Roberto Garcia
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septiembre 30, 2026

Cinco minutos sin hacer nada a las doce de la mañana

Cinco minutos sin hacer nada a las doce de la mañana
septiembre 30, 2026

Hay un momento del día que me delata. Suele ser a media mañana, a eso de las doce, cuando termino una tarea y la siguiente todavía no ha empezado. Son cinco minutos, a veces menos. Un hueco del tamaño de un café. Y en vez de disfrutarlo, lo que siento es una especie de picor, una incomodidad difícil de explicar, como si alguien me estuviera mirando desde algún sitio y apuntando en una libreta que estoy perdiendo el tiempo. Así que hago lo de siempre. Abro el correo, miro una notificación, adelanto algo pequeño, apunto una idea para un proyecto que todavía no existe. Cualquier cosa antes que quedarme quieto.

Lo curioso es que no me falta qué hacer. Tengo un trabajo que me ocupa buena parte del día. Tengo a Mateo, que tiene casi cuatro años y la energía de alguien que no ha oído hablar nunca del cansancio. Tengo este blog, que sale cada miércoles. Estoy escribiendo un par de libros. Me gusta colaborar con gente, explorar oportunidades nuevas, leer, hacer deporte. Si alguien viera mi agenda desde fuera diría que no cabe un alfiler. Y sin embargo, cuando por la noche me siento en el sofá y repaso el día, la sensación que me queda muchas veces es que no he hecho nada. Que he estado ocupado todo el tiempo y que, aun así, no ha cundido.

Esa contradicción es la que llevo años intentando entender.

Lo primero que descubrí, y me tranquilizó un poco, es que no es un problema nuevo. Un tal Blaise Pascal lo dejó escrito en el siglo XVII, en una frase que, por lo que he visto al bucear en Google, se ha citado tanto que casi se ha gastado, pero que sigue dando en el blanco. Decía que toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa, de no saber quedarse tranquilos en una habitación. Pascal pensaba que buscamos la distracción constante para no tener que mirarnos por dentro.

Seguí investigando y leí que cuatrocientos años después, en 2014, un psicólogo de la Universidad de Virginia llamado Timothy Wilson lo puso a prueba de una manera bastante inquietante. Dejó a un grupo de personas solas en una sala vacía entre seis y quince minutos, sin móvil ni nada que hacer, solo con sus pensamientos. La única distracción posible era un botón que les daba una pequeña descarga eléctrica, que ya habían probado antes y que la mayoría había dicho que pagaría por no volver a sentir. El 67% de los hombres y el 25% de las mujeres acabaron pulsándolo. Preferían el calambre al silencio.

Reconozco que al descubrirlo me reí un poco, pero luego me acordé de mis cinco minutos de las doce y se me pasó la risa. Yo no tengo un botón de descargas, pero tengo el móvil, que viene a ser lo mismo en versión amable.

Aun así, creo que lo mío no es solo huir de mí mismo. Hay algo más, algo que tiene que ver con la época. Sigo con las referencias y ahora cito al filósofo Byung-Chul Han, surcoreano afincado en Alemania desde hace décadas, que lo explicó en un libro corto que se llama “La sociedad del cansancio”. Su idea es que hemos pasado de una sociedad en la que alguien de fuera nos obligaba a trabajar a otra en la que nos obligamos nosotros mismos. Ya no hace falta un jefe que nos vigile, porque llevamos el jefe dentro. Han habla del sujeto de rendimiento, alguien que se explota a sí mismo y encima lo vive como libertad, porque nadie le obliga, lo elige él. Y cuando no llega a todo, que nunca llega, no puede echarle la culpa a nadie más que a sí mismo.

Leer eso fue como verme en un espejo que no me favorece. Porque todo lo que hago lo elijo yo. Nadie me obliga a escribir libros, ni a tener un blog, ni a meterme en un proyecto nuevo cada vez que se abre una puerta. Lo hago porque me gusta, y me gusta de verdad. Pero precisamente porque me gusta, no encuentro dónde está el límite. Si fuera una obligación podría rebelarme contra ella. Contra algo que me apetece es mucho más difícil.

