La ventana lleva años siendo la misma. El marco metálico pintado de azul, con esa pequeña mancha en la esquina inferior derecha que nadie ha querido nunca reparar del todo, como si dejarla ahí fuera una manera de no mentir sobre las cosas. Daniel lo sabe. Lo ha sabido siempre, aunque no siempre ha sabido que lo sabía.
Son las cinco y media de la tarde del doce de octubre y el sol está cayendo detrás de las montañas con esa lentitud culpable que tienen los soles de otoño, como si supieran que se marchan demasiado pronto y quisieran al menos fingir que se quedan un poco más. La luz que entra por la ventana ya no es luz de verano. No tiene esa claridad blanca y directa que lo ilumina todo sin piedad. Es una luz anaranjada, oblicua, que alarga las sombras de las tejas de pizarra y pone una especie de nostalgia encima de cada cosa que toca.
Roberto tiene cuarenta y dos años. Ha venido desde Ponferrada, que no está lejos, cuarenta minutos en coche, pero que a veces parece otro mundo. Ha venido porque es el puente y porque su madre llamó el martes para decir que su padre no andaba muy bien de la rodilla, y él entendió que eso era una manera de decir otras cosas. Así funcionan las familias en estos pueblos, quizás en todos los pueblos. Uno dice una cosa y quiere decir otra, y el otro entiende la segunda sin que nadie tenga que mencionar la primera. Llevan toda la vida hablando en ese idioma y ya no necesitan diccionario.
Ahora sus padres están en la cocina. Él los escucha moverse, el ruido de la silla de su padre al arrastrarse, la voz de su madre que dice algo que no llega a entender bien. Está de pie junto a la ventana del salón con una taza de café que ya se ha quedado frío entre las manos, mirando la calle.
Y entonces lo huele.
El olor a leña llega siempre antes de que uno esté preparado. Es así cada año, y aun así, cada año, lo coge por sorpresa. No es el olor del verano, que huele a piedra caliente y a río y a esa hierba seca que cruje bajo los pies. Tampoco es el olor de la nieve, que en realidad no huele a nada, o huele a ausencia, que es lo mismo. El olor a leña es otra cosa. Es el olor de algo que se consume para dar calor, que se destruye para que otros estén bien, y en eso tiene algo de sacrificio, algo de viejo y verdadero que las estufas eléctricas nunca podrán imitar por mucho que lo intenten.
Daniel apoya la frente contra el cristal. El cristal está frío. La calle está casi vacía. Hay un coche aparcado frente a la casa de los Alonso que no reconoce, y más allá, al fondo, la iglesia con su torre contra el cielo que empieza a volverse morado en los bordes. Hace viento. No mucho, pero el suficiente para mover las ramas del castaño que hay en la esquina, ese castaño que lleva ahí desde antes de que él naciera y que seguirá ahí después de que todo lo demás haya desaparecido.
Alguien ha encendido una chimenea cerca. No sabe quién. Podría ser cualquiera de las casas de la calle. Folgoso es un pueblo que sabe encender chimeneas, que guarda la leña y el carbón desde el verano y espera este momento con una paciencia que a Daniel le parece casi heroica en estos tiempos en que nadie espera nada.
Tenía ocho años la primera vez que fue consciente de ese olor. Antes lo había olido, claro que sí, pero hay una diferencia entre percibir algo y ser consciente de ello, y esa diferencia es la infancia entera. A los ocho años su padre lo llevó un día parecido a este a ver una fiesta en una plaza de Bembibre, que en aquellos tiempos era una cosa más grande, o quizás solo le parecía más grande porque él era pequeño y todo lo pequeño parece enorme cuando uno es chico. Había una banda de música y alguien había puesto farolillos de papel de colores entre los árboles y su padre le compró una bolsa de castañas asadas que quemaban tanto que había que pasárselas de una mano a la otra mientras soplabas.
