Roberto Garcia
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febrero 25, 2026

Réquiem de invierno

Réquiem de invierno
febrero 25, 2026

El Jueves Santo amaneció con niebla baja sobre el valle, la clase de niebla que no se disuelve del todo sino que se queda suspendida entre los chopos como un pensamiento que uno no logra terminar de formular. Hacía frío todavía, un frío húmedo y sin gracia que se metía por los cuellos de las chaquetas y recordaba que el invierno no se rendía sin pelea, aunque en el calendario ya le quedaran solo unas horas. Al día siguiente sería primavera. Eso decían los periódicos, eso decía el teléfono de Marcos cuando lo desbloqueó a las ocho de la mañana tumbado en la cama de su cuarto de siempre, ese cuarto que sus padres habían conservado intacto con una fidelidad que a él le parecía a la vez conmovedora y ligeramente perturbadora, como un museo dedicado a alguien que todavía no ha muerto.

Se reunieron a mediodía en el bar de Tomás, que ya no era el bar de Tomás sino el bar de la madre de Tomás, porque Tomás había muerto tres años antes de un infarto mientras veía el fútbol, y ese dato flotaba sobre la barra como flota el humo de los cirios en las iglesias del pueblo esa semana, impregnándolo todo sin que nadie lo nombre. La madre, una mujer pequeña y muy tiesa que se llamaba Concha y que los había conocido de niños, les puso los vasos sin preguntarles qué querían, porque seguían pidiendo lo mismo de siempre, y eso también era una forma de duelo.

Eran seis. Marcos había venido desde Bilbao, donde trabajaba en no sé qué consultoría y vivía en un piso de diseño con una mujer que los demás no conocían porque él nunca la traía al pueblo. Elena había venido desde el mismo pueblo, porque Elena nunca se había ido, lo cual sus amigos de infancia interpretaban a veces como fracaso y otras como sabiduría, según el humor del día y el número de cervezas. Rafa venía de Madrid con dos maletas demasiado grandes para una estancia de tres días, lo que indicaba que algo había cambiado en su vida doméstica, aunque él todavía no lo había dicho. Sara llegó la última, con una niña pequeña de la mano y cara de haber dormido poco, y cuando entró por la puerta del bar hubo un segundo de silencio porque hacía más de siete años que no la veían y en siete años pasan cosas que no caben en los mensajes de WhatsApp. David estaba ya sentado en el taburete del fondo con su cerveza a medias, como si llevara allí toda la mañana, como si en realidad no se hubiera movido de ese taburete desde que tenían dieciséis años.

Fuera, el pueblo se preparaba para la procesión de la tarde. Los nazarenos sacaban los hábitos de las bolsas de plástico donde los guardaban el resto del año y las mujeres colocaban sillas en las aceras con una determinación casi bélica. El pueblo era pequeño y la procesión era pequeña, pero se tomaba en serio a sí misma con esa seriedad de las cosas provincianas que saben que nadie las está mirando desde fuera y lo hacen igualmente, quizás por eso mismo.

—Qué mayor estás —le dijo Rafa a Sara, y todos supieron inmediatamente que era lo peor que podía haber dicho, aunque fuera verdad, aunque todos lo pensaran, aunque todos lo sintieran también de sí mismos cada vez que se miraban al espejo por las mañanas y encontraban algo ligeramente distinto de lo que esperaban.

Sara se rio con esa risa que tienen las mujeres cuando han aprendido a no tomarse en serio los comentarios de los hombres que las conocieron de jóvenes.

—Tú tampoco has mejorado mucho —dijo, y se sentó.

La niña se llamaba Lucía y tenía cuatro años y miraba a todos con esa atención devastadora que tienen los niños pequeños, sin filtros, catalogando. Marcos le ofreció un trozo de su napolitana y la niña lo aceptó con la solemnidad de quien acepta un tratado de paz.

Hablaron de lo que siempre se habla cuando no se ha hablado durante mucho tiempo: trabajo, hijos, casas, operaciones. El catálogo estándar de los cuarenta. Marcos había ascendido pero estaba cansado, o estaba cansado y por eso había ascendido, ya no sabía distinguirlo. Elena llevaba diez años en el ayuntamiento y era concejala de cultura, lo que en un pueblo de tres mil habitantes significaba que organizaba las fiestas de agosto y peleaba con el alcalde por el presupuesto de la biblioteca. Rafa tenía una empresa de algo relacionado con el software que los demás entendían a medias, y cuando lo explicaba usaba palabras que sonaban bien pero que no decían nada concreto, y nadie le pedía que aclarara porque esa era una cortesía tácita entre adultos. Sara había vuelto al pueblo hacía dos años, después de que lo de Barcelona no funcionara, y estaba en un proceso que ella llamaba reorientación y que los demás escuchaban sin hacer preguntas. David trabajaba en el taller de su padre y vivía en la misma casa de siempre y nunca había tenido ambición de irse, lo que durante años sus amigos habían interpretado como una limitación y ahora, curiosamente, empezaban a ver con algo parecido a la envidia.

—Lo que no entiendo —dijo David, mirando su cerveza— es en qué momento dejó de parecer que todo estaba por empezar.

Nadie respondió de inmediato. Concha limpió la barra con un trapo. La niña Lucía mordió su napolitana.

—Yo creo que fue gradual —dijo Elena al fin—. No hubo un momento. Fue como cuando oscurece en invierno, que no ves el instante exacto en que se hace de noche.

Era una buena respuesta. Quizás demasiado buena para ese contexto, para ese bar, para esa mañana de Jueves Santo con niebla y frío y el fantasma de Tomás sentado en algún lugar que nadie señalaba pero que todos notaban. Marcos pensó que Elena siempre había sido la más inteligente del grupo y que se había quedado en el pueblo y que eso era una de esas paradojas que la vida reparte con indiferencia, sin intención pedagógica.