Hay otra trampa, más sutil, que describe muy bien (hoy va de mencionar personas) el periodista británico Oliver Burkeman en “Cuatro mil semanas”, un libro cuyo título hace referencia a lo que dura, más o menos, una vida de ochenta años. Burkeman la llama la trampa de la eficiencia. Cuanto más rápido haces las cosas, más cosas aparecen para hacer. Contestar antes los correos solo sirve para recibir más correos. Organizarte mejor solo sirve para meter más cosas en el mismo día. La lista nunca se vacía, porque crece exactamente al mismo ritmo que tu capacidad para tacharla.

Y aquí es donde entra la inteligencia artificial, que en mi caso ha sido gasolina. Nunca había tenido tantas posibilidades al alcance de la mano. Cosas que antes me habrían llevado semanas de documentación ahora puedo empezarlas en una tarde. Ideas que llevaban años en un cajón, esperando un tiempo que nunca llegaba, de repente parecen posibles. Y claro, si todo es posible, todo se convierte en algo que podrías estar haciendo y no estás haciendo.

No soy el único al que le pasa. En febrero de este año, dos investigadoras de la Universidad de Berkeley, Aruna Ranganathan y Xingqi Maggie Ye, publicaron en la Harvard Business Review un estudio con un título que lo resume todo, algo así como “La IA no reduce el trabajo, lo intensifica”. Siguieron durante ocho meses a unos doscientos empleados de una empresa tecnológica estadounidense, y lo que vieron fue que la gente no usaba la IA para trabajar menos, sino para abrir más frentes a la vez. Retomaban proyectos que habían aparcado, lanzaban varias tareas en paralelo, revisaban una y otra vez lo que la máquina les devolvía. El resultado, según ellas, era una sensación permanente de estar haciendo malabares.

Me reconocí en esa palabra. Malabares.

Hay una ironía que no quiero dejar pasar. En 1930, el economista John Maynard Keynes (ya termino con las referencias) escribió un ensayo en el que predecía que, gracias al avance técnico, sus nietos trabajarían unas quince horas a la semana. Ponía como horizonte el año 2030. Estamos a cuatro años de esa fecha, tenemos herramientas que Keynes no podía ni imaginar, y aquí seguimos, sintiéndonos culpables por cinco minutos de pausa a media mañana. Creo que Keynes acertó en lo técnico y se equivocó en lo humano. Dio por hecho que, si nos sobraba tiempo, lo usaríamos para descansar. No contaba con que aprenderíamos a llenarlo nosotros solos.

No tengo una conclusión redonda, y desconfío un poco de los textos que la tienen. Pero sí he llegado a un par de sospechas.

La primera es que la sensación de no haber hecho nada no tiene tanto que ver con lo que hago como con la forma en que lo mido. Si cada noche comparo el día con todo lo que podría haber hecho, que es infinito, siempre voy a perder. Burkeman defiende algo que me ha acompañado estos días, que aceptar que nunca vas a llegar a todo es, curiosamente, lo que te deja disfrutar de aquello a lo que sí llegas.

La segunda es que esos cinco minutos de las doce quizá no son tiempo perdido. Quizá son lo único del día que no le pertenece a ningún proyecto. Séneca escribió hace casi dos mil años que no es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho. Durante un tiempo leí esa frase como una invitación a aprovechar cada minuto. Ahora creo que decía casi lo contrario, porque a quienes Séneca reprochaba haber desperdiciado la vida era precisamente a los ocupados, a los que iban de un asunto a otro sin pararse nunca a vivir ninguno.

Mañana, a las doce, voy a intentar no abrir el correo. No prometo conseguirlo. Pero por lo menos voy a notar el picor, y esta vez sabré de dónde viene.

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Este es el blog personal de Roberto García.

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