Roberto Garcia
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junio 29, 2026

Postales de verano

Postales de verano
junio 29, 2026

No sé si es muy bueno, o muy malo, pero mi cabeza tiene una actividad más prolífica de lo que me gustaría en lo que a inicio de proyectos se refiere. El último de ellos, aunque no es repentino, se basa en una idea que es casi tan sencilla como parece: escribir postales. Postales de verano, de esas que ya casi nadie manda. Solo que estas no llevan sello ni destino, las voy a escribir a mano, y el remitente y el destinatario somos la misma persona. Son para mí. Para el día en que la memoria empiece a hacer aguas, o simplemente para tenerlas, como quien guarda una foto en una caja de zapatos sabiendo que algún día la va a abrir y va a entender por qué la guardó.

El material no es el problema. Folgoso en verano tiene más postales de las que me va a dar tiempo a escribir.

La primera que tengo en la cabeza es de una tarde que no podría situar con exactitud en el tiempo, pero que sé que pertenece a una época en que mi hermana y yo todavía íbamos con mi padre a cenar al patio de los abuelos sin que eso requiriera ningún tipo de coordinación ni planificación. Simplemente se cenaba allí, a las ocho y media. Tortilla de patatas, embutido casero recién cortado y pan de hogaza.

Poco antes de sentarnos en las sillas de plástico tipo terraza de bar, teníamos que pasar bajo, que empezaba a oscurecer, de la plaza. Cientos de golondrinas, puede que más, volando en círculos a una velocidad que no parece compatible con la tranquilidad de lo que estaba viendo. El atardecer detrás, de ese naranja que en el Bierzo dura más de lo que parece razonable. Y nosotros tres caminando despacio, sin prisa, porque a ningún lado se llega tarde en agosto en un pueblo.

Esa imagen la tengo grabada con una nitidez que me cuesta explicar. No hice nada para guardarla. Simplemente se quedó.

Hay otras que son más de sonido que de imagen.

El desaparecido bar de mis tíos en las sobremesas de verano tiene un sonido que no existe en ningún otro sitio del mundo. El aire acondicionado de esa época hacía un ruido sordo, constante, que no era exactamente silencio pero que funcionaba como tal. Fuera, el calor aplastando la calle. Dentro, esa temperatura de refugio que en los pueblos se convierte en una liturgia propia. Partidas de cartas que se alargan porque no hay ninguna razón para que no se alarguen (salvo ir al río). Las conversaciones que bajan de volumen sin que nadie lo decida. El tiempo haciéndose lento de una manera que entonces no valoraba suficiente y que ahora me parece un lujo que ya no sé muy bien cómo conseguir.

El olor y el ruido del aire acondicionado. Eso es la tarjeta postal. Dos cosas que por separado no significan nada y que juntas son exactamente un verano.

Luego están los paseos. Los de la infancia, con mis padres y otros adultos y un grupo de amigos que íbamos donde ellos decidieran, que siempre era algún sitio cercano al pueblo y siempre incluía merienda. Una merienda que en aquel entonces me parecía lo más normal del mundo y que ahora reconozco como algo que requería organización y ganas, dos cosas que los adultos de aquella época tenían en abundancia sin aparentarlo.

Caminábamos. Merendábamos. Volvíamos. No recuerdo haber pensado nunca que aquello era extraordinario. Lo era, claro. Pero a los ocho años lo extraordinario es el paisaje de fondo, no el evento en sí.

La Presa merece su propia postal, o varias.

Las tardes en La Presa tenían (ahora ya, por desgracia, no es así) una duración que no se medía en horas. Se medía en algo más parecido a la temperatura del agua y a cuántas veces te habías (o te habían) tirado ya desde el muro y a si te quedaban ganas de hacerlo otra vez. El tiempo de La Presa no era el tiempo de ningún otro sitio. Era más ancho, más generoso, completamente ajeno a la idea de que hubiera algo que hacer o algún sitio al que llegar.

Esa es la postal: una tarde sin fondo en agosto, el agua, y ninguna preocupación que no pudiera esperar hasta septiembre. Que era cuando empezaba el mundo real, que era también cuando dejaba de importar por un par de meses más.

La cancha nueva ya no existe. Donde estaba hay ahora un polideportivo que usa poca gente y que cuando lo construyeron supuso el fin de algo que no sabíamos entonces pero era felicidad pura.

Los partidos de “futbito” cuando empezaba a descender el calor de la tarde tenían una lógica propia. El asfalto todavía guardaba algo de temperatura, pero ya se podía correr sin que el aire quemara. Esa hora concreta, entre el calor del día y la frescura de la noche, era la mejor del verano para moverse. Y nosotros la aprovechábamos con una seriedad que ahora me hace algo de gracia pero que en el momento era completamente real.

Esa cancha ya solo existe como postal. Y está bien así. Las cosas que desaparecen físicamente a veces ganan en otro sitio.

Cómo olvidarme, por supuesto, de las tormentas y de cómo, cuando  llegaba una, la tarde entera cambiaba de textura. El cielo primero, que se ponía de ese color que no es exactamente gris sino algo más amenazante y más hermoso a la vez. El olor antes de las primeras gotas, uno de los más concretos que conozco y que no me ha fallado nunca en llevarme directamente ahí. Y luego el agua y el ruido y la temperatura bajando de golpe.

Yo me sentaba en la terraza del bar de mis tíos con una sudadera, porque con la tormenta refrescaba lo suficiente como para necesitarla, y me quedaba mirando. Sin teléfono, claro, que no existía. Sin nada que hacer más que ver llover, al lado de quien en ese momento estuviera tomando algo. Me parece ahora que eso era una forma de meditación que no sabía que era meditación, y que la practicaba con mucha más frecuencia de lo que la practico ahora que sé lo que es.

Hay otras postales que, por suerte, aún son vigentes. Como las partidas de rana donde Josefa o la semana de las fiestas de Jesusín, que aún tiene la capacidad de convertir el calendario en algo irrelevante y de hacer que cada día dure más que el anterior sin que ninguno se parezca al siguiente.

Podría seguir. Podría seguir bastante.

Por eso quiero escribirlas, estas postales. A mano, que es la única manera que tiene sentido para algo así. Quizás algún día las digitalice para que las pueda leer alguien más, aunque no sé muy bien si las escribo para eso o simplemente porque el acto de escribirlas ya es en sí mismo una forma de volver.

Lo que sí sé es que estas imágenes están ahí, completas, esperando. El atardecer con las golondrinas. El aire acondicionado. El agua de La Presa. La tormenta desde la terraza.

Nadie me va a preguntar dónde estaba ni qué hacía exactamente. Pero yo lo sé. Estaba en Folgoso en agosto, sin más preocupación que estar ahí, siendo feliz con una eficiencia que entonces no valoraba lo suficiente… y que, ahora sí, estoy valorando.

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