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febrero 12, 2026

Réquiem por unas chimeneas. Réquiem por El Bierzo

Réquiem por unas chimeneas. Réquiem por El Bierzo
febrero 12, 2026

Hoy, 12 de febrero de 2026, el cielo del Bierzo ha oscurecido herido. Donde durante décadas se recortaron las chimeneas de la central térmica de Cubillos del Sil, ahora solo queda un vacío. No ha sido una demolición técnica. Ha sido un acto político. Un gesto cargado de una simbología que los que sentimos esta tierra entendemos sin que nadie tenga que explicárnosla: el final visible de una etapa que definió quiénes somos, de dónde venimos y, sobre todo, lo que nos han ido quitando.

Las chimeneas de Compostilla no eran una infraestructura. Eran una referencia. Un punto fijo en el horizonte que acompañaba el paso de las estaciones, las idas y venidas al trabajo, las conversaciones en los bares de Cubillos, de Ponferrada, de Bembibre, de Folgoso. Había quien las señalaba como el emblema de un modelo que debía superarse. Pero para los de aquí eran algo más sencillo y más hondo: el recordatorio de que en esta tierra se producía, se trabajaba y se generaba riqueza con las manos. Con las manos y con el lomo.

Durante más de medio siglo, aquella central, igual que las minas, levantó el pan de miles de familias bercianas. No desde la épica, sino desde la rutina. Desde el turno de madrugada, el frío que corta de otra manera en el fondo del valle, el bocadillo envuelto en papel de periódico y el relevo en el vestuario. Desde la certeza de que, aunque el trabajo fuera duro —y lo era—, ofrecía algo que en una tierra periférica y orgullosa como esta siempre ha sido casi un privilegio: estabilidad. La posibilidad de quedarse. De no tener que marcharse.

Y sin embargo nos fuimos. O nos fueron vaciando, que no es lo mismo.

El derribo de hoy no es un accidente de la historia ni el resultado inevitable del “progreso”. Es la consecuencia acumulada de décadas de decisiones que eligieron, una y otra vez, sacrificar los territorios productivos en el altar de una modernidad que se construye siempre desde las capitales y siempre a costa de las periferias. Primero cayó la minería, arrastrada por un cierre que se vendió como inevitable y que dejó pueblos enteros sin futuro. Después fueron otras industrias perdiendo peso, una a una, sin demasiado ruido. En paralelo, la ganadería y la agricultura han sobrevivido a duras penas entre normativas diseñadas lejos de aquí, costes crecientes y márgenes que no permiten vivir con dignidad de lo que uno produce.

España ha desplazado su centro de gravedad hacia el sector servicios. Hacia el turismo, hacia la hostelería, hacia una economía de lo efímero que nos hace dependientes y frágiles. Mientras tanto, El Bierzo —como tantas otras comarcas que sostuvieron este país cuando tocaba— ha quedado en los márgenes del relato.

En lo energético, la transición hacia lo sostenible tal como se ha ejecutado —con cierres acelerados, sin políticas industriales que los acompañen, con fechas de caducidad para las nucleares antes de tener garantizados los reemplazos— no es una transición ecológica. Es un desmantelamiento productivo con etiqueta verde.

Porque detrás de cada megavatio hay personas. Y detrás de cada decisión energética tomada en Madrid o en Bruselas, hay un impacto territorial que se mide en familias que se marchan, en comercios que cierran, en colegios que reducen líneas, en médicos de cabecera que ya no vienen todos los días. Lo que hoy llamamos España vaciada no era un territorio vacío: era un territorio lleno, vivo, productivo, que fue perdiendo sus pilares uno a uno mientras nadie respondía por ello.

Y cuando los incendios volvieron a arrasar montes que fueron nuestros, quedó en evidencia la otra cara de ese abandono: menos gente, menos gestión, menos prevención. La despoblación no es un dato estadístico. Es el paisaje que cambia, la lengua que se pierde, la memoria que se apaga.

En ese contexto, el derribo de las chimeneas de Compostilla tiene una dimensión casi pedagógica. Visualiza en segundos lo que ha tardado años en consumarse: el desmontaje de un modelo productivo sin que nadie haya tenido la valentía de construir uno equivalente que genere empleo estable, arraigo y futuro en los territorios que quedaron atrás.

Habrá quien celebre las imágenes de hoy como el símbolo de una era más limpia. Pero, enfrente de esa alegría de urbanita moderno, está la tristeza de quienes crecimos bajo esas chimeneas, la de quienes aprendimos que el trabajo tiene dignidad cuando tiene continuidad, la de quienes sabemos que un país que deja de producir no se vuelve más moderno, sino más dependiente.

La pregunta no es si el horizonte debe cambiar. La pregunta es quién paga ese cambio y quién decide cómo se hace.

¿Puede haber transición ecológica sin transición social real, con empleo y con proyecto de futuro para las comarcas afectadas? ¿Puede hablarse de reindustrialización mientras se firman cierres sin alternativa? ¿Puede un país aspirar a autonomía energética y estratégica mientras desmonta, pieza a pieza, su capacidad productiva?

El horizonte ya no tendrá chimeneas. Y para los que crecimos mirándolas eso no es un detalle menor. Era una referencia visual, sí. Pero también era la prueba de que aquí no solo se resistía: se producía, se contribuía, se formaba parte de algo.

Hoy solo queda polvo donde antes hubo humo. Pero la memoria de quienes trabajaron allí —con las manos negras de carbón y ese orgullo callado que es muy de El Bierzo— no puede desvanecerse con la misma facilidad con que se derriba una chimenea. Esos hombres y mujeres no fueron una nota a pie de página. Fueron el texto principal. Sostuvieron hogares, pagaron estudios, dieron sentido a vidas enteras en una tierra que no les regaló nada.

El Bierzo no es un museo. No es un parque natural para el disfrute de los que vienen de visita. Es una comarca con historia industrial, con saber hacer, con recursos y con gente que merece un futuro a la altura de su pasado.

El derribo de Compostilla marca el fin de una era. Pero no tiene por qué marcar el fin de todo. La pregunta es si habrá voluntad política real —no declaraciones, no fondos europeos que se evaporan— para abrir otra etapa que no condene a las comarcas industriales a convertirse en un recuerdo bonito en blanco y negro.

Porque un país no se construye solo desde sus capitales. También desde sus periferias productivas. Desde sus valles, sus minas, sus campos y sus fábricas. Desde El Bierzo.

Y hoy, con el horizonte vacío, toca decirlo más alto que nunca.

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