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enero 21, 2026

Estos días azules y este sol de la infancia

Estos días azules y este sol de la infancia
enero 21, 2026

“Estos días azules y este sol de la infancia…” Siete palabras arrugadas en un bolsillo, escritas por Antonio Machado días antes de morir en el exilio francés de Collioure, un 22 de febrero de 1939. Su hermano José las encontró entre las escasas pertenencias del poeta, en aquella pensión fría donde la derrota, el destierro y la melancolía acabaron con él. No soy aficionado a la poesía. Tampoco he leído a Machado más allá de lo obligatorio en el instituto. Pero esa frase se me quedó grabada porque me lleva directamente a Folgoso de la Ribera y a las tardes eternas de verano bajo un cielo azul enorme y el amarillo infinito del campo. A esos momentos mágicos en los que, como también dijo mi admirado Andreu Buenafuente, “todo estaba bien”.

Machado escribió sobre el azul como quien escribe sobre la pérdida. El azul del Mediterráneo, el azul de los cielos de Soria, de Madrid, de su Sevilla natal. El azul como añoranza, como tristeza, como el color que toma la vida cuando uno mira hacia atrás sabiendo que lo que fue ya no volverá. Para él, los días azules eran la consciencia del final, la derrota sin esperanza, el último aliento de una España que se desmoronaba y de una vida que se apagaba lejos de casa. Pero curiosamente, cuando leo esas palabras, no pienso en la muerte ni en la melancolía del poeta. Pienso en la vida. En mi vida.

Pienso en Folgoso, en esas tardes larguísimas de julio y agosto en las que el tiempo parecía haberse detenido. El sol caía a plomo sobre la era, tiñéndola de un amarillo dorado que contrastaba con ese azul intenso, casi irreal, del cielo berciano. No había nada que hacer y eso era precisamente lo maravilloso. Ninguna prisa, ninguna obligación, ninguna preocupación que mereciera ese nombre. Solo el calor, el polvo del camino, el chirrido de las cigarras camino de la Presa y esa sensación embriagadora de que la vida se extendía por delante como el propio campo: infinita, llena de promesas, completamente nuestra.

En aquellos veranos, mi familia siempre estaba ahí. Se cenaba cuando el sol empezaba a caer pero aún había la suficiente luz como para cenar al aire libre. Los amigos del pueblo aparecían sin avisar, como si hubieran existido desde siempre y fueran a existir para siempre. Todo ocupaba su lugar natural en el mundo. No había fisuras, no había dudas. Era esa certeza absoluta de la infancia, cuando uno no sabe todavía que las cosas pueden romperse, que la gente puede irse, que los veranos, como ya decía en mi artículo de los Good Old Days, tienen fecha de caducidad.

Los días azules de Machado hablan de lo perdido. Los míos hablan de lo mismo, pero desde el otro lado del espejo. Porque cuando uno es niño no sabe que está viviendo los días azules. No sabe que ese cielo infinito, ese sol que parece que nunca va a ponerse, esas tardes que se alargan hasta fundirse con la noche, son irrepetibles. Que están construyendo la geografía emocional desde la que mirará el resto de su vida. Uno simplemente está ahí, correteando por las calles de brea, jugando al fútbol en la era, esperando a que oscurezca para que empiecen los juegos nocturnos que duraban hasta que alguien te llamaba a gritos desde una ventana.

Ahora, cuando miro hacia atrás, me doy cuenta de que Machado tenía razón. El azul es el color de la añoranza. No porque sea triste en sí mismo, sino porque esos días azules solo existen en el recuerdo, bañados por una luz especial que la memoria les otorga. Folgoso sigue ahí, el cielo sigue siendo igual de azul en verano, el campo sigue tiñéndose de amarillo. Pero yo ya no soy el mismo. Mis padres han envejecido. Algunos de aquellos amigos de la infancia viven lejos. Otros se han convertido en personas que apenas reconozco. Y aunque vuelva al pueblo, aunque pise las mismas calles y respire el mismo aire, esos días ya no volverán. No pueden volver.

Lo que me fascina de la frase de Machado es su ambigüedad. Está inacabada, como si el poeta hubiera querido seguir escribiendo pero no hubiera podido. O no hubiera sabido cómo. ¿Qué venía después de esos puntos suspensivos? ¿Una comparación? ¿Un lamento? ¿Una celebración? Tal vez nada. Tal vez esas siete palabras contenían ya todo lo que había que decir sobre el tiempo, sobre la pérdida, sobre la forma en que la luz de la infancia nos acompaña hasta el final. Machado murió recordando sus días azules. Y en cierto modo, todos moriremos haciendo lo mismo.

El sol de la infancia no es solo una metáfora. Es una sensación física que cualquiera puede reconocer si cierra los ojos y se deja llevar. Es ese calor en la piel que te hacía sentir vivo, invencible, eterno. Es la luz que lo iluminaba todo con una claridad que nunca volverás a experimentar, porque la vida adulta está llena de sombras, de matices, de grises. La infancia, en cambio, es rotunda. Los veranos eran completamente veranos. Los días libres eran completamente libres. La felicidad era completamente felicidad, sin asteriscos, sin peros, sin la conciencia de su fragilidad.

Por eso, cuando leo a Machado desde mi absoluta ignorancia poética, no veo a un viejo derrotado muriendo en el exilio. Veo a alguien que, en sus últimos momentos, hizo lo mismo que haré yo, que haremos todos: volver a casa. Volver a esos días azules que nos constituyeron. Machado volvió a sus cielos, a sus mares, a sus paisajes. Yo vuelvo a Folgoso, a esos atardeceres interminables, a la sensación de que todo estaba bien y de que siempre iba a estar bien. Porque en el fondo, los días azules son lo único que nos llevamos. Lo único que permanece cuando todo lo demás se ha marchitado.

Hay algo profundamente reconfortante en saber que no estoy solo en esta nostalgia que últimamente me acompaña. Que uno de los grandes poetas españoles sintió lo mismo. Que en su lecho de muerte, rodeado del frío y la miseria del exilio, lo que le vino a la mente no fueron las batallas perdidas ni los discursos políticos ni las grandes tragedias de la guerra. Fueron sus días azules. Su sol de la infancia. Esa luz primordial que todos llevamos dentro y que nadie puede arrebatarnos, por mucho que el mundo se desmorone alrededor.

Quizá por eso esas palabras arrugadas en un bolsillo tienen tanto poder. Porque hablan un idioma universal que no necesita de conocimientos literarios ni de análisis profundos. El idioma de la memoria, del tiempo que se fue, de esos lugares y esos momentos en los que fuimos completamente felices sin saberlo. Machado, sin pretenderlo, escribió sobre Folgoso. Sobre mis veranos. Sobre ese azul y ese amarillo que todavía veo cuando cierro los ojos. Y eso, viniendo de alguien que nunca pisó mi pueblo y que murió hace más de ochenta años, es algo parecido a un milagro.

Los días azules no son solo un verso. Son una promesa de que, pase lo que pase, siempre tendremos un lugar al que volver. Aunque sea solo en la memoria. Aunque sea solo en el momento final, con un papel arrugado en el bolsillo y el corazón lleno de luz.

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