La semana pasada me pasé más de media hora en el baño.
No tengo ningún problema digestivo. Tenía el teléfono.
Cuando salí, Raquel me preguntó si me encontraba bien y tuve que decirle que sí, que estaba perfectamente, que me había entretenido. Era verdad y no era verdad al mismo tiempo. Me había entretenido en el sentido más literal: algo había detenido el tiempo sin que yo decidiera detenerlo. Empecé mirando un mensaje de WhatsApp y terminé viendo un vídeo de alguien que hacía tortillas de una manera que supuestamente cambia la vida.
No cambia la vida. Y yo no tenía ningún interés en las tortillas.
He intentado desintoxicarme del móvil en más ocasiones de las que soy capaz de recordar con precisión. El primer intento serio fue hace cuatro o cinco años, cuando leí algo sobre los efectos del scroll infinito en el cerebro y decidí que aquello no iba conmigo. Eliminé Twitter, que entonces se llamaba Twitter. Me duró dos semanas. El segundo intento fue cuando leí un artículo entero sobre productividad que dedicaba tres capítulos al teléfono y salí convencido de que había entendido algo definitivo. Volví a las aplicaciones solo unas semanas después.
El patrón siempre es el mismo. Una toma de conciencia, una decisión firme, unos días de claridad en los que el mundo parece más nítido y el tiempo parece multiplicarse, y luego la vuelta. Siempre la vuelta. Igual que alguien que deja el tabaco y al tercer día de euforia coge el paquete de un compañero para “solo probar”.
Lo que más me fastidia no es haber vuelto. Es que cuando vuelvo siempre tengo la misma sensación de que esta vez va a ser diferente, que puedo con esto, que sé cuáles son los mecanismos y por tanto estoy por encima de ellos. Como si conocer el truco de un mago lo convirtiera en un mago peor.
Hay un momento concreto que reconozco cuando ya estoy metido. Es tarde, normalmente. He abierto el teléfono con algún propósito vago, que podría ser revisar una cosa o contestar un mensaje, y en algún punto entre ese propósito y el presente me he perdido. Llevo un rato viendo cosas que nadie me ha pedido que vea, sobre temas que no me importan especialmente, en formatos diseñados para que no pueda salir.
En ese momento, si soy honesto conmigo mismo, noto algo parecido al hambre. No hambre de contenido. Hambre de que pare. Una pequeña voz que dice que hay otras cosas, que el tiempo que estoy pasando aquí es tiempo que no existe después, que esto que estoy haciendo no va a quedar en ningún sitio. Esa voz la escucho, la proceso, y sigo scrolleando.
Eso es lo que más me cuesta explicar cuando hablo de esto con alguien. Que no es ignorancia. No es que no sepa lo que estoy haciendo. Es que lo sé perfectamente y lo hago igualmente, lo cual es una forma de impotencia que se parece a estar borracho y ser consciente de que estás borracho pero no poder hacer que eso cambie nada.
He hecho cálculos alguna vez. No de manera rigurosa, porque el rigor en esas cosas produce una angustia que tampoco ayuda. Pero sí de manera aproximada. Si soy honesto con el tiempo que paso al día en el teléfono de manera no productiva, estamos hablando de entre una y dos horas. Una hora diaria son siete horas a la semana. Son casi quince días al año. Quince días que podrían ser cualquier otra cosa. Quince días que en su momento no se perciben como un bloque de tiempo sino como ratos pequeños, como espacios entre cosas, como transiciones que de todas formas no contaban.
Pero cuentan. Es lo que me resulta más difícil de asumir. Los ratos pequeños cuentan.
Cuando pienso en lo que podría hacer con una hora diaria que ahora va al teléfono, la lista es incómoda. Podría haber estado más con Mateo. Con Raquel. Con mis padres. Podría haber leído varios libros al año que no he leído. Podría haber tenido conversaciones que no tuve porque estaba en el mismo sitio físico pero en otro lugar mental. Podría haber prestado atención a cosas que merecían atención y que me perdí porque miraba una pantalla.
No lo pienso para flagelarme. Lo pienso porque creo que es verdad y porque creo que negarlo no sirve de nada.
El mecanismo que más me ha costado reconocer es el de la recompensa variable. No lo descubrí yo. Está en cualquier artículo sobre diseño de aplicaciones y comportamiento humano. La idea es simple: si cada vez que revisas el teléfono encontraras exactamente lo mismo, te aburrirías y pararías. Pero si a veces hay algo interesante y a veces no hay nada, tu cerebro convierte esa incertidumbre en un incentivo para seguir mirando. Es la misma lógica que hace que las máquinas tragaperras sean más adictivas que los juegos de mesa.
Esto tiene nombre científico. Se llama refuerzo intermitente y fue documentado por el psicólogo B.F. Skinner en los años cincuenta, inicialmente con palomas. Las palomas picaban una palanca de manera compulsiva cuando la recompensa era aleatoria, mucho más que cuando era predecible. Setenta años después, los diseñadores de aplicaciones lo aplican con una precisión que Skinner habría admirado.
Conocer esto no me ha hecho inmune. Me ha hecho sentirme tonto cuando caigo. Que es una diferencia sutil pero importante.
Mi último intento ha empezado hace unos diez días. Esta vez he sido más estratégico. He puesto límites de tiempo en las aplicaciones, he movido el teléfono fuera del dormitorio por las noches. Los primeros días fueron raros, con esa incomodidad de no saber qué hacer con las manos en ciertos momentos. Ahora parece que algo ha cambiado. Duermo más y mejor. Las conversaciones en casa son más largas.
Pero ayer hubo una noticia que me interesaba y el patrón ha vuelto. Por eso, creo que estoy en algún punto intermedio que no es el peor pero tampoco es donde quiero estar. Sé lo que tengo que hacer. He demostrado que puedo hacerlo durante períodos cortos. El siguiente paso, el que todavía no he conseguido, es convertir eso en algo que no necesite vigilancia constante. En un hábito, que es la palabra que uso para no tener que decir que quiero que esto deje de ser una lucha.
No tengo un final bonito para esto. No he llegado al otro lado. Sigo siendo alguien que a veces pasa media hora en el baño viendo vídeos que no importan.
Pero algo ha cambiado en cómo lo vivo. Antes no lo notaba. Ahora sí. Y no estoy seguro de que notarlo sea más cómodo, pero creo que es necesario. Porque la primera condición para cambiar algo es no poder seguir ignorándolo.
El teléfono sigue en la mesilla. Mañana vuelvo a intentarlo.

