Hay canciones que no escuchas. Que te ocurren.
Moonlight Shadow de Mike Oldfield es una de las primeras que recuerdo que me hizo eso. No sé cuántos años tendría. Ocho, quizás nueve. Lo que sí recuerdo es que sonó en algún sitio (seguramente en la habitación de mi tío Tomás, quien me mostró a este genial artista que ya es parte intrínseca de mi vida y sobre quien ya he escrito largo y tendido aquí) y que algo en esa melodía se quedó enganchado en algún lugar del cerebro que no controlo. No fue una decisión. Fue algo que simplemente pasó, como cuando ves un paisaje por la ventanilla y durante un segundo parece que el tiempo se detiene y no sabes exactamente por qué.
Durante años, Mike Oldfield fue mi respuesta mental a la pregunta de cuál era mi artista favorito. Una pregunta que nadie me hacía, porque con ocho años nadie te pregunta esas cosas, pero que yo me hacía a mí mismo con una seriedad que ahora me parece enternecedora. Había algo en esa música que sentía como mío antes de entender qué significaba que algo fuera tuyo. Una voz, una guitarra, una sensación de que el mundo podía ser melancólico y hermoso al mismo tiempo, y que eso no era una contradicción sino precisamente el punto.
No recuerdo cuándo dejé de escucharle tanto. Las músicas que te descubren de niño no desaparecen, solo quedan en silencio esperando.
Hay algo de aquella época que cuesta explicarle a alguien que no lo vivió, y que tiene que ver con el esfuerzo que requería la música entonces. No esfuerzo en sentido negativo. Esfuerzo como inversión, como ritual, como cosa que se hacía despacio y con intención.
Grabar una cinta de cassette era un acto que exigía planificación. Primero elegías las canciones, que ya era una tarea seria porque el espacio era limitado y había que decidir qué cabía y qué no. Luego esperabas. La grabación ocurría en tiempo real, sin atajos, y si te equivocabas tenías que rebobinar y volver a empezar. El resultado era físico, tangible, con una cara A y una cara B que alguien había ordenado con algún criterio que ahora no siempre recuerdo pero que en su momento era importante. Esas cintas tenían un peso sentimental que ningún algoritmo ha conseguido replicar.
Comprar un CD era otra cosa. Era tomar una decisión con consecuencias, porque los CDs costaban dinero y dinero era lo que no sobraba con doce años. Cuando llegabas a casa con uno nuevo y lo abrías (ese clic de la caja, el libreto con las letras si tenías suerte) no te saltabas canciones. Escuchabas el disco de principio a fin porque así funcionaba y porque además así se suponía que había que hacerlo. Algunos discos tardaban en gustar. Había canciones que al principio parecían relleno y que con el tiempo se convertían en las favoritas, cosa que nunca habría ocurrido si hubieras tenido la opción de ignorarlas desde el primer día.
Los viajes a Folgoso eran el escenario perfecto para todo eso. Más de tres horas de carretera con mis padres, sin el control del mando a distancia, la música que pusieran ellos y a veces, si el humor acompañaba, la que pedía yo. Recuerdo tramos de la A-6 asociados a canciones concretas de una manera que no tiene ninguna lógica pero que es absolutamente real. El paisaje cambiando fuera de la ventanilla y una melodía que se quedaba pegada al momento para siempre, sin que nadie lo hubiera planeado así. El aburrimiento dulce de los viajes largos de la infancia, que era un tipo de tiempo que ya no existe en ningún sitio.
Ahora tengo acceso a prácticamente toda la música que se ha grabado en la historia, en cualquier momento, desde el teléfono. Debería ser mejor. En muchos sentidos lo es. Pero hay algo que se perdió cuando desapareció la fricción, cuando ya no hubo que elegir ni esperar ni quedarte con lo que había. La abundancia tiene ese efecto secundario que nadie menciona en los folletos.
La siguiente oleada vino bastante después y desde una dirección completamente distinta.
Tendría quince, dieciséis años. La “casina” de Folgoso era el sitio donde confluíamos, el espacio de reunión que adoptó esa nomenclatura tan genérica como nombre oficial, donde pasábamos las tardes del invierno y los fines de semana de todo el año. Y en algún momento de esa época, alguien trajo Rammstein. Alguien trajo Korn. No recuerdo bien quién fue el primero en poner aquello, pero sí recuerdo la sensación de que era música que no se parecía a nada que hubiera escuchado antes. Más oscura, más físicamente presente, como si ocupara más espacio en el aire.