Recuerda la mano de su padre. Grande, áspera, con ese callo en la base del índice que le había dejado años de trabajo en la mina. Su padre no hablaba mucho, nunca habló mucho, pero tenía una manera de apretarle la mano que decía más que cualquier discurso. Daniel tenía ocho años y no lo sabía articular, pero lo sentía en algún lugar del cuerpo, en ese lugar donde uno guarda las cosas que no sabe todavía cómo nombrar.
Esa noche, al volver a casa, el pueblo olía a leña. Olía a leña y a castañas y a algo más difícil de definir, algo que tenía que ver con el fin de una cosa y el principio de otra, con esa frontera invisible que hay entre el otoño que amenaza y el invierno que llega. Daniel caminaba de la mano de su padre por la calle principal y miraba las ventanas iluminadas de las casas y pensaba, sin tener las palabras para pensarlo, que había algo muy precioso en todo aquello, algo que no iba a durar siempre.
Tenía razón, claro. Pero uno siempre tiene razón en esas cosas demasiado tarde.
La taza de café frío pesa en las manos. Daniel la deja sobre la mesita que hay junto a la ventana, esa mesita de madera oscura con las patas torcidas que ha estado en el mismo sitio desde que él tiene memoria. Su madre ha amenazado varias veces con cambiarla por una más moderna, y su padre siempre ha dicho que mientras no se rompa no hay razón para tirar nada, y la mesa sigue ahí, con sus patas torcidas, perfectamente inútil y perfectamente necesaria.
El cielo ha cambiado mientras él no miraba. Ya no es anaranjado, ahora tiene ese color entre violeta y gris que dura poco, solo unos minutos, antes de que todo se vuelva oscuro del todo. Es el color favorito de Daniel, aunque nunca se lo ha dicho a nadie porque le parecería difícil de explicar. ¿Cómo le explicas a alguien que tu color favorito es ese momento específico en que el día no se ha rendido todavía pero ya sabe que va a perder?
El olor a leña se ha hecho más fuerte. Hay algo en el frío de octubre que lo concentra, que lo baja hacia la calle y lo mantiene ahí, a la altura de la nariz, como si el pueblo entero se hubiera convertido en una cosa lenta y humosa y tibia.
Daniel piensa en su hermano menor, David, que vive ahora en Madrid y que no ha podido venir este puente. David siempre fue el que se fue más lejos y el que menos miraba atrás. No es un reproche, o quizás sí lo es un poco, pero Daniel lo entiende. Hay personas que necesitan irse para ser lo que son, y David era una de ellas. Lo fue desde crío; siempre con los ojos puestos en algún punto más allá del horizonte del Redondal, siempre con esa impaciencia de los que saben que su sitio está en otra parte.
Daniel, en cambio, se quedó cerca. No en el pueblo, pero cerca. Y algunos días se pregunta si eso fue una elección o simplemente una incapacidad de elegir de otra manera. Hoy no quiere pensar en eso.
Hay una cosa que pasa cuando uno vuelve a la casa de sus padres después de muchos años de ser adulto, de tener su propia vida y sus propias facturas y sus propias preocupaciones. La casa lo achica a uno. No de manera cruel, no como una humillación, sino de una manera casi tierna. Las habitaciones son más pequeñas de lo que uno las recuerda, los techos están más bajos, la distancia entre la cocina y el salón se puede recorrer en cuatro pasos cuando de niño parecía un viaje. Y sin embargo, en esa reducción hay algo consolador. Como si la casa dijera “aquí todavía eres pequeño, aquí todavía no tienes que saber todas las respuestas”.
El salón huele a su madre. A ese jabón que usa desde siempre, a la lavanda del ambientador que pone detrás del televisor, al guiso que lleva toda la tarde haciéndose en la cocina. Hay un crucifijo sobre la puerta que Daniel no recuerda de cuándo es, y una foto enmarcada de él y David de niños, en blanco y negro aunque era en color porque la sacaron en uno de esos estudios de fotografía que había antes en todos los pueblos. En la foto, Daniel tiene unos seis años y una expresión muy seria, como si supiera que aquello iba a durar para siempre y quisiera estar a la altura.
