La semana pasada me senté en el sofá y Mateo estaba jugando en el suelo, con esa concentración absoluta que tienen los niños de tres años cuando algo les importa de verdad. Lo miré un momento y pensé, con una claridad que me sorprendió un poco: yo era eso. No algo parecido. Eso, exactamente.
Y luego el pensamiento fue a más, como suele pasar cuando no tienes cuidado. Si yo era ese niño, ¿qué soy ahora? ¿El mismo? ¿Alguien que lo recuerda? ¿Qué parte de la persona que jugaba en el suelo esperando el verano de Folgoso sigue aquí, cuarenta años después, mirando a su hijo jugar en el suelo de otro sitio?
Llevo días con eso en la cabeza. No con angustia exactamente, sino con esa sensación de que hay una pregunta que siempre estuvo ahí y que de repente no puedo fingir que no la veo.
El asunto tiene capas.
La primera es la más antigua de la filosofía occidental, y la formuló Descartes en el siglo XVII con una elegancia que después de cuatro siglos todavía cuesta mejorar. La pregunta es sencilla: ¿cómo sé que lo que percibo es real? Descartes llegó tan lejos que se preguntó si no habría algún demonio maligno, un genio engañador dedicado a fabricar una realidad perfectamente convincente para hacerle creer que el mundo existía cuando en realidad no existía nada. No llegó a una respuesta definitiva sobre la realidad exterior, pero sí encontró una certeza: que para que haya duda tiene que haber alguien que dude. Cogito ergo sum. Pienso, luego existo. Lo demás, ya menos seguro.
El solipsismo, que es la versión radical de esta duda, dice que lo único que existe con certeza es tu propia mente. Todo lo demás, las personas, las guerras, las noticias sobre extraterrestres, podría ser una proyección. Un sueño muy elaborado sin soñador externo.
Racionalmente, nadie cree esto. Pero hay tardes en el sofá en las que la pregunta no suena tan absurda.
Lo que me llama la atención es que la sensación no es nueva, aunque sí es más frecuente que antes. Las guerras en la televisión llevan toda mi vida pareciéndome algo que ocurre en otro plano. No porque no me importen, sino porque hay algo en la manera en que llegan, recortadas y empaquetadas en pantallas, que las hace sentir distintas a la realidad táctil del café de esta mañana o del peso de Mateo cuando se queda dormido.
El filósofo Jean Baudrillard escribió sobre esto en los años noventa, cuando la primera Guerra del Golfo llegó a los salones de todo el mundo por televisión. Dijo algo que escandalizó a mucha gente: que esa guerra, tal y como la experimentó la mayoría, no había tenido lugar realmente. No en el sentido de que no hubiera muertos, sino en el sentido de que lo que la gente vivió fue un simulacro, una representación mediática que sustituyó al acontecimiento real. Un espejo puesto delante de la realidad que al final se confunde con ella.
Esto tiene algo de inquietante porque hoy el fenómeno es total. Las noticias sobre extraterrestres, las guerras en tiempo real, los debates sobre si vivimos en una simulación generada por alguna civilización avanzada… todo llega por el mismo canal, con el mismo formato, con la misma temperatura de pantalla. La fricción entre el acontecimiento y su representación ha desaparecido casi por completo. Y cuando algo llega sin fricción, cuesta creer del todo que sea real.
Pero la pregunta que más me ronda, la que empezó aquella tarde mirando a Mateo, no tiene que ver con las guerras. Tiene que ver con ese niño en el suelo y yo mirándole desde arriba.
David Hume, el filósofo escocés del siglo XVIII, tenía una idea sobre la identidad personal que me parece honesta hasta el punto de ser incómoda. Decía que si buscas dentro de ti un yo permanente, una esencia que se mantiene constante a lo largo del tiempo, no la encuentras. Solo encuentras percepciones, pensamientos, emociones que pasan. El yo no es una cosa, es un haz de experiencias que van juntas y que llamamos “yo” por comodidad.
Si Hume tiene razón, el niño que esperaba el verano en Folgoso no soy exactamente yo. Es alguien con quien comparto cuerpo, familia y algunos recuerdos, pero cuya experiencia del mundo era tan distinta a la mía que llamarlos “la misma persona” es, en cierta medida, una ficción útil.
Y sin embargo. La memoria funciona de otra manera. Cito ahora a Henri Bergson, filósofo francés de principios del siglo XX, distinguía entre el tiempo del reloj y el tiempo vivido. El reloj dice que entre aquel niño y yo hay cuarenta años. La memoria dice que hay algo más parecido a un continuo sin costuras, donde el olor a hierba cortada de Folgoso y el café de esta mañana ocupan el mismo espacio, sin que uno pese más que el otro. El pasado no se va. Se queda, sedimentado, y de vez en cuando sube a la superficie sin pedir permiso.
Eso explica, creo, por qué el pasado se parece a algo visto por televisión. No porque no fuera real, sino porque la memoria lo ha procesado tanto, lo ha revisitado y reordenado tantas veces, que ya no tiene la textura rugosa de lo que está pasando ahora mismo. Tiene la textura lisa de algo contado.
Mateo no sabe nada de esto. Tiene casi cuatro años y el mundo entero cabe en el salón de casa y en el parque y en los libros antes de dormir. No se pregunta si lo que le rodea es real. Lo es, completamente, sin fisuras.
Quizás eso sea lo que noto cuando le miro y pienso que yo fui eso: la ausencia de la pregunta. Que hubo un tiempo en que la realidad no necesitaba verificarse porque no había nada que pudiera ponerla en duda. La infancia como el único período en que el solipsismo no tiene sentido porque aún no has desarrollado la maquinaria para planteártelo.
Lo que me queda de ese tiempo no son respuestas. Son el olor de Folgoso en agosto y la sensación de que el verano duraba para siempre, que son, supongo, pruebas suficientes de que algo real ocurrió allí.
No sé si eso es consuelo o nostalgia. Probablemente las dos cosas al mismo tiempo, que a estas alturas ya sé que no se cancelan.

