Roberto Garcia
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noviembre 4, 2026

Las cerraduras del verano

Las cerraduras del verano
noviembre 4, 2026

Roberto llega a Folgoso un jueves de noviembre, a media mañana, con la niebla todavía agarrada al valle y sin ninguna intención de levantar. Aparca donde aparca siempre, aunque hoy podría dejar el coche en cualquier sitio. Es lo primero que nota, antes incluso de bajarse. En agosto, durante las fiestas de Jesusís, casi hay que dar dos vueltas para encontrar un hueco. Hoy la calle es entera para él.

Lleva meses metido en el libro de la mina, entre cifras de producción, ayudas públicas y años en los que todo empezó a torcerse. En varios capítulos ha tenido que escribir la palabra despoblación, y cada vez que lo hacía le quedaba la sensación incómoda de estar hablando de algo lejano, de una curva que baja en una gráfica. Así que hoy ha decidido hacer algo que casi nunca hace cuando viene. Pasear sin llamadas o emails que responder, sin prisa y sin nadie esperándole a comer. Mirar el pueblo como lo miraría alguien de fuera, aunque sabe perfectamente que eso, en su caso, es imposible.

Echa a andar plaza arriba. Huele a leña, que es lo primero que devuelve Folgoso en cuanto empieza el frío, pero enseguida se da cuenta de que el olor sale de muy pocas chimeneas. Las cuenta casi sin querer. Una, dos, otra más allá, una cuarta al fondo. El resto de tejados no echa nada.

Las persianas son las que más hablan. Algunas están bajadas del todo, con ese color desvaído que coge el plástico cuando lleva muchos inviernos sin moverse. Otras se quedaron a medias, como si quien vivía dentro hubiera salido un momento y se le hubiera olvidado volver. Y luego están las puertas. Roberto conoce esas puertas. Sabe cuáles se abren en verano con una llave que alguien trae en el bolsillo desde Madrid, desde Bilbao, desde Barcelona o desde Gijón. Sabe que se abren unos días antes de Jesusín para ventilar, quitar las sábanas de los muebles y hacer como que la casa sigue viva. Y que después, con el último coche de vuelta, se cierran otra vez hasta el año siguiente.

Cerraduras de agosto, las llama él para sus adentros. Hay callejuelas de ellas.

Escribiendo el libro, Roberto ha aprendido que los pueblos no se vacían de una sola manera. Uno tiende a quedarse con la imagen de siempre, la del chaval con la maleta que se marcha porque cierra la mina y aquí ya no queda nada que hacer. Eso pasó, y pasó mucho. El carbón llenó estos valles de gente durante décadas y, cuando se fue apagando, se llevó con él a buena parte de los que había traído. Pero hay otras formas de vaciarse, más lentas y bastante más silenciosas.

Están los que se van muriendo. Las casas de los mayores, las de aquellas abuelas que se asomaban a la ventana para ver quién pasaba, se cierran de un día para otro. Los hijos, que viven fuera desde hace treinta o cuarenta años, no saben muy bien qué hacer con ellas. No las venden, porque cuesta y porque es la casa de su madre. Tampoco vuelven. Y la casa se queda en ese limbo de las cosas que nadie se atreve a decidir.

Y están los que dejan de venir de vacaciones, que es la forma que más le duele, quizá porque es la que tiene más cerca. Los niños que se pasaban el verano entero aquí, bajando a la Presa, subiendo y bajando en bici, apurando la noche en las verbenas, un día crecen. A los doce años Folgoso es el mejor sitio del mundo. A los dieciocho empieza a quedarse pequeño. A los veinticinco ya hay otros planes, otras playas y otros amigos con los que repartir el verano. Roberto ha visto irse así a gente de su quinta, sin dramas ni despedidas. Simplemente, un agosto dejaron de aparecer.

