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diciembre 17, 2025

Mike Oldfield: una discografía para volver cuando uno ya es otro

Mike Oldfield: una discografía para volver cuando uno ya es otro
diciembre 17, 2025

No recuerdo cuándo fue la primera vez que escuche a Mike Oldfield. Tampoco el tema que me inició en su música, aunque juraría que fue The Song of the Sun, esa maravillosa adaptación de O Son do Ar de los gallegos Luar Na Lubre que es la guinda al pastel del delicioso The Voyager (1996). Lo que sí tengo claro es que fue en la habitación de mi tío Tomás, a quien nunca le agradeceré lo suficiente que me abriera las puertas de este genio, cuya discografía de más de cinco décadas no se recorre, se atraviesa.

Porque en realidad no es una sucesión ordenada de discos que puedan evaluarse con un sistema de estrellas o puntuaciones objetivas, sino un corpus musical profundamente ligado al tiempo, a la edad del oyente y al momento vital desde el que se escucha. Hay artistas que uno entiende a la primera; Oldfield no es uno de ellos. Con él, la comprensión llega por capas, por regresos, por escuchas que años atrás no decían nada y que, de pronto, cobran un sentido inesperado.

Mike Oldfield ha sido para muchos —demasiados— “el de Tubular Bells”. Es comprensible, incluso lógico. Su debut de 1973 es una obra fundacional, no solo dentro de su carrera, sino en la historia de la música popular contemporánea. Un disco compuesto e interpretado casi en su totalidad por un joven de dieciocho años, grabado tras múltiples rechazos, acogido finalmente por un Richard Branson que aún estaba construyendo Virgin Records, y convertido en fenómeno mundial tras su inclusión en El exorcista. Todo eso es cierto. Y, sin embargo, quedarse ahí es perderse casi todo.

Tubular Bells es una obra monumental, sí, pero también es una sombra alargada. Una referencia constante que condiciona tanto al oyente como al propio artista. Hay quien lo considera una barrera: la sensación de que todo lo posterior debía medirse en relación con aquel debut. Pero yo os recomiendo otra alternativa. Sin dejar de considerar Tubular Bells una obra magistral, no escucharla como punto de llegada, sino como punto de partida. Como el primer capítulo de una historia mucho más compleja.

Lo interesante de Oldfield es que nunca intentó repetirse exactamente, aunque a menudo dialogara con sus propios logros. Tras el impacto inicial, discos como Hergest Ridge (1974) y Ommadawn (1975) muestran a un compositor que huye del espectáculo para adentrarse en territorios más introspectivos. Durante años, estos álbumes me parecieron secundarios, casi de tránsito. Hoy los considero discos de culto que he descubierto tarde, quizá porque exigen una escucha más paciente, menos inmediata. Hergest Ridge tiene una cualidad pastoral, casi hipnótica, que gana con el tiempo. Ommadawn, con su fusión de raíces celtas y percusión africana, alcanza momentos de verdadera trascendencia musical, de esos que no buscan impresionar sino envolver.

Algo parecido me ha ocurrido con Songs of Distant Earth (1994). Durante mucho tiempo lo vi como un álbum menor dentro de su etapa más tardía, y ahora lo percibo como una obra profundamente coherente, contemplativa, casi espiritual. Inspirado en la novela de Arthur C. Clarke, es un disco que no pretende seducir de inmediato. Requiere silencio, atención y cierta disposición interior. Quizá por eso no lo escuché antes. Quizá por eso ahora encaja.

Pero si hay un disco que para mí lo sintetiza todo, ese es Crises (1983). No tengo dudas, es el mejor álbum de Mike Oldfield. No porque sea el más rompedor ni el más influyente, sino porque representa el punto exacto de equilibrio entre creatividad y accesibilidad. Es el momento en el que Oldfield logra que su mundo musical —estructuras largas, melodías recurrentes, guitarras expresivas— conviva con canciones capaces de llegar a un público amplio sin perder identidad.

