Hace tiempo leí en algún sitio que, por muchas canciones que escuchemos a lo largo de la vida, al final solo unas pocas se convierten en eso tan abstracto que podemos definir como “nuestras”. No recuerdo si el artículo hablaba de diez o de veinte, y tampoco he conseguido encontrarlo de nuevo, pero la idea se me grabó a fuego igual que esas sospechas que son verdad antes de que nadie lo demuestre. Miles de canciones. En la radio del coche, en los bares, en los anuncios, en las listas que alguien te pasa, en bodas, en gimnasios o en salas de espera. Y de todo ese ruido, un puñado que te pertenece.
Me puse a buscar si había algo más que intuición detrás de aquello, que es lo que me pasa siempre que una idea se me engancha. Y lo hay.
En 2018, el economista Seth Stephens-Davidowitz cruzó en The New York Times los datos de escucha de Spotify por edades con las canciones que habían sido número uno entre 1960 y 2000. Quería saber cuántos años tenían los fans de cada canción cuando se publicó. El resultado fue tan claro que casi asusta. Las canciones que más nos marcan son las que salieron cuando teníamos alrededor de trece o catorce años. Su ejemplo más famoso es Creep, de Radiohead. Era la canción número 164 entre los hombres que entonces tenían 38 años, los que tenían catorce cuando salió en 1993. Entre los nacidos diez años antes o diez años después ni siquiera aparecía entre las 300 primeras. Según ese mismo análisis, lo que escuchamos con veintipocos pesa más o menos la mitad que lo que escuchamos en plena adolescencia.
No es un caso aislado. La psicología lleva décadas hablando de algo que llaman el pico de reminiscencia, que viene a ser la tendencia que tenemos a recordar con más intensidad lo que vivimos entre la adolescencia y los primeros años de la vida adulta. Un estudio de la Universidad de Durham publicado en 2020 (pidieron a 470 personas de entre 18 y 82 años que valoraran más de cien éxitos de distintas épocas) encontró que la música que más recuerdos despierta es la que sonaba cuando teníamos unos catorce años. Y no porque fuera mejor, sino porque está pegada a recuerdos que están muy dentro de cada uno de nosotros. La explicación que dan los investigadores es bastante sencilla. A esa edad casi todo pasa por primera vez, y lo que entra en ese momento se guarda con una tinta que ya no se vuelve a fabricar.
Hay un tercer dato que me hizo gracia, y que reconozco que me emocionó un poquito. Una encuesta de la plataforma Deezer a mil británicos situaba el momento de máximo descubrimiento musical en torno a los 24 años, y el momento en que la mayoría deja de buscar música nueva en los 30 años y seis meses. Lo llamaban parálisis musical, que suena bastante peor de lo que es.
Yo creo que no he llegado a esa parálisis, o al menos eso me digo. Estos meses estoy escuchando muchísimo Falling in Reverse y, en general, bastante metalcore, que es una música que a priori uno no asocia con un señor (sí, ya tengo que aceptar esa definición) de cuarenta y tantos con un niño pequeño en casa. También voy rescatando canciones que suenan en la radio, alguna que me engancha sin saber muy bien por qué, y otras que escuché hace diez o quince años y que se habían quedado olvidadas en algún cajón. Attitude, de Suede, es una de ellas. La recuperé hace poco y la he puesto tantas veces que ya me da hasta un poco de vergüenza.
Me gustan de verdad. No las escucho por demostrarme nada. Pero hay una diferencia que nunca he sabido explicar del todo y que, leyendo todo lo anterior, por fin entiendo un poco mejor.
Porque luego suena Moonlight Shadow, de Mike Oldfield, y pasa otra cosa. (Ya conté aquí hace un tiempo lo que me hace esa canción, así que no me voy a repetir más de la cuenta… aunque los que me leéis ya sabéis que repetirme se me da bastante bien). O Freak on a Leash, de Korn, con ese arranque que reconocería entre mil. O The Days of the Phoenix, de AFI, que para mí sigue siendo una de las canciones más perfectas que se han escrito, aunque sospecho que eso lo digo con el corazón de los quince años y no con el oído de ahora.
Con esas canciones no hay solo disfrute. Hay mucho más. Es como si el cuerpo se adelantara a la cabeza y, antes de que haya podido pensar nada, ya estuviera en otro sitio. Con otra edad, con otra gente alrededor, con un verano o una Navidad por delante que no se acababa nunca. No es que me gusten más que Falling in Reverse. Es que funcionan a otro nivel, uno al que las canciones nuevas, por buenas que sean, ya no llegan.
Hice la cuenta, porque soy así. Freak on a Leash y The Days of the Phoenix salieron cuando yo tenía catorce o quince años. Justo en el centro de la diana del estudio del New York Times. Moonlight Shadow llegó antes, en la infancia, y eso también tiene su explicación, porque los investigadores de Durham comprobaron que también guardamos recuerdos ligados a la música que sonaba en casa, en este caso en la de mi tío Tomás, aunque sea de antes de que tuviéramos edad para elegir nada. Ninguna de las canciones que me hacen eso llegó después de los veinte.
Ninguna.
No sé si esto es triste o es bonito. Creo que un poco las dos cosas.
Triste porque significa que hay una puerta que se cerró sin que nadie avisara. Ya no habrá otra canción que me haga lo que me hace The Days of the Phoenix. Puedo escuchar mil discos más, descubrir grupos que me vuelvan loco o ir a todos los conciertos que me apetezca, y no va a pasar. No porque la música de ahora sea peor (esa discusión se la dejo a los que llevan treinta años diciendo que todo tiempo pasado fue mejor), sino porque yo ya no soy el chaval que la recibiría así.
Pero también es bonito, porque quiere decir que esas canciones no se han gastado. Que siguen ahí, guardando algo que yo ni siquiera sabía que estaban guardando. No el recuerdo de un día concreto, que eso se acaba perdiendo, sino algo más difícil de nombrar. La sensación de tener quince años, de que todo era importante y definitivo, de que una canción podía decir exactamente lo que tú sentías aunque no supieras muy bien qué sentías. Eso ya no lo tengo. Pero tengo una forma de volver ahí durante tres o cuatro minutos, y eso no es poca cosa.
A veces pienso en Mateo y en cuáles serán las suyas. Ahora mismo su lista la ocupan canciones infantiles que, como sabe cualquier padre, acaban instalándose también en la cabeza de los mayores. Dentro de diez años escuchará algo que yo probablemente no entienda, que me parecerá ruido o una moda pasajera, y esa será su Freak on a Leash. Lo que tenga que sonar entonces ya está, de algún modo, esperándole. Y yo, si soy listo, me callaré y le dejaré escucharlo a todo volumen.
Así que, al final, no importa mucho si eran diez o veinte. El número da igual. Lo importante es que existen, que casi todos sabemos cuáles son sin necesidad de pensarlo demasiado y que tienen algo que no tendrá ninguna otra canción que escuchemos a partir de ahora.
Yo ya tengo las mías. Te invito a que pienses en las tuyas. Seguro que no te cuesta. Seguro que alguna te ha empezado a sonar en la cabeza mientras leías esto.
Ponla. Ya verás adónde te lleva.