Lo curioso, y esto también lo ha visto, es que muchos acaban volviendo. Pero vuelven tarde, ya muy mayores, con canas y con prisa por recuperar algo que no saben nombrar del todo. Y lo encuentran a medias, porque el pueblo que dejaron sigue ahí pero ya no es exactamente el mismo.

Los números le dan la razón, aunque él habría preferido que no. Según el INE, Folgoso de la Ribera tenía 406 habitantes en 2010. En 2024 eran 323. Ochenta y tres personas menos en catorce años, casi una de cada cinco. Y si se mira cómo están repartidos los que quedan, la cosa se pone más seria. De esos 323 vecinos, 127 tenían más de 65 años. Menores de quince había 17.

Diecisiete. Caben en un aula y sobra sitio.

El municipio entero, sumando todos sus pueblos, ha pasado de 1.233 habitantes en 2010 a 973 a principios de 2025. Ya no llega a mil. Y la comarca va por el mismo camino, porque entre 2022 y 2023 El Bierzo perdió casi ochocientos vecinos en un solo año.

Roberto ha escrito cifras parecidas muchas veces estos meses, en el ordenador, con un café al lado y la tranquilidad de quien maneja datos. Pero leerlas en un documento no se parece en nada a pasar por delante de una ventana donde antes siempre había alguien y ver la persiana echada.

Sigue andando hasta el Camino de Santo Cristo. En primavera huele a otra cosa, a algo que empieza. Hoy huele a tierra mojada y a hojas pisadas, que también tiene su gracia. Desde allí se ve el Catoute medio tapado por las nubes, igual que siempre. Hay cosas en Folgoso que no se despueblan, y piensa que quizá por eso uno sigue volviendo.

A la vuelta se cruza con un vecino mayor, gorra calada y manos a la espalda, que se le queda mirando un segundo de más.

—¿Y tú de quién eres?

Es la pregunta de siempre, la que en un pueblo sustituye al nombre y al apellido. Roberto contesta lo de siempre, el hijo de, el nieto de, el que vive en Cataluña. El hombre asiente, satisfecho, como quien acaba de colocar una pieza en su sitio. Hablan del frío, de las castañas, que este año vienen pequeñas, y de lo poco que se ve a la gente. Luego cada uno sigue por su lado. Roberto se queda pensando que esa pregunta funciona porque todavía queda alguien que sabe la respuesta. El día que no quede nadie para hacerla, el pueblo habrá perdido algo más que habitantes.

Antes de volver al coche pasa por el cementerio. Todos los Santos fue hace unos días y las flores siguen frescas en casi todos los nichos, de colores vivos, recién colocadas. Probablemente es lo más nuevo que hay en Folgoso esta semana. Y piensa, sin ninguna gana de ponerse trágico, que es el único sitio del pueblo donde no falta nadie y donde cada año, en vez de quitar, se añade.

Su abuelo bajó a la mina durante años. Mientras sonaban las sirenas de los turnos el pueblo estaba lleno, los bares abrían según el horario de la mina y había niños en todas las calles. Hoy no suena ninguna sirena. Hace mucho que no suena.

Ya en el coche, con la calefacción puesta y la niebla empezando por fin a levantar, Roberto reconoce algo que le incomoda un poco. Él también forma parte de esta historia. Sus padres se fueron de aquí, como se fueron tantos, y él nació en Madrid y vive a casi novecientos kilómetros. Es, a su manera, uno de los de agosto. Uno de los que vuelven siempre, eso sí, pero que no se quedan.

No sabe qué arreglo tiene esto, y desconfía de quien dice saberlo. Lo que sí sabe es que, si de verdad quiere entender lo que le está pasando a su pueblo, tiene que venir más veces así, sin fiestas, sin gente y sin luces de Navidad. Agosto, con las calles llenas y la música hasta las tantas, engaña un poco. Noviembre no.

Si tienes un pueblo, haz la prueba algún día. Ve un jueves cualquiera de noviembre y da una vuelta. Cuenta las persianas.

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Este es el blog personal de Roberto García.

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