Llevo unos días mirando el calendario de un modo distinto. No porque haya menos cosas apuntadas, que también, sino porque hay un hueco nuevo ahí en medio que antes no existía, y que todavía no sé muy bien cómo se llama. Es raro mirar una agenda y que lo que te llame la atención no sean las líneas escritas, sino las que no están.
El motivo es sencillo de contar aunque no tanto de digerir. Es muy probable que en las próximas semanas deje de colaborar con una de las empresas con las que llevo trabajando desde hace años. No ha pasado nada dramático, no hay ningún conflicto detrás, es simplemente uno de esos cambios que a veces ocurren en el trabajo sin que nadie tenga la culpa, por circunstancias que tienen más que ver con el momento de la empresa que conmigo. Podría contarlo con más detalle, pero no es el detalle lo que me interesa hoy. Lo que me interesa es lo otro, lo que pasa por dentro cuando algo así ocurre.
Durante los primeros días, lo confieso, la sensación fue la esperable. Un poso de incertidumbre, algo de vértigo, esa vocecita que a todos nos habla en estos momentos y que se dedica a hacer cuentas y a imaginar escenarios que casi nunca llegan a pasar. Llevaba mucho tiempo con esa colaboración, formaba parte de mi rutina, de mi identidad profesional casi sin que me diera cuenta, y perder algo así, aunque sea de forma parcial y aunque el resto de mi trabajo siga en pie, remueve.
Pero pasados esos primeros días, me he sorprendido pensando en esto de una manera que no esperaba. En vez de instalarme en la parte dura, que sin duda la tiene, he empezado a mirarlo como una ventana que se abre. Y no lo digo como un ejercicio de pensamiento positivo forzado, de esos que uno se repite para convencerse de algo que en el fondo no siente. Lo digo porque, cuanto más lo pienso, más veo que hay ahí un hueco real, no solo en la agenda, sino en la cabeza, que llevaba tiempo sin tener.
Siempre presumo de ser periodista, y esa manera de mirar el mundo no se va nunca del todo. Sigo teniendo la curiosidad de querer entender bien las cosas antes de opinar sobre ellas, sigo queriendo documentarme a fondo cuando algo me interesa de verdad, y sigo sintiendo, de vez en cuando, esa comezón de querer meterme en un tema y no salir de él hasta tener una idea clara de qué está pasando ahí. El problema es que esa comezón, entre el trabajo, la familia y todo lo demás, se queda muchas veces aparcada. Se apunta en una lista, se promete para más adelante, y ese más adelante tarda en llegar mucho más de lo que a uno le gustaría reconocer.
Este hueco que se abre ahora es, en parte, tiempo para eso. Para investigaciones que llevo meses haciendo a ratos sueltos, robándoles minutos a las noches y a algún domingo, y que con un poco más de aire podrían avanzar de otra manera. Para proyectos que tienen que ver con el trabajo, con esa parte de mí que disfruta comunicando y contando cosas bien, pero que llevaba tiempo esperando su momento porque el día a día no dejaba espacio para empezarlos. No son ideas nuevas, ojo. Son ideas viejas que llevaban tiempo esperando turno, y que de pronto tienen una oportunidad real de moverse.
Y aquí viene la parte que sé que es la de verdad importante, la que decide si todo esto se queda en una buena intención o se convierte en algo real. Tener tiempo no es lo mismo que aprovechar el tiempo. Lo sé bien porque no sería la primera vez que un hueco así se me escapa entre los dedos sin que pase gran cosa, entretenido en tareas pequeñas que llenan el día pero que no mueven nada de fondo.
Así que lo más importante, más incluso que las ideas o los proyectos concretos, va a ser organizarme bien. Ponerle estructura a este tiempo en vez de dejar que se disuelva solo, decidir de antemano en qué voy a invertirlo y no ir improvisando semana a semana según el ánimo del día. Y, sobre todo, la constancia, que es la palabra que más me repito estos días. Cualquiera empieza algo con ganas la primera semana. Lo difícil, lo que de verdad marca la diferencia, es seguir sosteniéndolo en la sexta semana, cuando ya no hay novedad ni urgencia empujando, solo la decisión de seguir.
No sé todavía cómo va a terminar esto, ni cuánto va a durar el hueco ni qué va a salir exactamente de él. Puede que dentro de unos meses mire hacia atrás y vea que aproveché bien este tiempo, o puede que solo consiga avanzar una parte de lo que ahora me propongo, que también estaría bien. Pero prefiero mucho más afrontarlo así, como una oportunidad que me estoy tomando en serio, que quedarme rumiando lo que se cierra.
Al final, mirar la agenda y ver un hueco donde antes había una costumbre ya no me da vértigo. Me da ganas de llenarlo bien.