La suite que abre el disco, Crises, es un ejemplo perfecto de ello. Tiene reminiscencias claras de Tubular Bells, sí, pero no suena a repetición. Es más concisa, más directa, más consciente de su propio lenguaje. Hay momentos de pura electricidad, secciones casi épicas y pasajes melódicos que se quedan grabados. No todo es igualmente brillante —el final se alarga más de lo necesario—, pero el conjunto funciona como una declaración de intenciones.

Y luego está Moonlight Shadow. Resulta difícil escribir sobre esta canción sin caer en la hipérbole, pero no veo la necesidad de fingir distancia. La versión larga es, para mí, la canción más bonita jamás escrita. No es solo una cuestión de melodía o de producción. Es la combinación perfecta de voz, letra, estructura y emoción. Maggie Reilly está sencillamente inmensa, y Oldfield demuestra que puede ser un compositor pop de primer nivel sin renunciar a su personalidad. Hay canciones que definen una época; Moonlight Shadow trasciende la suya.

Si Crises ocupa el primer lugar en mi jerarquía personal, Five Miles Out (1982) se sitúa muy cerca. Es mi segundo disco favorito, y probablemente uno de los más injustamente subestimados de su catálogo. Tiene una banda sólida, una producción cuidada y una coherencia interna que muchos de sus discos posteriores no alcanzan. La pieza inicial, Taurus II, es una de esas composiciones que funcionan como una cápsula emocional. Cada vez que la escucho, me transporta a lugares muy concretos de mi vida, a recuerdos que no necesitan explicación. Lo mismo me ocurre con Taurus I, de QE2 (1980). Son temas que no solo se escuchan: se habitan.

Y es que QE2 marca un momento clave en la evolución de Oldfield. Es el disco en el que consolida el formato de composiciones más cortas, donde la guitarra adquiere un protagonismo central y donde empieza a perfilarse el Oldfield de los años ochenta. Taurus I es una pieza poderosa, pero el álbum también contiene momentos más ligeros, casi experimentales. Y ahí aparece Punkadiddle, un tema a menudo tratado como menor, pero que contiene algunos de los solos de guitarra (mucho mejor en directo) más expresivos de toda su carrera. Hay en esos solos una libertad, una ironía incluso, que dice mucho del músico que hay detrás.

Aunque no lo comparta, Oldfield ha sido siempre un guitarrista infravalorado. Se le reconoce como multiinstrumentista, como compositor, como creador de atmósferas, pero no siempre se destaca su forma de tocar la guitarra. Para mí, esa es una de las claves de su música. No es un guitarrista de exhibición, sino de expresión. Sus solos no buscan deslumbrar, sino contar algo. Por eso funcionan tan bien en contextos emocionales, por eso se quedan.

En ese sentido, hay también piezas menos conocidas que merecen atención. Shine, una canción que no aparece en ningún disco de estudio, es una de ellas. Es una rareza, casi una nota al margen, pero demuestra que Oldfield siempre tuvo más música de la que llegó a publicar oficialmente. Es un recordatorio de que su creatividad no se agotaba en los álbumes que llegaban a las tiendas.

No toda su discografía mantiene el mismo nivel, y conviene decirlo sin dramatismo. Hay discos claramente condicionados por exigencias comerciales, producciones muy marcadas por la estética de los años ochenta y canciones que no resisten bien el paso del tiempo. Islands o Earth Moving tienen momentos rescatables, pero también evidencian una pérdida de riesgo creativo. Aun así, incluso en esas etapas aparecen destellos: un solo, una melodía, una estructura que recuerda al Oldfield capaz de emocionar.

Mi relación con su música tiene, además, un límite claro. El último disco suyo que escuché de manera consciente fue Tres lunas. A partir de ahí, dejé de seguir su obra. No por rechazo, ni por decepción, sino porque el vínculo se diluyó. No siento la necesidad de opinar sobre lo que vino después, y creo que eso también forma parte de una escucha honesta. No todo artista nos acompaña hasta el final. A veces, la relación se detiene en un punto concreto del camino.