Con quince años no analizas qué te gusta de una canción. Simplemente la escuchas con una intensidad que de adulto cuesta recuperar. La escuchas en bucle durante semanas. La escuchas pensando que eso es exactamente lo que sientes aunque no sepas muy bien qué sientes. La adolescencia tiene esa capacidad de convertir cualquier cosa en algo que parece absolutamente definitivo, y la música es el vehículo perfecto para eso porque no exige que lo expliques.
Rammstein ponía en sonido algo que tenía que ver con la rabia y con la potencia, con sentir que había una versión de ti mismo que era más grande que la que mostraba en el día a día. Korn hacía algo parecido pero más oscuro, más incómodo, con esa mezcla de angustia y de electricidad que en aquellos años me parecía completamente honesta. Luego aprendí que la mayoría de las letras no trataban exactamente de lo que yo proyectaba en ellas, pero eso tampoco importa demasiado. La música que te marca a los quince años no te habla de sí misma. Te habla de ti.
Hace unos días escuché Moonlight Shadow en algún sitio y tardé dos segundos en tener diez años otra vez. No es una exageración. Es literalmente lo que ocurrió. Un segundo estaba haciendo algo completamente mundano y al siguiente había algo en la temperatura del aire que era distinto, como si el espacio alrededor hubiera cambiado de composición y fuera el mismo espacio de otra época.
Eso tiene nombre científico, creo. Memoria involuntaria. Proustiana, si uno quiere ponerse literario. El olor a piedra caliente o el sonido de una canción que llegan antes que cualquier decisión consciente de recordar.
Pero lo que me sorprendió esta vez no fue el recuerdo en sí. Fue lo que acompañaba al recuerdo. Una felicidad que no esperaba. No nostalgia exactamente, que suele tener algo de melancólico en el fondo. Sino algo más directo, más físico, parecido a lo que sientes cuando de repente hace sol después de semanas de gris. Una sensación de que hubo un tiempo en que el mundo era de esa manera y que ese tiempo fue bueno.
Con Rammstein me pasa lo mismo, y reconozco que suena absurdo dicho así. Que una canción de metal industrial alemán te transporte a algo que recuerdas como luminoso parece una contradicción. Pero las canciones no funcionan por lo que dicen sino por dónde estabas cuando las escuchaste por primera vez, y yo estaba en la casina de Folgoso con dieciséis años y no tenía ningún problema real y el verano no tenía fondo visible.
Han pasado veinticinco años de eso. Esta semana lo pensé y me quedé un momento parado. Veinticinco años. Una cifra que escrita parece enorme y que sin embargo no coincide con cómo se siente desde dentro, donde parece que fue hace muy poco y también hace muchísimo tiempo, las dos cosas a la vez, sin que ninguna de las dos cancele a la otra.
No sé muy bien qué hacer con eso. Con la certeza de que hay un hilo que conecta al niño que escuchaba Moonlight Shadow sin entenderla del todo, al adolescente que ponía Korn en la casina convencido de que era la música más importante del mundo, y al hombre que ahora se para en medio de lo que sea que esté haciendo porque Youtube me lo ha sugerido.
Supongo que lo que hace la música que escuchamos cuando éramos jóvenes es guardar, sin que se lo pidamos, la temperatura exacta de aquellos momentos. No los hechos. No las conversaciones. Sino la textura. La sensación de cómo era estar ahí entonces, que es lo más difícil de retener con el tiempo y lo primero que se va si no tienes nada que te lo devuelva.
Moonlight Shadow suena y tengo diez años y el mundo todavía cabe entero en una tarde de verano en Folgoso. Rammstein suena y tengo dieciséis y no hay nada que no pueda esperar hasta mañana.
No lo sabíamos entonces, claro. Nunca lo sabemos. Pero estábamos siendo felices con una eficiencia que ya no somos capaces de alcanzar. Y de vez en cuando, durante dos segundos exactos, volvemos, como dije una vez, a los “Good Old Days“.

