Esta mañana llevaba a Mateo al colegio con la radio puesta, de esa manera en que uno escucha la radio a las ocho y media, con la mitad de la cabeza todavía en los emails que tengo que contestar después. Antes de empezar con las noticias sobre el Mundial, una voz de esas que suenan a confianza absoluta decía “prepárate para un verano que recordarás siempre”. Medio segundo de expectación y luego la caída, porque lo que vino después era una oferta para comprarse un Citroën antes de que acabara el mes.
Me hizo gracia la caída. Pero también me dejó pensando, que es lo que me suele pasar con estas cosas que a primera vista no son nada.
Porque yo hago exactamente eso todos los años. Sin que nadie me lo pida, sin que ningún anuncio tenga que convencerme de nada. Llego a junio y empiezo a construir el verano en la cabeza como si fuera el mejor que voy a tener. Me lo imagino completo, con esas tardes que se alargan sin motivo y esas noches que huelen bien y esa sensación de tener por delante un tiempo que no está partido en trocitos de una hora como el resto del año. Arranco cada verano con la ilusión de un niño que todavía no sabe que las cosas casi nunca salen exactamente como las planea.
Y luego, claro, el verano llega. Y es un verano normal. Bueno en partes, aburrido en otras, con algún día perfecto que dura lo que dura un día y con muchos más que se parecen sospechosamente a cualquier martes de marzo, solo que con más calor. Y yo, cada año, me quedo con una decepción pequeña que ya no debería sorprenderme, porque me ha pasado las cuarenta veces anteriores.
Sé de sobra que parte de la culpa es mía. Me pongo el listón donde nadie me obliga a ponerlo. Nadie firma un contrato conmigo prometiéndome un verano de recuerdo eterno. Soy yo el que decide, cada mes de junio, que este va a ser distinto, que este sí va a tener la textura de los veranos que luego se cuentan. Y soy yo también el que se decepciona cuando la vida, con toda razón, no se comporta según ese guion que me escribí solo.
Pero no creo que sea solo eso. A esa expectativa que me fabrico yo mismo se le suma un bombardeo que viene de fuera y que lleva años entrenándome para esperar justo eso.
Los anuncios de Estrella Damm llevan haciéndolo desde hace más de una década. Gente joven y guapa en la Costa Brava, luz dorada, una banda sonora que parece escrita para hacerte sentir que te estás perdiendo algo si no estás ahí. Cada verano hay uno nuevo y cada verano funciona, porque no venden cerveza, venden la promesa de un verano que no vas a tener. Y luego está Bryan Adams, con ese “Summer of ’69” que suena en todas las radios de junio a septiembre desde 1984, contando la nostalgia de un verano adolescente que ni siquiera es suyo del todo, porque la canción va más de la nostalgia en sí que de un verano concreto. Y luego el cine, y las series, y las fotos que suben los demás a las redes sociales, siempre en el mejor momento de sus vacaciones, nunca en la hora y media de atasco para llegar hasta allí.
Todo eso junto forma la idea de un verano que no existe en ningún sitio en concreto pero que existe en todas partes al mismo tiempo, y contra la que cualquier estío real tiene todas las de perder.
Lo curioso es que lo sé. Sé perfectamente que ese verano de anuncio es un producto fabricado, con equipo de rodaje y guion y varias tomas hasta que la luz queda bien. Trabajo en algo parecido a eso, así que no puedo hacerme el sorprendido. Y aun sabiéndolo, cada San Juan vuelvo a caer. La parte racional entiende el mecanismo perfectamente. La parte que se ilusiona cada año no le hace ningún caso a la parte racional.
Quizás la pregunta no es cómo dejar de caer, porque no estoy seguro de querer dejar de hacerlo. Un verano sin la ilusión previa sería un verano más plano, y no me interesa esa versión. Quizás la pregunta de verdad es qué hacer con la decepción cuando llega, que también llega todos los años, puntual como la propia ilusión.
Este verano, con Mateo, tiene algo distinto de los anteriores, aunque solo sea porque él tiene cuatro años y todavía no ha aprendido a esperar nada en concreto. Para él julio es simplemente julio, sin el peso de las cuarenta comparaciones que yo le añado por mi cuenta. Baja a la piscina y se mete sin pensar si va a ser el mejor verano de su vida. Se mete porque hace calor y el agua está ahí.
Puede que ese sea el sitio por donde empezar. No dejar de prepararme para el verano, que probablemente no sé hacer de otra manera. Pero prepararme un poco menos para el de los anuncios y un poco más para el que de verdad va a pasar, con sus tardes normales y su algún día bueno de verdad, que casi siempre acaba siendo suficiente aunque en junio nunca lo parezca.
El Citroën, de momento, me lo voy a ahorrar.