Mirando atrás, lo que más valoro de Mike Oldfield no es su virtuosismo técnico ni su capacidad para anticiparse a corrientes musicales. Es su talento para crear paisajes sonoros que se asocian a momentos vitales. Discos que no solo se recuerdan, sino que se convierten en lugares a los que volver. Por eso sigo regresando a Crises, a Five Miles Out, a QE2. Por eso Hergest Ridge, Ommadawn y Songs of Distant Earth han adquirido para mí la categoría de discos de culto, descubiertos cuando tenía que descubrirlos.

Y por eso Moonlight Shadow sigue sonando, intacta, como si el tiempo no hubiera pasado. Porque hay obras que envejecen y otras que nos esperan. Mike Oldfield pertenece, sin duda, al segundo grupo.

Para terminar, vuelvo al principio de este análisis para volver a hablar de The Voyager. Es un disco que rara vez aparece en las conversaciones canónicas sobre su obra, quizá porque no encaja del todo ni en su etapa más experimental ni en la más abiertamente comercial. Sin embargo, escuchado con cierta distancia, tiene algo que otros álbumes no poseen: una serenidad luminosa, casi reconciliadora.

The Voyager es un disco que no pretende demostrar nada. No busca epatar ni reinventar el lenguaje de Oldfield, sino volver a él desde un lugar más calmado, más melódico, casi contemplativo. Y ahí brillan especialmente dos temas que el mencionado Song of the Sun y Flowers of the Forest. El primero tiene una cualidad expansiva, una sensación de avance suave, como si la música caminara sin prisa hacia un horizonte abierto. El segundo es, directamente, una joya. Flowers of the Forest posee una melancolía contenida, una elegancia casi ancestral, que conecta con ese Oldfield más introspectivo que asoma en Ommadawn o Songs of Distant Earth. Son temas que no reclaman atención, pero que la acaban obteniendo por la vía de la emoción silenciosa.

Algo similar me ocurre con Tubular Bells III (1998), un disco que siempre me ha gustado mucho y que considero injustamente tratado. Es cierto que el peso del título es enorme y que cualquier obra que dialogue con Tubular Bells está condenada a la comparación. Pero precisamente por eso valoro que Oldfield no intentara repetir la fórmula original. Tubular Bells III no es un ejercicio nostálgico, sino una reinterpretación desde su tiempo, con una producción más electrónica y una estructura fragmentada que refleja al Oldfield de finales de los noventa.

No es un disco perfecto, ni pretende serlo, pero tiene momentos de gran fuerza y una coherencia interna que se aprecia mejor con el paso de los años. Me gusta porque no vive del recuerdo, sino que asume su condición de obra tardía y dialoga con el mito sin someterse a él. En ese sentido, me parece un cierre digno —emocionalmente, al menos— de un ciclo que comenzó veinticinco años antes.

Y si hay una canción que resume bien ese Oldfield de los noventa capaz aún de emocionar, esa es Man in the Rain. Es uno de esos temas que pasan casi de puntillas en una primera escucha, pero que se quedan para siempre cuando se les presta atención. La estructura de la canción, aparentemente sencilla, se va cargando de intensidad de forma progresiva. Hay en Man in the Rain una melancolía madura, una sensación de despedida implícita, que conecta muy bien con esa etapa final de mi relación con su música.

Quizá por eso todo encaja cuando miro su discografía desde la distancia. No como una sucesión de discos mejores o peores, sino como un mapa emocional con picos, valles y senderos secundarios. Algunos los recorrí en su momento; otros los he descubierto más tarde. Y algunos, simplemente, los he dejado atrás sin conflicto.

Porque al final, escuchar a Mike Oldfield no ha sido nunca una cuestión de completismo, sino de acompañamiento. De volver a Crises cuando necesito equilibrio, a Five Miles Out cuando quiero viajar, a QE2 cuando busco guitarras que hablen, a The Voyager cuando necesito calma. Y de aceptar que hay un punto —Tres lunas— donde mi escucha se detiene.

No todos los artistas tienen una discografía que permita este tipo de relación prolongada y cambiante. Mike Oldfield sí. Por eso sigue estando ahí. No como un recuerdo fijo, sino como una música que cambia contigo.

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