Hay algo profundamente reconfortante en viajar de noche. No hablo del silencio cómodo del coche ni de la carretera despejada, sino de ese gesto casi involuntario que repito desde que tengo memoria: mirar las ventanas iluminadas de las casas por las que paso y preguntarme qué ocurre dentro.
Es una costumbre antigua, casi infantil, que no he perdido. Quizá porque en el fondo nunca quise perderla.
De pequeño, los viajes más especiales eran los que hacíamos desde Madrid hasta Folgoso por la antigua Nacional VI. No era un trayecto rápido ni especialmente cómodo, pero tenía algo que hoy echo de menos: atravesábamos los pueblos. No los bordeábamos como sucede ahora con la autovía, no los convertíamos en simples señales azules al margen de la carretera. Entrábamos en ellos. Los cruzábamos despacio. Los vivíamos unos segundos.
Recuerdo las farolas amarillentas, las persianas a medio bajar, algún bar todavía abierto y, sobre todo, las ventanas encendidas. Aquellas luces eran pequeñas historias suspendidas en la oscuridad. Yo miraba fijamente, tratando de robar una escena al azar: una familia cenando, alguien planchando, un niño terminando los deberes, una televisión parpadeando en el salón. Inventaba argumentos completos en cuestión de segundos, antes de que el coche siguiera avanzando y la casa desapareciera por el retrovisor.
No sabía entonces que estaba aprendiendo algo importante: que cada luz es una vida.
En aquellos trayectos hacia Folgoso había una emoción distinta. No era solo el destino —el pueblo, los veranos, los amigos, el aire más limpio—; era el camino. La sensación de que el viaje era parte del ritual. Cada pueblo atravesado era un pequeño prólogo del reencuentro. Y cada ventana iluminada me recordaba que no viajábamos solos por el mundo, que mientras nosotros avanzábamos hacia algo esperado, otros simplemente estaban viviendo su rutina.
La autovía lo cambió todo. La eficiencia sustituyó a la lentitud. Dejamos de entrar en los pueblos y empezamos a rodearlos. Las luces quedaron más lejos, desenfocadas, anónimas. Ganamos tiempo, sí, pero perdimos esas microhistorias que cabían en un vistazo.
Aun así, la costumbre se quedó conmigo.
Da igual que el trayecto sea largo o corto. Me ocurre también cuando el despertador suena a las cuatro de la mañana para coger un avión. Ahora, desde Sant Quirze, la ciudad¡+´ aún duerme —o eso parece—, pero al salir a la carretera siempre hay ventanas encendidas. En un cuarto piso alguien ya se ha levantado. En otro edificio, una cocina iluminada delata una jornada que empieza antes que la mía. En ocasiones, la luz es tenue y azulada; otras veces, es un rectángulo cálido que rompe la oscuridad.
Y vuelvo a imaginar.
¿Será alguien que no ha podido dormir? ¿Un turno de madrugada? ¿Un estudiante apurando una entrega? ¿Una madre preparando mochilas en silencio? Esa curiosidad no es invasiva, es casi afectuosa. No quiero saber realmente qué ocurre dentro; me basta con intuir que ocurre algo. Que hay movimiento. Que hay respiración. Que hay vida.
En esos momentos siento una extraña compañía. La noche deja de ser un espacio vacío y se convierte en una red de pequeñas islas iluminadas. Cada luz es una confirmación de que el mundo no se detiene, aunque parezca suspendido en penumbra. Mientras yo voy hacia el aeropuerto, alguien prepara un café. Mientras atravieso una avenida desierta, alguien termina su jornada. Mientras conduzco medio dormido, hay una televisión encendida en un salón cualquiera.
Siempre me ha gustado pensar que viajar de noche agudiza la mirada. El día distrae con carteles, tráfico, conversaciones. La noche, en cambio, simplifica el paisaje. Reduce el mundo a luces y sombras. Y en esa reducción, las ventanas iluminadas adquieren un protagonismo absoluto. Son faros domésticos.
Pero si hay un recuerdo que vuelve con más fuerza es el de aquellos viajes a Folgoso. Tal vez porque eran viajes hacia algo querido. Tal vez porque la infancia amplifica todo. O quizá porque la antigua Nacional VI obligaba a mirar más despacio. A cruzar pueblos con nombres que hoy apenas recuerdo, pero cuyas luces sí permanecen en mi memoria.
Hay una escena que se repite: el coche avanzando lentamente por una travesía, mi frente apoyada en la ventanilla fría, mis padres hablando en voz baja, y yo inventando historias para cada casa. Era un juego silencioso. Nadie me lo enseñó. Simplemente ocurría. Y todavía ocurre.
Con el tiempo entendí que esa fijación por las luces no es solo curiosidad narrativa. Es algo más profundo; una forma de buscar pertenencia. De recordarme que formo parte de un entramado mayor. Que mientras yo viajo, otros descansan. Que mientras otros parten, yo estoy en casa. Que todos somos, en algún momento, esa luz encendida que alguien observa desde la carretera.
Viajar de noche me reconcilia con esa idea.
Quizá por eso sigo prefiriendo ciertos trayectos nocturnos. No por la comodidad ni por la mencionada ausencia de tráfico, sino por ese instante en el que una ventana iluminada aparece y desaparece en segundos, dejándome con una historia imaginada que nadie más conoce. Son relatos efímeros, imposibles de comprobar, pero extrañamente reales.
A veces pienso que, si algún niño atraviesa ahora un pueblo por carretera y mira mi ventana encendida, tal vez esté inventando también una historia sobre mí. Quizá imagine que estoy escribiendo, o leyendo, o preparando un viaje. Y esa idea me gusta. Me gusta pensar que, sin saberlo, también formo parte del paisaje nocturno de alguien.
Las luces que vemos desde la carretera no son solo bombillas. Son pruebas de vida. Son pequeñas narraciones suspendidas en la oscuridad. Son la certeza de que, incluso en la noche más cerrada, hay calor detrás de un cristal.
Y cada vez que conduzco hacia Folgoso —aunque ahora sea por autovía, y desde Catalunya— sigo buscando esas luces. Porque en ellas no solo hay historias ajenas.
También está la mía.

