Hay olores que te transportan en el tiempo con más fuerza que cualquier fotografía. Uno de ellos, y seguro que no soy el único al que le pasa, es el de leña quemada mezclado con el aire helado del otoño. Un aroma que se convierte en una máquina del tiempo instantánea y que me devuelve a Folgoso de la Ribera, a esos viernes por la tarde en los que dejábamos atrás Madrid para irnos, como ya he dicho muchas veces, a mi lugar favorito del mundo,
Recuerdo los nervios en casa, junto a mi hermana, esperando a que mis padres llegaran del trabajo para rematar el equipaje y bajar al garaje a por el coche. Normalmente salíamos poco después de comer, pero como en otoño los días mueren antes, siempre se acababa por hacer de noche en el camino. Es imposible borrar de la memoria el mirar por la ventanilla y ver cómo el cielo se teñía de naranjas, rosas y violetas que parecían pintados a mano. Los campos de Castilla se extendían interminables bajo esa luz dorada que solo existe en otoño, con los árboles ya desnudos o aferrándose a sus últimas hojas.
Estar dentro del coche era reconfortante, con su continuo sonido de motor diésel y ruedas sobre el asfalto, acompañado de un calor que contrastaba con el frío del exterior. Los cristales se empañaban y apenas dejaban ver, salvo que los limpiaras, el paisaje que iba transformándose a medida que nos acercábamos. Las llanuras daban paso a las primeras elevaciones, y luego a las montañas que abrazan El Bierzo. Cuando comenzaba a oscurecer del todo y veía las luces de los pueblos desperdigadas por las laderas, sabía que faltaba poco.
Como he dicho, tengo grabado a fuego (perdón por el antagonismo) el frío. El que sentía cuando bajábamos a tomar un café (y, normalmente, un pincho de tortilla) en nuestro sitio habitual de Mota del Marqués, más o menos a medio camino. Y también el que se nos calaba hasta los huesos cuando aparcábamos en frente de casa de mis tíos, completamente distinto al seco de Madrid, sino uno húmedo imposible de combatir con chaquetas o bufandas.
Y entonces llegaba: ese olor. El de leña y carbón quemándose en las calefacciones de cada casa. El humo salía de todas las chimeneas, dibujando columnas grises que se disolvían en el aire helado y la niebla incipiente de la noche. Era el olor del pueblo entero calentándose, preparándose para el invierno que ya llamaba a la puerta. Cada vez que lo olía, sabía que estaba en casa.
No importaba lo cansado que estuviera del viaje, el protocolo era invariable: primero, a casa de los abuelos. Dejábamos las maletas en casa de mis tíos y, acto seguido, había que ir a saludar. Recuerdo subir por la cuesta de la plaza, con la iglesia al fondo, y el vapor saliendo de mi boca mientras apretaba el paso con las manos bien resguardadas en los bolsillos.
La puerta era moderna, en una casa vieja, de metal y cristal. Nada más entrar había una suerte de comedor con cocina en la que mis abuelos hacían vida. Lo que era seguro era el calor, la luz, y ellos levantándose para recibirnos. Siempre había comida que ofrecer, siempre nos preguntaban si queríamos cenar. No solíamos hacerlo, porque había prisa por ir a ver al resto de la gente. Esa que siempre había en el Moralejo, el bar de mis tíos, con plena ocupación en esas noches de fin de semana de otoño. Empujabas la puerta de la cocina y una bocanada de aire cálido (y hasta hace no mucho, también de tabaco), cargada de voces y risas, te golpeaba en la cara.
El bar siempre estaba lleno. Hombres jugando a las cartas en alguna de las mesas, otros apoyados en la barra con sus copas de vino o sus cañas, algún grupo comentando cualquier cosa de actualidad. Las mesas ocupadas, el televisor encendido aunque nadie lo mirara realmente, el tintineo constante de vasos y botellas. Era el latido del pueblo, el lugar donde todos convergían.
A esas horas solían estar todos en casa. Publio, Tomás, Luis y Esther, cada cual en un sitio, alguno de los dos primeros detrás de la barra. Me encantaba estar allí, absorbiendo ese ambiente. Las conversaciones se mezclaban unas con otras, la televisión, sobre todo si había fútbol, a veces competía con las voces, y yo me sentía parte de algo más grande que yo mismo. Era la vida del pueblo en estado puro, concentrada en ese espacio reducido donde el otoño de fuera no podía alcanzarte.
El Magosto y los paisajes
Si hay una celebración que defina el otoño en Folgoso, esa es el magosto. Reunirse alrededor del fuego para asar castañas es una de esas tradiciones que conectan generaciones enteras. Recuerdo esas tardes en las que la familia se juntaba después de haber pasado las últimas horas de sol recogiendo castañas en alguno de los terrenos a los que solíamos ir. El fuego crepitaba, las castañas estallaban en la lata agujereada con pequeños chasquidos, y el olor dulzón de su carne tostada se mezclaba con el humo. Las manos se te quedaban negras de ceniza, pero no importaba.
Todo ello, envuelto en el paisaje de Folgoso en esta mágica estación, de una belleza que duele. Los bosques que rodean el pueblo se transforman en tapices de rojos y dorados, el río ya empieza a bajar turbio y embravecido, dibujando paseos de casi de cuento por los caminos, mientras era testigo de colores tan intensos que parecían irreales: el rojo del Paseo de los Molinos, el verde oscuro de los robles que se resistían, el marrón profundo de la tierra húmeda.
Y la luz. Esa luz oblicua del otoño que alarga las sombras y convierte cualquier escena cotidiana en algo digno de un cuadro. El Catoute al fondo, con sus primeras nevadas en la cumbre, vigilando el valle como un gigante dormido.
Eso sí, el domingo por la tarde, la magia se rompía. Había que recoger, despedirse, volver a meter todo en el maletero. El viaje de vuelta siempre era más silencioso, como si todos compartiéramos la misma melancolía. Por la ventanilla, veía alejarse las montañas, y con ellas, esos días de otoño que se grababan en la memoria.
Pero sabía que volveríamos. Que el próximo fin de semana, o el siguiente, haríamos otra vez ese viaje al atardecer, con los cristales empañados y el corazón acelerado de anticipación. Porque Folgoso en otoño no era solo un lugar, era un sentimiento. Un ancla que me mantenía conectado a mis raíces, a mi familia, a esa versión más simple y verdadera de mí mismo.
Han pasado los años, y yo ya no soy ese niño que esperaba nervioso a que llegaran mis padres para iniciar el viaje. O, quizá, sí, porque las mariposas en el estómago siempre están ahí cuando cargo el coche, ahora con Mateo y Raquel, en un garaje de Barcelona. Lo hago, eso sí, con cada vez con menos frecuencia, pero lo que nadie puede quitarme es esa sensación, cuando huelo a leña quemada en el aire frío, de volver a Folgoso. Aunque sea de manera sensorial.
Foto: Tomás Vega Moralejo

