Tenía un evento. Esa fue la razón. No fue una visita planificada con antelación ni una de esas vueltas al origen con cierta carga literaria. Fue, simplemente, que tenía algo que hacer en Madrid y que como excusa fui a casa de mis padres, en el Barrio del Pilar, como se va a un sitio que todavía reconoces como tuyo aunque ya no lo sea exactamente.
Estuve unas horas. Comí. Estaba mi hermana, que me acompañó desde Sant Quirze. Mis padres. La misma mesa, las mismas sillas que han cambiado de posición mil veces y siempre acaban volviendo al mismo sitio. La misma luz de la tarde entrando por la ventana del salón que tiene algo que no he vuelto a encontrar en ninguna otra ventana.
No hice nada especial. Y sin embargo me fui con esa sensación de haber hecho algo muy importante sin saber exactamente qué.
Nací en Madrid. Viví en esa casa hasta los treinta y cuatro años. Eso son treinta y cuatro años de tardes de domingo, de partidos del Madrid, de mañanas de resaca, de momentos que en su momento parecían ordinarios y que ahora ya no son recuperables porque el tiempo que los rodea ha cambiado de forma. Treinta y cuatro años de vida caben en una sola dirección, y esa dirección sigue siendo la misma.
Hay algo raro en volver a un sitio donde viviste mucho tiempo. La casa sigue siendo la casa. Los muebles. El olor, que es una mezcla de cosas que no sé nombrar pero que reconocería en cualquier sitio del mundo. Mis padres siguen siendo mis padres, que es una obviedad que deja de serlo cuando llevas tiempo viviendo lejos y el tiempo que los ves es un tiempo acotado, medido, con fecha de vuelta.
Pero algo ha cambiado. No en la casa. En la forma en que la miro.
Cuando vivía ahí no miraba. No hacía falta. Era el fondo de todo, el lugar desde el que ocurrían las cosas, no una cosa en sí misma. Ahora entro y lo veo. Veo el pasillo. Veo la cocina, que sigue teniendo los mismos azulejos que llevan ahí desde antes de que yo naciera. Veo la habitación que fue mía durante tres décadas y que ahora es otra cosa, o la misma cosa reorganizada para que quede.
Y lo que siento no es exactamente nostalgia. Es algo más parecido al vértigo.
Treinta y cuatro años. Cuando llegué al mundo en Madrid, treinta y cuatro años antes era otra época, otro país, casi otro idioma. Si alguien hubiera intentado explicarme entonces qué significaba eso como distancia, no habría tenido manera de entenderlo. Ahora soy yo esa distancia. Soy el que tiene treinta y cuatro años de vida acumulados en un piso del Barrio del Pilar, en un sitio que ya no es el centro del universo conocido pero que fue exactamente eso durante todo el tiempo que duró.
Mi hermana estaba ahí. Eso es algo que ahora tampoco es lo habitual, que los tres —ella, yo y mis padres— coincidamos en el mismo sitio sin que sea una ocasión específica. Se ha convertido en algo que hay que fabricar, en vez de algo que simplemente ocurre porque todos vivimos a diez minutos los unos de los otros.
Cenamos juntos en VIPS y hablamos de lo de siempre y también de cosas que hacía tiempo que no hablábamos, de esas conversaciones que solo pasan cuando estás sentado con alguien sin prisa y sin pantallas de por medio. El tipo de conversación que en la infancia era tan común que no tenía nombre y que ahora tiene un peso específico.
Mis padres están bien. Eso es lo primero que uno busca cuando vuelve y lo primero que uno agradece cuando lo encuentra. Están bien y están ahí y la casa sigue siendo la casa.
No sé cuántas veces más voy a poder decir eso con la misma naturalidad.
Lo que me dejó esta tarde, al final, no fue ningún momento concreto. Fue la suma.
Hay una versión de mí con cinco años que vive ahí y no sabe todavía lo que va a pasar. Una con quince que tiene mil problemas urgentes que dentro de dos décadas no va a recordar. Una con veinticinco que está convencida de tener más o menos claro cómo va esto. Todas esas versiones pasaron por ese pasillo, por esa cocina, por esa habitación con la pintura que lleva ahí desde antes de que naciera ninguna de ellas.
El problema, o quizás no el problema sino la cosa que cuesta asumir, es que ninguna de esas versiones sabía que estaba en el centro de algo. Que eso era la infancia, la adolescencia, el principio de la edad adulta. Que el tiempo que le quedaba en esa casa tenía un número concreto de años y que ese número se estaba gastando sin hacer ruido.
No lo sabía entonces. Nadie lo sabe nunca. Pero hay días en que uno vuelve y lo ve todo a la vez, las treinta y cuatro capas superpuestas en el mismo espacio, y es como mirar hacia atrás desde una altura que no esperabas haber alcanzado todavía.
Me fui el jueves por la mañana camino de otro evento, esta vez en Cartagena.
En la puerta me despedí de mis padres y de mi hermana. Un abrazo que duró lo que duran los abrazos cuando sabes que el siguiente tardará más de lo que querrías. Luego el ascensor, que también sigue siendo el mismo ascensor de siempre, con ese ruido específico que reconocería entre mil. La calle La Bañeza, con su tráfico de primera hora de la mañana y sus árboles que llevan ahí más que yo.
Un día no es suficiente para despedirse. Tampoco para quedarse. Es solo lo que hay a veces, y hay que saber tomarlo por lo que es: un recordatorio de que el tiempo no espera a que estés prestando atención.
Treinta y cuatro años viví ahí. Solo unas horas, esta vez. Y sin embargo es de las visitas que más me voy a llevar.

