Roberto Garcia
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octubre 6, 2026

Cuando el otoño olía a humo

Cuando el otoño olía a humo
octubre 6, 2026

Esta semana, supongo que por las lluvias torrenciales que han asolado Catalunya, he notado por primera vez que el otoño va en serio. Además del agua que ha caído, las mañanas ya piden chaqueta, los árboles de los parques han empezado a cambiar de color y hay tardes en que el aire huele a ese inconfundible aroma de cambio de estación que deja atrás el verano… y que me acerca a una palabra. Magosto.

Para quien no la haya oído nunca, un magosto es, dicho rápido, juntarse a asar castañas. Dicho despacio es bastante más. Se celebra en El Bierzo, en Galicia y en el norte de Portugal, más o menos entre Todos los Santos y San Martín, que cae el 11 de noviembre. Hace falta una hoguera, hacen falta castañas y hace falta gente alrededor. El vino y el chorizo suelen aparecer solos.

Detrás hay más historia de la que parece. La castaña fue durante siglos la comida de diario en buena parte de Europa. El pan de los pobres, la llamaban. Hasta que en el siglo XVI empezaron a llegar de América la patata y el maíz y la fueron arrinconando poco a poco. En tierras de castaños como El Bierzo nunca se marchó del todo, y supongo que por eso allí se le sigue haciendo una fiesta cada otoño, aunque ya nadie dependa de ella para pasar el invierno.

Yo de todo esto no tenía ni idea cuando era niño, claro. Yo solo sabía que un día de aquellos nos íbamos a Molín Quemaoo.

Molín Quemao es una finca que tienen mis tíos, llena de vegetación y de castaños. Allí vamos siempre a apañar castañas, que es como se dice allí a recogerlas del suelo, y allí mismo, cuando yo era niño, las asábamos. Íbamos con mis padres y con mis tíos. A veces también con amigos. No sabría decir cuántos magostos fueron, porque en la memoria se me han juntado todos en una sola tarde larguísima, que es lo que suele pasar con las cosas que se repiten cuando uno es feliz.

De esa tarde recuerdo sobre todo el frío. Ese frío de El Bierzo en noviembre que se te mete por las mangas y que hace que la hoguera sea el centro del mundo. Recuerdo la niebla agarrada al valle y los montes con todos los colores que tiene allí el otoño, que son muchos más de los que caben en una foto. Y recuerdo el humo, que se te quedaba en el pelo y en la ropa y volvía contigo a casa como si no quisiera que aquello se acabara.

Las castañas quemaban. Había que pelarlas con prisa, pasándolas de una mano a otra, y acababas con los dedos negros y la boca también. Siempre había alguna que estallaba en la lumbre, siempre había alguien que se asustaba y siempre acabábamos todos riéndonos. De aquellas tardes recuerdo muchas risas. No pasaba nada más. No había nada que hacer aparte de estar allí, comer castañas, reírse y arrimarse al fuego. Creo que por eso lo recuerdo tan bien.

Había además otra cosa que entonces no habría sabido explicar. El magosto era la primera señal de que se acercaba la Navidad. Después de las castañas venía el frío de verdad, y después del frío de verdad venían las vacaciones, las luces y todo lo demás. Aquella tarde en Molín Quemao era como la puerta de entrada a la mejor parte del año. Si tuviera que elegir una época de mi infancia en la que fui feliz sin ningún esfuerzo, sería esa.

Con los años la cosa fue cambiando, como cambia todo. A Molín Quemao seguimos yendo (yo poco, he de reconocerlo) a apañar, pero la hoguera se fue quedando por el camino y el magosto se trasladó a la cocina. Algunas veces ni siquiera era en Folgoso, era en Madrid, con castañas que traíamos del pueblo y sin más humo que el que salía de la lata habilitada para esta función.

No lo digo con pena. Seguían siendo castañas asadas, seguía estando mi familia y seguía siendo noviembre. Pero faltaba la niebla y faltaba el monte, y uno acaba entendiendo que una tradición está hecha sobre todo de las cosas que la rodean. Una castaña asada en una cocina de Madrid, en compañía de mis padres y de mi hermana, está muy rica. Una castaña asada en Molín Quemao con las manos heladas era una especie de paraíso.

Ahora vivo en Catalunya, y aquí las castañas tienen su propia fiesta. Se llama castanyada y se celebra la víspera de Todos los Santos, con castañas, boniatos asados y panellets, que son unos dulces de mazapán cubiertos de piñones. La explicación más plausible sobre su origen dice que esa noche las campanas tocaban hasta el amanecer para recordar a los difuntos, y que la gente aguantaba la vela comiendo lo que daba la temporada.

Me hace gracia pensarlo. Mismas fechas, mismo fruto, mismos muertos de fondo. Dos sitios en puntas opuestas del país que llegaron por su cuenta a la misma conclusión, que cuando empieza el frío y se hace de noche pronto lo mejor que se puede hacer es juntarse alrededor de algo caliente.

A finales de octubre empiezan a aparecer los puestos en la calle, con su humo y sus cucuruchos de papel. Yo no suelo comprar, pero cada vez que veo ese fruto encima de una chapa me pasa lo mismo. Durante un segundo dejo de estar donde estoy.

Mateo cumple cuatro años en noviembre, en pleno mes de magostos, y para él las castañas son la castanyada, la del colegio y la de la calle. Es lo normal, es de aquí y esa será su tradición, igual que el magosto es la mía. No pretendo cambiársela.

Pero algún noviembre me gustaría llevarlo a Molín Quemao, enseñarle a apañar castañas, encender una hoguera, ponerle una castaña caliente en la mano y ver qué cara pone. No para que entienda nada. Solo para que un día, dentro de muchos años, huela a humo en cualquier calle de cualquier ciudad y se le active algo en la cabeza.

A mí me viene todos los octubres. Y siempre es el mismo sitio.

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