Su madre entra en el salón y le pregunta si quiere más café.
—Ya está frío —dice Daniel, señalando la taza.
—Te hago otro.
—No, no hace falta.
Pero ella ya se ha dado la vuelta y ha ido a la cocina, y Daniel sabe que dentro de dos minutos habrá café caliente sobre la mesita, porque así ha funcionado siempre esta casa. Nadie pregunta de verdad, todos ofrecen de verdad, y el café caliente es una manera de decir que se alegra de que hayas venido.
La oscuridad ha llegado sin que Daniel la viera llegar. Eso también es cosa de octubre. La noche no avisa, simplemente está ahí de repente, como si hubiera estado esperando detrás de las montañas y hubiera aprovechado un descuido para colarse. Las farolas de la calle se han encendido con esa luz amarillenta que tienen las farolas de los pueblos, que no ilumina del todo sino que más bien sugiere la oscuridad, la hace más concreta.
Hay una familia que sale de la casa de enfrente. Un hombre, una mujer, dos niños con chaquetas de colores brillantes. El hombre lleva una bolsa y dice algo que hace reír a la mujer. Los niños corren un poco por la acera, sin motivo, como corren los niños cuando simplemente están contentos de estar en movimiento. Daniel los mira desde la ventana y siente algo que no sabe muy bien cómo llamar. No es envidia. Tampoco es tristeza exactamente. Es más bien el reconocimiento de algo que se tuvo y que ya no se tiene de la misma manera, como cuando encuentras una fotografía de un día feliz y la felicidad de la fotografía y la distancia desde la que la miras son dos cosas simultáneas que no se anulan pero tampoco se suman.
Él no tiene hijos. Tuvo una relación larga con una mujer de Ponferrada que se llamaba Elena, y en algún momento de esa relación hablaron de tener hijos, y luego la relación terminó, y el tema de los hijos quedó archivado en algún cajón interior que Daniel no abre muy seguido. Su madre no le pregunta ya. O quizás sí le pregunta, pero de esa manera indirecta que tienen las madres de preguntar, comentando lo bien que le sientan los niños a tal o cual conocido, mencionando que la hija de los Vega acaba de tener gemelos.
Daniel lo entiende. No le molesta. O le molesta un poco, pero de la manera en que te molestan las cosas que vienen del amor.
Su padre aparece en el umbral del salón. Camina despacio, apoyando la mano en la pared, con esa cojera nueva que Daniel observa y que le aprieta algo en el pecho. Su padre tiene setenta y cuatro años. En la cabeza de Daniel, su padre tiene siempre cincuenta, tiene aquella espalda ancha y aquellas manos que podían con todo. La realidad de los setenta y cuatro años le llega de golpe cada vez que lo ve, y hay un momento de desfase, de ajuste, que Daniel no ha aprendido todavía a gestionar con naturalidad.
—¿Qué miras? —le dice su padre, parándose a su lado.
—Nada. El pueblo.
Su padre mira también por la ventana. Se quedan los dos en silencio durante un momento que podría ser incómodo pero no lo es.
—Huele a leña —dice su padre.
—Sí.
—Ya era hora. Este octubre ha sido raro, demasiado templado.
Daniel asiente. Su padre tiene razón. El otoño ha llegado tarde este año, como llegando de mala gana, y estos últimos días han sido los primeros en que el frío se ha puesto en serio. Hay algo en eso que Daniel entiende. Las cosas que llegan tarde llegan de otra manera, con más peso, como si cargaran con el retraso acumulado.
—¿Cómo tienes la rodilla? —pregunta Daniel.
—Bah.
