Roberto Garcia
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octubre 14, 2026

Casi en casa

Casi en casa
octubre 14, 2026

Siempre he dicho que la soledad me gusta hasta cierto punto. Me gusta un poco como me gustan los días de lluvia, que se agradecen mientras no vengan muchos seguidos. La semana pasada tuve bastante de ella. Estuve unos días en Breslavia, en Polonia, por trabajo, y aunque las jornadas iban llenas de reuniones, las primeras horas de la mañana y las tardes eran solo mías. Nadie me esperaba en ningún sitio. No había que ir a buscar a nadie al colegio, ni pensar en cenas, ni negociar la hora del baño. Estábamos yo, una ciudad y mis zapatillas On.

Si no me fallan las cuentas, he estado en Breslavia más de una decena de veces. La sede central de la empresa para la que trabajo está allí, así que cada cierto tiempo me toca hacer la maleta pequeña y pasar unos días entre salas de reuniones y pantallas. Al principio era un destino más, un nombre en una tarjeta de embarque. Con los años se ha ido convirtiendo en otra cosa. Ahora llego y sé por dónde ir, sé qué calle me ahorra una vuelta y sé que, haga el tiempo que haga, voy a acabar en el mismo sitio. No tengo ningún ritual, salvo uno que cumplo siempre casi sin darme cuenta. Ir al centro histórico y llegar hasta el río.

Esta vez el hotel estaba algo apartado del centro, así que cada tarde, al terminar, me tocaba un buen paseo hasta el casco antiguo. Lo agradecía. Después de horas sentado hablando, escuchando y tomando notas, caminar sin prisa era lo más parecido a vaciar la cabeza. Las calles se van estrechando a medida que te acercas al Rynek, la gran plaza del mercado, y las fachadas se llenan de colores, como si alguien hubiera decidido que una ciudad tan castigada se merecía por lo menos eso.

Y lo de castigada no es una forma de hablar. Hasta 1945 Breslavia se llamaba Breslau y era una ciudad alemana. En los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial los nazis la convirtieron en fortaleza y el Ejército Rojo la tuvo sitiada desde febrero hasta principios de mayo. Se rindió el 6 de mayo, dos días antes de que terminara la guerra en Europa. Para entonces alrededor del 70% de la ciudad estaba en ruinas, y en el mencionado casco antiguo los daños llegaban al 90%. Lo que hoy parece un decorado de cuento es, en buena parte, una reconstrucción hecha piedra a piedra.

Pero lo que más me impresiona no es eso. Tras la guerra, las fronteras de Polonia se desplazaron hacia el oeste. Breslau pasó a ser Wrocław, y la población alemana fue expulsada a lo largo de los años siguientes. En su lugar fue llegando gente desde el este, de territorios que Polonia había perdido. Muchos venían de Lwów, la actual Leópolis, en Ucrania. Se trajeron hasta parte de sus tesoros, como los fondos de la biblioteca Ossolineum o el enorme lienzo de la Panorama de Racławice, que todavía hoy se puede ver en la ciudad. En 1947, más de uno de cada cinco habitantes de Breslavia procedía de esas tierras del este.

Siempre he pensado que eso explica algo. Breslavia es una ciudad levantada por gente que tuvo que aprender a sentirse en casa lejos de su casa. Algo sé de eso, aunque a una escala mucho más pequeña. Nací y crecí en Madrid, con medio corazón puesto en Folgoso, y vivo en Cataluña. Llevo toda la vida repartido. Y quizá por eso me resulta tan fácil reconocer los sitios que, sin ser míos, me hacen un hueco.

Luego está el río. El Óder atraviesa la ciudad y se abre en varios brazos que dejan islas por todas partes. La más conocida es Ostrów Tumski, la isla de la catedral, que es la parte más antigua de Breslavia. Allí sigue habiendo farolas de gas, 103 en total, y un farolero que cada atardecer las enciende una a una con una pértiga y cada mañana vuelve a apagarlas, los 365 días del año. Breslavia es una de las poquísimas ciudades de Europa que todavía tiene uno.

Me gusta que exista ese hombre. Me gusta que en una época en la que casi todo se enciende solo haya alguien cuyo trabajo consiste en ir farola por farola, sin prisa, siempre a la misma hora. Tiene algo de lo que yo buscaba en esos paseos de la tarde. Un ritmo más lento, una tarea pequeña, el tiempo justo para pensar.

Porque eso es lo que hice estos días, pensar. Y reencontrarme un poco conmigo mismo, que suena a frase de taza de desayuno pero no se me ocurre una manera mejor de decirlo. En el día a día casi nunca estoy solo, y cuando lo estoy suele ser para trabajar o correr. Pasear sin ningún objetivo, sin nadie a quien atender y sin nada que entregar, es algo que tenía olvidado.

Ahora, lo de hasta cierto punto va en serio. Después de varias tardes caminando solo me sentía bien, tranquilo, con la cabeza más despejada que en semanas. Pero el último día cené con varios compañeros, y aquella cena me reconfortó más de lo que esperaba. No pasó nada especial. Se habló, se rió, se compartió mesa en un restaurante ambientado en la Polonia comunista. Fue suficiente para darme cuenta de que la soledad me sienta bien precisamente porque sé que se termina. Es un sitio al que me gusta ir, no uno en el que me gustaría quedarme.

Y luego está Mateo, que aparece siempre, también cuando estoy a muchos kilómetros.

Mateo no ha volado nunca. Yo tampoco volé hasta bastante tarde, así que no tengo prisa por quemar etapas. Pero le encantan los aviones. Cerca de casa tenemos el aeropuerto de Sabadell, que no tiene vuelos comerciales. Lo que despega y aterriza allí son sobre todo avionetas, helicópteros y aparatos de escuelas de vuelo, y para él cada vez que uno de esos aparatos vuela muy bajo para aterrizar o despegar es casi como un milagro con alas.

En Breslavia, paseando junto al río, me descubrí pensando en eso más de lo que pensaba en el trabajo. En las ganas que tengo de llevarle a algún sitio, el que sea, y verle la cara cuando el avión acelere por la pista. En sentarle junto a la ventanilla y que vea cómo las casas se hacen pequeñas, cómo las carreteras se convierten en hilos y cómo de repente todo queda debajo de una capa de nubes. Que descubra, como yo he ido descubriendo tarde y poco a poco, que el mundo es mucho más grande que lo que se ve desde la valla de un aeródromo.

No sé todavía adónde será ese primer viaje. Puede que a algún sitio cerca, puede que a uno de esos lugares que a mí me han acabado haciendo un hueco, como Breslavia. Lo que sí sé es que esta vez volví a casa con algo más que la maleta pequeña. Volví con ganas de que la próxima vez que coja un avión no lo haga solo.

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