Roberto Garcia
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junio 24, 2026

La ligereza extraña

La ligereza extraña
junio 24, 2026

Clara tenía cuarenta y nueve años y todavía no había colgado los cuadros que compró cuando se mudó al piso.

Eso fue hace tres años. Los cuadros estaban apoyados contra la pared del pasillo, en el mismo orden en que los trajo de la galería, envueltos todavía en papel de burbujas. No es que los hubiera olvidado. Los veía cada vez que entraba por la puerta. Era otra cosa: una postergación que no tenía nombre exacto, que no se sentía como desidia sino como algo más parecido a la espera. Como si colgar los cuadros fuera un acto definitivo para el que todavía no había llegado el momento.

Su hija Lucía los había visto también, cada vez que venía a verla. Nunca había dicho nada.

Aquella tarde de octubre Lucía llegó con una bolsa de la compra y las llaves en la mano y nada más entrar se quedó mirando los cuadros un momento demasiado largo. No dijo nada todavía. Dejó la bolsa en la cocina, llenó el hervidor de agua, y cuando volvió al pasillo Clara estaba allí, de pie, con esa expresión suya que Lucía había intentado definirse muchas veces sin conseguirlo.

“¿Cuándo los vas a colgar?”

“Pronto”, dijo Clara. Que era lo que decía siempre.

Lucía la miró entonces de una manera distinta. No con reproche. Con algo más parecido a la curiosidad, o al reconocimiento. Como quien lleva tiempo mirando una forma sin saber qué es y de repente ve el contorno.

“Mamá”, dijo, “tú siempre estás esperando algo.”

Clara no contestó enseguida. Fue a la cocina a buscar las tazas, que era lo que hacía cuando necesitaba un momento. Puso el té. Cortó el bizcocho que Lucía había traído en la bolsa. Lo hizo todo con esa precisión tranquila que tenía para las cosas pequeñas, ese cuidado en los detalles concretos que contrastaba, siempre lo había contrastado, con esa otra sensación de flotar levemente sobre la propia vida.

Lo que Lucía no sabía, porque Clara nunca se lo había contado, era que eso venía de lejos.

De cuando tenía veinte años y vivía en un piso compartido en una ciudad que no era la suya y pensaba que eso era temporal, que la vida real empezaría después. Después era una palabra que entonces tenía mucho peso. Después de terminar la carrera. Después de encontrar trabajo. Después de saber qué quería exactamente. El después era siempre un lugar más concreto que el ahora, más habitado, más parecido a lo que una vida debía ser.

Pasó el después y llegó otro después. Y otro.

No es que las cosas hubieran ido mal. Habían ido, en general, de una manera reconocible como buena. El trabajo que encontró y que luego cambió por otro. Los años con Marcos, que fueron buenos años aunque al final no fueran suficientes. Lucía, que era lo más concreto que había hecho nunca y lo que menos se había parecido a algo provisional. El piso, que era suyo y estaba bien y tenía una ventana al sur por la que entraba la luz de la tarde de una manera que cuando lo vio la primera vez le pareció exactamente lo que quería.

Y sin embargo los cuadros seguían en el pasillo.

Tomaron el té sentadas en el sofá con las tazas en las manos y durante un rato no hablaron de nada importante. Lucía le contó cosas del trabajo, Clara le preguntó por Andrés, que era el chico con el que Lucía llevaba un año y al que Clara todavía no terminaba de conocer. Fuera había empezado a llover y la luz de la tarde era de ese color particular de octubre que a Clara siempre le había parecido el color más honesto del año. Sin pretensiones. Sin el esfuerzo del verano ni la resignación del invierno. Solo la luz quedándose cada vez más corta y sin hacer drama de eso.

“¿Estás esperando qué?”, dijo Lucía. No era una pregunta con tono de reproche. Era una pregunta real.

Clara pensó en eso un momento. Pensó en los cuadros. Pensó en la sensación que tenía desde los veinte años de estar en el lugar equivocado del tiempo, siempre un poco antes de donde las cosas se vuelven definitivas. No era infelicidad. Era algo más leve y más persistente que la infelicidad. Una vacilación. Como quien lleva el abrigo en el brazo porque no está seguro de si va a hacer frío.

“No lo sé”, dijo al final. Y era verdad.

Lucía se fue cuando paró de llover. Clara la acompañó hasta la puerta y se quedaron un momento en el umbral, como siempre, con esa ligera resistencia a que las visitas terminen que las dos tenían y que era probablemente la cosa más parecida a sí misma que Clara había pasado a su hija sin proponérselo.

Cuando Lucía bajó las escaleras Clara cerró la puerta y se quedó en el pasillo.

Los cuadros seguían ahí. El papel de burbujas, el orden en que los había traído de la galería, la pared todavía vacía al fondo. Lo miró todo con esa atención tranquila de quien lleva tiempo mirando algo sin verlo y de repente lo ve.

No los colgó esa noche. Pero los tocó, que era algo que no había hecho desde el día que los trajo. Levantó la esquina del papel del primero y miró el cuadro un momento. Era una acuarela con azules y grises que le había gustado porque tenía la misma cualidad que ciertas tardes de otoño: sin esfuerzo, sin conclusión, sin ninguna pretensión de ser otra cosa que lo que era.

Lo apoyó de vuelta contra la pared con cuidado.

Mañana quizás. O el fin de semana. En algún momento que todavía no había llegado pero que, pensándolo bien, no tenía ningún motivo particular para no llegar pronto.

Fue a apagar las luces del pasillo con esa ligereza suya, esa manera antigua de habitar los sitios como si fueran de paso, sin acabar de saber que llevaba cuarenta y nueve años esperando y que la vida, en todo ese tiempo, no había esperado con ella.

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