Es una respuesta completa. Daniel no insiste.
Su padre levanta la vista hacia las montañas, que a estas horas ya son solo una silueta oscura contra el cielo negro, y Daniel sigue su mirada hacia allí, hacia esa masa sólida y quieta que ha estado ahí toda su vida, que estaba ahí antes de que él naciera y que estará ahí cuando todo lo demás haya cambiado. Hay algo en las montañas que le resulta siempre difícil de mirar demasiado tiempo. Demasiada permanencia para un hombre que envejece. Demasiada indiferencia para algo tan hermoso.
Cenan pronto, como siempre han cenado en esta casa. El guiso de su madre, que es el mismo guiso de siempre pero que Daniel come con una atención diferente a la que le ponía de niño, saboreando no solo el sabor sino la conciencia del sabor, la certeza de que hay un número limitado de veces que va a poder comerlo. Hablan de cosas de poca importancia, de los vecinos, del tiempo que se avecina, de una serie que están viendo en la televisión. Su padre come despacio. Su madre sirve más sin preguntar.
Después de cenar, Daniel vuelve al salón y se sienta en el sillón que era el de su padre cuando él era pequeño, que sigue siendo el de su padre aunque su padre rara vez se sienta ya en él, como si a estas alturas ya perteneciera al territorio de los recuerdos más que al de los objetos presentes. El sillón es marrón y tiene los apoyabrazos desgastados y cuando uno se hunde en él hay una sensación de estar siendo contenido, de que algo grande y viejo te sostiene.
Daniel escucha el silencio del pueblo. Es un silencio distinto al de la ciudad, donde el silencio nunca es verdadero silencio sino solo la ausencia momentánea del ruido, un silencio que en cualquier momento puede romperse. El silencio de Folgoso a las diez de la noche de un martes de octubre es otro tipo de cosa. Es profundo y tiene textura. Tiene el sonido del viento en las ramas del castaño y el ruido lejano de un coche en la carretera y el gato de no sabe quién que maúlla una vez y se calla. Y el olor a leña que sigue ahí, que ha entrado por las rendijas de la ventana y se ha instalado en el salón como un visitante que nadie ha invitado pero que tampoco nadie quiere echar.
Antes de irse a dormir, Daniel vuelve un momento a la ventana. El pueblo está quieto. Las farolas siguen encendidas, inútiles en la oscuridad de una calle donde no hay nadie. Hay luz en la casa de los Alonso, en el primer piso, detrás de unas cortinas. Alguien ahí dentro está despierto también, mirando quizás una pantalla, quizás leyendo, quizás simplemente sentado en el silencio de su propia vida.
Daniel piensa que mañana se volverá a Ponferrada. Que tiene trabajo el jueves y ropa que lavar y una vida entera que sigue funcionando aunque él no esté pendiente. Piensa que la próxima vez que venga al pueblo quizás ya no esté el nogal, o quizás sí esté pero su padre camine aún más despacio, o quizás todo esté exactamente igual y sea él el que haya cambiado, que es lo que siempre pasa en el fondo.
Apoya la mano en el cristal. Está frío. Allá afuera el olor a leña ha bajado un poco con la noche, se ha vuelto más suave, más disperso, pero sigue siendo reconocible. Es el olor de algo que arde para dar calor. El olor de las cosas que se consumen despacio y con dignidad.
Daniel cierra los ojos un momento.
Ocho años. La mano de su padre. Las castañas que quemaban. Los farolillos de papel de colores entre los árboles.
Todo eso sigue ahí, piensa. En algún lugar donde el tiempo no llega del todo. En el olor a leña de un doce de octubre, en una ventana con una mancha en la esquina que nadie ha querido reparar, en un pueblo que sigue encendiendo chimeneas cuando el frío llega y que seguirá encendiéndolas mucho después de que Daniel ya no esté aquí para olerlas.
Eso tendrá que bastar.
Y basta.

