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mayo 6, 2026

No recuerdo cuándo empecé. Pero sí dónde me enamoré

No recuerdo cuándo empecé. Pero sí dónde me enamoré
mayo 6, 2026
No sé cuándo empecé a correr. Ni por qué. Hay cosas que se instalan en la vida sin pedir permiso, sin un momento fundacional que puedas señalar después y decir: fue aquí. El running es una de esas para mí. En algún punto de mi vida adulta empecé a ponerme zapatillas y a salir, y no tengo un recuerdo nítido del primer día ni de la decisión que lo precedió.

 

Lo que sí tengo es lo de Galliners.

 

Fue a principios de verano, hace ya algunos años. Sant Quirze (mi nuevo hogar), la sierra que tengo casi a la puerta de casa, ese monte que parece pequeño hasta que empiezas a subirlo de verdad. Había corrido antes, muchas veces, principalmente por asfalto y a veces por caminos de tierra llanos que llevan a ningún sitio en particular. Pero fue venir a vivir aquí, juntarme con el que ahora es mi grupo de amigos, coger un sendero que bajaba entre pinos y el mundo cambió de composición.

 

El olor fue lo primero. Hay un olor específico al monte a principios de junio, con el sol ya fuerte pero la tierra todavía con algo de humedad de la primavera, que no se parece a ninguna otra cosa. No sé describirlo con exactitud, que es exactamente lo que lo hace tan bueno. Resina, tierra caliente, algo vegetal que no tiene nombre. Un olor que te dice, sin palabras, que estás exactamente donde deberías estar.

 

Bajé por ese sendero a una velocidad que me daba un poco de miedo y que al mismo tiempo se sentía completamente natural. Las piedras, las raíces, el terreno que cambiaba sin previo aviso. El cuerpo tomando decisiones antes de que las tomara la cabeza. Y al fondo, el Vallès abriéndose como si alguien hubiera apartado una cortina.

 

Eso fue el trail para mí. No una categoría deportiva. Un olor y una bajada y la sensación de que había estado corriendo de la manera equivocada todo el tiempo.
 
Hay algo en salir a correr que no termino de saber explicar a quien no lo hace. No es que te cambie la vida. Es algo más pequeño y más real. Es que hay días en que empiezas el recorrido con la cabeza llena de cosas que no caben, y cuando terminas esas cosas siguen ahí pero de alguna manera se han reorganizado. Como si el movimiento hiciera sitio donde antes no lo había.

 

Lo físico es evidente y no tiene mucho misterio. El cuerpo agradece que lo usen. Pero lo mental es lo que ha hecho que no lo haya dejado, que es el criterio definitivo para saber si algo funciona de verdad.

 

No lo había racionalizado durante mucho tiempo. Simplemente salía. Y luego un día me di cuenta de que en los períodos en que no había corrido, por lo que fuera, algo estaba peor. No de manera dramática. Sino de esa manera sorda que cuesta identificar hasta que la comparas con cómo estás cuando sí lo haces.

 

Eso es suficiente para seguir.
 
El trail me llevó a las curses. Que es como aquí se llama a las carreras, y que ya no consigo llamar de otra manera.

 

La Dragonera Trail es, sin duda, mi favorita. Más de mil metros de desnivel positivo en Sant Fost de Campsentelles, que en papel parece manejable y en el kilómetro veinte te recuerda que el papel miente. Pero hay una vista en el punto culmen de la subida desde la que se ve Barcelona entera, y es de esas que no habrías imaginado que existían antes de llegar ahí. Una de esas razones que no caben en ninguna explicación racional de por qué uno hace estas cosas, pero que en el momento justifican todo lo que costó llegar.

 

La Vallès Drac tiene otra lógica. Recorre otro territorio más conocido y, precisamente por eso, es más difícil de afrontar sin excusas. Cuando se ha hecho durante tantos años, no puedes hablar de sorpresas. En la edición que corrí nevó. Nadie lo esperaba, porque la semana anterior los termómetros habían estado por encima de los veinte grados. Y de repente el sendero era blanco y el silencio era distinto y corrías sobre algo que no debería haber estado ahí, en ese momento, en ese mes. Hay cosas que solo pasan cuando estás fuera, moviéndote, expuesto. Esa fue una de ellas.

 

Preparar una cursa larga cambia algo en la manera de correr el resto del año. Los entrenos dejan de ser salir a despejar la cabeza y se convierten en algo con estructura, con propósito, con días específicos para cosas específicas. Hay algo de eso que me gusta y algo que me pesa. Lo que me gusta es la claridad: sabes para qué estás haciendo lo que estás haciendo. Lo que me pesa es que un deporte que empecé sin ningún plan de repente tiene uno, y los planes tienen esa manera de convertir el placer en obligación si no tienes cuidado.

 

El truco, si es que hay uno, es no perder el hilo de Galliners, aunque ahora sea imposible por la peste porcina. Acordarse de que todo esto empezó por un olor y una bajada entre pinos y la sensación de que el cuerpo sabía cosas que la cabeza tardaba en procesar.
 
El año pasado hubo semanas que no pude salir. Por trabajo, por tiempo, por esa acumulación de cosas que siempre encuentra la manera de ocupar el hueco que dejas. Y lo noté. No en las piernas, sino en algo más difuso que no sé nombrar bien pero que tiene que ver con la sensación de estar dentro de uno mismo. Como si sin el movimiento algo se agarrotara por dentro, igual que se agarrota un músculo que llevas demasiado tiempo sin usar.
 
Volví un martes por la tarde, sin planificación, sin objetivo de ritmo ni de kilómetros. Salí y subí por donde siempre y en algún punto del camino me encontré bajando por un sendero. El olor era el mismo de aquella primera vez en Galliners. La tierra caliente y los pinos y ese algo vegetal sin nombre.
 
No sé cuándo empecé a correr. Pero sé por qué sigo.
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