solo puedes vivir físicamente en uno. Los otros se quedan esperando, y uno se acostumbra a esa espera sin que deje nunca de doler un poco cada septiembre.

Ya ha vuelto la rutina, el trabajo, el cole de Mateo, las horas repartidas en bloques pequeños que el verano se salta sin pedir permiso. Y está bien que vuelva, porque también es parte de la vida que quiero y que he elegido. Pero durante unos días más voy a dejar que la morriña haga lo suyo sin pelearme con ella, porque he aprendido que pelearse con ella solo la alarga.

Folgoso espera. Yo también, ya, sin haberme ido del todo.

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