Por la tarde fueron a ver la procesión. Era casi obligatorio, no por fe —algunos tenían, otros no, y eso tampoco se discutía— sino por inercia, por ese mecanismo que tienen los pueblos de absorber a sus hijos cuando vuelven y hacerlos participar en sus rituales como si nunca se hubieran ido. Se pusieron en la acera principal, junto al ayuntamiento, y vieron pasar a los nazarenos con sus cirios y sus capirotes y sus pasos lentos y deliberados, y el sonido de los tambores llenó la calle con esa resonancia que no es música exactamente pero que tampoco es otra cosa.

Marcos miraba los nazarenos y pensaba que algunos de ellos tendrían su edad, que debajo de esos hábitos morados habría hombres y mujeres de cuarenta y tantos con hipotecas y espaldas que empezaban a dar problemas y la misma sensación difusa de que el tiempo se había acelerado en algún momento sin avisar. Rafa tenía las manos metidas en los bolsillos y miraba hacia adelante con una expresión que no era tristeza pero que tampoco era otra cosa. Sara llevaba a la niña en brazos porque la niña se había asustado de los tambores y enterraba la cara en el cuello de su madre con esa confianza absoluta que solo existe en los niños muy pequeños y que uno recuerda haber tenido alguna vez sin saber exactamente cuándo la perdió.

El paso del Cristo pasó entre ellos y la gente a su alrededor inclinó la cabeza, algunos por devoción y otros por costumbre, que en el fondo son gestos idénticos. David se santiguó despacio, con naturalidad, sin pensar, como quien respira. Elena lo miró de reojo y luego volvió la vista al frente.

Cuando terminó la procesión volvieron al bar y Concha puso tapas sin que nadie las pidiera y abrió una botella de vino que era mejor de lo que cabría esperar, y estuvieron allí hasta que oscureció, que fue pronto porque era marzo todavía, el último día de marzo, el último día del invierno. Hablaron de Tomás un rato, finalmente, después de haberlo evitado toda la jornada, y fue Rafa quien lo sacó con torpeza y con verdad, que es como se sacan estas cosas cuando ya no queda más remedio.

—Lo echo de menos —dijo, simplemente—. No sé. Estas cosas te hacen pensar.

Y todos sabían a qué se refería con estas cosas porque estas cosas eran todo: la edad, el frío, el pueblo encogido sobre sí mismo, los años que faltaban por delante siendo visiblemente menos que los que habían quedado atrás.

—Éramos muy jóvenes y no lo sabíamos —dijo Sara, y la niña dormía ya en su regazo con esa quietud perfecta de los niños dormidos que parece mentira que sea real—. Eso es lo peor. Que no lo sabías hasta que ya no lo eres.

Marcos pensó en su piso de Bilbao, en la mujer que no traía al pueblo, en las reuniones de trabajo donde ya no era el más joven sino el que llevaba más tiempo, en ese momento exacto en que había dejado de ser promesa para convertirse en trayectoria. No era malo, se dijo. Una trayectoria podía ser algo sólido. Pero era distinto. Era definitivamente distinto.

David pidió otra ronda y nadie protestó. Afuera el frío había arreciado un poco, ese último coletazo de invierno que siempre llega justo antes del cambio, como si la estación quisiera dejar constancia de sí misma antes de rendirse. Mañana, según el calendario y según el teléfono de Marcos y según los noticieros, comenzaría la primavera. El mundo se volvería más amable, más cálido, los días se alargarían, las flores harían lo que hacen las flores en primavera con esa eficiencia algo obscena que tiene la naturaleza para renovarse.

Pero ellos no. Ellos seguirían siendo los mismos al día siguiente que esa noche, con las mismas rodillas que crujían al levantarse, los mismos miedos nocturnos, las mismas preguntas sin terminar de formular. El calendario cambiaba de estación, pero el tiempo de ellos no seguía ese calendario. El tiempo de ellos llevaba ya un par de años yendo en una dirección que no era la de la primavera sino la otra, la más larga, la más seria, la que termina en el invierno del que ya no se sale.

Eso no lo dijo nadie en voz alta. No hacía falta. Lo sabían todos y lo sostenían juntos en el silencio cómodo que se instala entre las personas que se conocen desde niños, ese silencio que no incomoda sino que descansa.

La Lucía de Sara se removió en sueños y murmuró algo ininteligible. Todos la miraron un momento. Cuatro años. El principio absoluto de todo. Marcos pensó que cuando esa niña tuviera la edad que ellos tenían ahora, él tendría casi ochenta años, si llegaba, y que ese pensamiento era al mismo tiempo perfectamente lógico y completamente imposible de sostener más de unos segundos sin que algo en el pecho empiece a hacer una presión rara.

Pagaron a medias, como siempre. Se despidieron en la puerta del bar con abrazos más largos de lo habitual, de esos abrazos que reconocen algo sin nombrarlo. El pueblo estaba quieto ya, los últimos rezagados de la procesión recogiendo las sillas de las aceras, algún perro cruzando la calle mayor con paso de quien tiene adónde ir.

—El año que viene —dijo Rafa, y no terminó la frase.

—El año que viene —repitieron los demás, y tampoco era necesario terminarla.

Se fueron por las calles oscuras hacia sus casas de siempre o hacia las casas de sus padres que conservaban sus cuartos intactos como museos de lo que habían sido, y el frío del último día del invierno los acompañó hasta las puertas. Mañana sería primavera. Mañana el mundo haría su parte.

Ellos harían la suya.

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