Ya sé que lo del verano es un tema recurrente aquí. Ya sé que lo he escrito antes, que le he dado vueltas desde ángulos distintos, que me he puesto nostálgico con Folgoso y con la infancia y con los veranos que ya no tienen fondo visible. Lo sé. Pero esto necesitaba contarlo, aunque solo sea porque si no lo escribo se me queda dando vueltas dentro y eso tampoco es plan.
El domingo pasado fue el primer día de piscina del año.
Bajamos con Mateo a la comunidad a media tarde. Él con bañador de estreno… pero con otitis. Así que yo iba con la toalla y las ganas razonables de un padre que sabe que va a estar dos horas vigilando que no le entre agua en el oído.
La piscina estaba fría, como siempre está la piscina el primer día que bajas. Él no le dio ninguna importancia. Entró sin dudarlo, gritó un poco al principio y luego siguió como si el agua hubiera estado siempre a esa temperatura y el problema fuera mío por no meterme de golpe. Tiene poco más de tres años y todavía cree que el mundo está hecho a su medida, que es una de las cosas que más envidia le tengo.
Fue un primer día de piscina más o menos normal. Bonito, pero normal. No fue eso lo que abrió algo.
Lo hizo la terraza de casa. Aquella misma tarde vencida, después de que Mateo se hubiera dormido.
Salí sin ningún plan concreto. A tomar el aire, supongo, que es una de esas cosas que uno dice cuando en realidad lo que hace es escaparse un momento. Y entonces ocurrió eso que a veces pasa y que no se puede forzar: los sentidos se pusieron delante del pensamiento y llegaron antes que cualquier cosa que tuviera preparada en la cabeza.
El primer ruido fue una persiana subiéndose. De algún vecino, no sé cuál, que abría la ventana para que entrara el frescor después del calor del día. Un ruido muy concreto y muy veraniego: esa cadena metálica contra la guía, el rodillo girando, el golpe suave de la lona al llegar arriba. Es un sonido que no existe en invierno porque en invierno nadie sube las persianas de noche. Existe solo cuando hace calor y la noche es mejor que el día, y escucharlo fue como recibir una señal de algo.
Luego el olor de los pinos. Hay unos pinos cerca de casa que en verano, cuando la temperatura baja por la noche, sueltan algo que no sé describir de otra manera que como el olor que tiene el verano. Una resina que se mezcla con el aire fresco y que huele exactamente a eso, a noches de julio, a ventanas abiertas, a que hay tiempo por delante.
Luego la gente. Que también habían salido, claro, porque cuando hace calor de día Sant Quirze espera la noche para moverse. Gente paseando, gente haciendo deporte, alguien con el perro. No como a las ocho de la tarde de un martes de febrero. Como en verano; con más calma, con otro paso, como si el calor del día les hubiera enseñado a no tener prisa.
Y luego, casi sin querer, el silencio ruidoso (tenemos una autopista al lado) roto por cubiertos y por esa conversación de fondo que solo existe cuando alguien está cenando fuera. Sin distinguir palabras. Solo el tono, el ritmo, los comentarios entre vecinos que suenan distintos cuando se dicen con el cielo encima.
Todo eso junto, en menos de un minuto, y ya no estaba en mi terraza.
Estaba en el verano. No en el del domingo pasado. En el de siempre, en ese verano abstracto que tiene cuarenta años y que es todos los veranos a la vez.
Estaba en Folgoso, que es adonde siempre vuelvo cuando pienso en el calor de las noches y en las persianas que suben tarde y en el olor de los pinos. En esas noches en que la casa guardaba el calor del día hasta las once y luego de golpe cambiaba y entraba un aire que olía al monte y que hacía que tuvieras que buscar algo con lo que taparse, aunque no mucho, lo justo.
Había algo en ese olor de los pinos del domingo que era exactamente el mismo olor de entonces. No parecido. El mismo. Lo que cambiaba era el sitio y la persona que lo estaba oliendo, que tiene unos cuanto años al cinto y un hijo dormido dentro, pero el olor era idéntico. Me resulta todavía un poco misterioso que algo así sea posible, que una molécula que flota en el aire nocturno pueda hacer lo que no puede hacer ninguna fotografía: devolverte la temperatura exacta de un momento que ocurrió hace treinta años.
No era nostalgia, o al menos no solo eso. Era algo más parecido a una confirmación. Como si la nariz dijera: sí, ese sitio existió, ese tiempo existió, aquello fue real y además estaba bien.
Entré cuando ya refrescaba. Que también es una cosa que solo pasa en verano, entrar cuando ya hace frío, porque la noche ha ganado al día y porque mañana hay que madrugar y porque al final los veranos tampoco son infinitos aunque de niño pareciera que sí.
Estoy escribiendo esto unas horas después y todavía lo tengo ahí. El ruido de la persiana. El olor de los pinos. Los cubiertos en el patio del vecino.
Ya sé que me repito. Pero necesitaba contarlo.

