Llevaba en ZERTIOR desde 2014 cuando la empresa empezó a darle forma a la idea de una carrera de mountain bike que conectara Madrid con Santiago de Compostela siguiendo el Camino. Era 2016 y lo que entonces era solo un proyecto sobre el papel se convirtió en 2017 en la primera edición de la Pilgrim Race: siete etapas, más de 600 kilómetros y dos rutas jacobeas poco conocidas pero de una belleza poco corriente, el Camino de Madrid y el Camino de Invierno, como columna vertebral del recorrido.
Yo no soy ciclista. Nunca lo he sido. Mi papel en la Pilgrim Race era otro, principalmente la gestión documental de los participantes y de la comunicación con los inscritos. Suena administrativo. Y en parte lo era. Pero quien ha trabajado en eventos sabe que cualquier pieza, por pequeña que sea, cuando falla, tumba todo lo demás.
Los meses previos a la carrera eran de trabajo minucioso y constante. Cada participante tenía que tener su documentación en regla, cada dato revisado, cada comunicación enviada en el momento correcto y con la información precisa. La Pilgrim Race no era un evento pequeño: siete etapas, más de 600 kilómetros, muchos tramos por carreteras transitadas, y una logística que arrancaba semanas antes de que nadie se colocara en la meta para empezar a pedalear hacia Santiago.
Encima, había un factor que tensionaba aún más el calendario. El Corazón Classic Match, otro de los grandes eventos de ZERTIOR, quedaba muchas veces a apenas una semana de distancia del pistoletazo de salida de la Pilgrim Race. Dos eventos mayores uno detrás del otro, con el equipo volcado en ambos. Hay semanas de esas en las que uno aprende a trabajar con menos margen del que le gustaría y a resolver sobre la marcha cosas que en un mundo ideal habrían estado resueltas días antes.
El resultado de todo eso era que llegaba al inicio de la carrera con los nervios muy presentes. No miedo, sino esa tensión específica de quien sabe que hay mucho hecho pero que queda demasiado por controlar. La logística de los campamentos, la información a los Pilgrims, los imprevistos de última hora que siempre aparecen. La Pilgrim Race solía celebrarse a finales de junio o principios de julio, y ese momento era siempre el punto de máxima presión de la temporada. El último grande antes del verano.
Pero luego empezaba la primera etapa y todo cambiaba.
No de golpe. Sino despacio, a medida que transcurría el día. Cuando llegaba el final de la etapa y los ciclistas entraban al campamento, y el campamento se convertía en ese espacio difícil de describir que mezcla el agotamiento con la euforia y la camaradería con la gastronomía y los paisajes de cada “parada”, los nervios se iban convirtiendo en otra cosa. En satisfacción, supongo, aunque esa palabra siempre me parece un poco pequeña para lo que se siente.
Cada día que terminaba bien era una recompensa en sí mismo. Y al día siguiente volvía a empezar, con sus propios problemas y sus propias soluciones. Siete etapas que marcaban el ritmo: Cercedilla, Olmedo, Medina de Rioseco, Sahagún, Astorga, Villamartín de Valdeorras, Chantada. Cada nombre es también un recuerdo de algo concreto. Un imprevisto resuelto. Una conversación larga. Una noche que se hizo tarde.
Con quien más horas compartí, antes, durante y después de cada edición, fue con César, Juan y Julio. Los tres formaban parte del núcleo del equipo, y hay una diferencia entre conocer a alguien en el trabajo y conocerle a las seis de la mañana de un martes, con los termómetros bajo mínimos (sí, era verano, pero las madrugadas en los Campos de Castilla no son precisamente cálidas), intentando resolver algo que no estaba previsto. La segunda manera es mucho más honesta. Y genera un tipo de vínculo que se parece bastante a lo que la gente llama familia, algo que siempre he sentido con las personas de ZERTIOR.
Trabajé con muchos más compañeros a lo largo de las ediciones de 2017, 2018 y 2019, y de todos guardo muy buen recuerdo. Pero con ellos tres es con quien viví la mayor parte de las horas, buenas y regulares, y eso se nota.
Hay algo que siempre me ha parecido valioso de ese tipo de trabajo intensivo y compartido: te quita la posibilidad de fingir. No tienes energía para mantener la versión de ti mismo que sueles presentar en el trabajo de oficina. Lo que queda es lo que hay. Y en nuestro caso, lo que había funcionaba.
Participé físicamente en las tres ediciones previas a la pandemia. Cuando llegó el parón, eché una mano desde Catalunya en lo que pude de forma remota, que es una experiencia muy distinta. La pantalla no tiene la textura de los campamentos por la noche ni el calor abrasador de las tardes de junio en la meseta.
Pero lo que me llevo de esos tres años no es solo el recuerdo de los días sobre el terreno. Es también lo que aprendí sobre cómo funciona la preparación de algo grande. Los meses de trabajo previo que nadie ve pero que son los que sostienen todo. La manera en que el equipo se ajusta y se apoya cuando la presión aprieta. Y la certeza de que hay eventos que, más allá del deporte o la logística, consiguen crear algo real entre las personas que los viven.
La Pilgrim Race era, como decía hace unas líneas, el último grande antes del verano. Cuando terminaba, todavía quedaban semanas para que llegara agosto y las vacaciones. Pero algo en el ritmo del año cambiaba ahí. Como si el calendario tomara aire. Como si se diera permiso para ir un poco más despacio.
Supongo que yo también. Y aunque debo recordar, a modo de cierre, que nunca pedaleé ni un kilómetro de ninguna de las ediciones, sigo diciendo, allá por donde voy, eso de “Yo Soy Pilgrim”.

