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junio 10, 2026

El tiempo que no hizo ruido

El tiempo que no hizo ruido
junio 10, 2026

Hace dos semanas, Daniel volvió al barrio donde creció por primera vez desde que se fue a los dieciocho años.

No fue una decisión dramática. Tampoco un peregrinaje sentimental con música de fondo. Fue, simplemente, que tenía que hacer un recado en esa parte de la ciudad que ya no era su parte de la ciudad desde hacía veintidós años, y que al acabar se quedó diez minutos más de lo necesario. Luego veinte. Luego entendió que no se iba a ir hasta haber bajado por esa calle y llegado hasta el patio.

El patio era el centro del universo conocido cuando tenía once años. Un rectángulo de cemento entre bloques de edificios donde aprendió a montar en bici, donde jugaban al fútbol con porterías marcadas con las mochilas, donde estaban los bancos de madera en los que se sentaban cuando ya no quedaba energía para seguir corriendo. Un sitio sin nada de particular que era, sin embargo, el sitio más importante del mundo.

Seguía igual.

Eso fue lo primero que pensó. Que seguía igual. Los mismos bancos, pintados por encima con algún color que ya no era el original pero que era el mismo modelo, la misma forma. Las mismas baldosas rotas en la misma esquina. El mismo árbol que entonces ya era viejo y que ahora era exactamente tan viejo como entonces, sin diferencia apreciable, como si los veintidós años hubieran pasado para Daniel y no para él.

Se quedó un momento en la entrada sin saber muy bien qué estaba buscando.

La cosa que esperaba, si es que esperaba algo, era emoción. Ese golpe de nostalgia que te sacude cuando vuelves a los sitios importantes de la infancia, que es el tipo de experiencia que uno lleva años contándose que le va a ocurrir algún día. Esperaba sentirse pequeño otra vez, o sentir que el tiempo se plegaba sobre sí mismo, o cualquiera de esas cosas que le pasan a la gente en las películas cuando regresa al origen.

No pasó nada de eso.

Lo que pasó fue más extraño y más incómodo. Se quedó mirando el patio y pensó: esto es de antes de ayer. Tenía perfectamente presente cómo olía el cemento mojado después de la lluvia, cómo sonaban las voces de los otros niños rebotando entre los edificios, la sensación física de ese pavimento bajo los pies cuando corría con diez años y no había nada que no pudiera esperar. Eso no se sentía como algo lejano. Se sentía como algo que podría haber pasado el martes.

Y sin embargo. Once años más los veintidós que habían pasado desde que se fue. Treinta y tres años. Casi la vida entera hacia atrás.

Hay un momento en que la matemática hace un ruido que no habías escuchado antes.

Treinta y tres años. Cuando Daniel tenía once años, treinta y tres años hacia atrás era antes de que nacieran sus padres. Era otra época, otro país, otra textura del aire. Si alguien le hubiera dicho entonces que él tenía recuerdos vívidos de aquel tiempo le habría parecido imposible, una exageración, algo que le pasa a la gente muy mayor.

Ahora era él la gente muy mayor. No se sentía así desde dentro, que era el problema. Desde dentro seguía siendo, con algunas modificaciones técnicas, la misma persona que corría por ese patio. El cuerpo sabía más que antes. La vida tenía más capas y más peso. Pero había algo en la manera de estar ahí, en la manera de mirar ese patio, que era indistinguible de como lo miraba entonces.

Lo cual era, pensándolo bien, bastante inquietante.

Estuvo sentado en uno de esos bancos que ya no eran exactamente los mismos bancos un rato largo.

Pensó en los otros niños de entonces. En Marcos, que vivía en el tercero del edificio de la derecha y que era el mejor con el balón y al que no había vuelto a ver desde el instituto. En Ana, que tenía una bici roja y que siempre llegaba tarde y que eso tampoco importaba nunca. En todos los que pasaron por ese rectángulo de cemento como él pasó, sin saber que estaban en el centro del universo conocido porque no tenían referencia de que el universo pudiera extenderse más allá.

No sabía qué habría sido de ellos. Tendrían cuarenta y tantos como él, o más. Tendrían, la mayoría, esa misma sensación de estar perfectamente en la plenitud de la vida mientras la infancia quedaba ya en otro siglo, literalmente, y la juventud se había ido acumulando en ese montón de años que uno no recordaba haber vivido a ese ritmo.

El patio no lo sabía, claro. El patio seguía siendo el patio.

Lo que le sorprendió, al final, no fue el tamaño del tiempo. Fue que el tiempo no había tenido ruido.

No hubo un día en que pensó: hoy empiezo a ser un adulto. No hubo una mañana en que los recuerdos de la infancia pasaran de sentirse cercanos a sentirse de otro siglo. Ocurrió sin avisar, sin momento de transición claro, de la misma manera en que uno no nota que está envejeciendo hasta que hay una foto de hace diez años que ya no parece una foto de hace poco.

Se levantó del banco cuando empezó a hacer frío. Que también había cambiado, eso: el umbral al que se levantaba del banco cuando empezaba a hacer frío. Con once años eso no existía como criterio.

Al salir del patio se volvió una vez más. El árbol viejo. Las baldosas rotas. Los bancos con la pintura nueva encima de la vieja.

Veintidós años desde la última vez que estuvo ahí, y sin embargo lo reconocía todo. Y eso, que debería ser reconfortante, lo que dejaba era algo más parecido al vértigo. No el vértigo de mirar hacia abajo. El de mirar hacia atrás y ver que queda mucho más de lo que parecía cuando no mirabas.

Salió a la calle y caminó hacia el metro con las manos en los bolsillos, pensando en lo de siempre, que era lo de siempre.

Cuarenta años. La edad en que se supone que tienes más o menos claro cómo va esto. Lo que nadie te cuenta es que tener claro cómo va esto incluye aprender a vivir con la suma.

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