Hace unos días me puse a pensar en qué quedaría si quitara todo lo que es circunstancial. El trabajo, la rutina, los proyectos, las opiniones sobre cosas que no me afectan directamente, las identidades que uno va adoptando con los años porque quedan bien o porque el entorno las valida. Si quitara todo eso, qué quedaría.
Quedaban tres palabras. Tres palabras que por separado pueden sonar a discurso de sobremesa, a cosa dicha para quedar bien, y que sin embargo son las únicas en las que no encuentro ninguna fisura cuando las miro de frente. Familia. Patria. Credo. Las escribo y reconozco que suenan antiguas. Me da igual. Son las mías.
La primera es la más fácil de explicar y la más difícil de acotar. Cuando pienso en familia no pienso solo en la sangre, aunque la sangre está dentro y ocupa el centro. Pienso en mis padres, que son la razón de que sea como soy en todo lo que me parece que vale la pena. Pienso en mi hermana Esther, con la que comparto una historia que nadie más tiene exactamente igual. Pienso en Raquel, que eligió quedarse y en ese gesto está todo. Pienso en Mateo, que tiene tres años y todavía cree que el mundo está hecho a su medida, y al que miro con la sensación permanente de estar viendo algo que no merezco del todo.
Pero la familia, en mi caso, tiene un contorno más amplio que el árbol genealógico. Están los tíos y los primos que aparecen en las fotos de toda la vida y que son parte del paisaje sin el que no me entiendo. Y luego está ese otro núcleo, el que uno construye a lo largo de los años, hecho de personas que no comparten apellido pero que han estado donde tenían que estar cuando hacía falta. Esa gente también es familia. Quizás la parte más elegida, que es otra forma de decir la más ganada.
La segunda palabra empieza pequeña y se va abriendo.
Patria empieza por Folgoso de la Ribera. Por un pueblo de El Bierzo que a quien no lo conoce no le dice nada y que para mí lo contiene todo. La infancia, que es donde uno guarda sin saberlo la medida de la felicidad. El monte, el río, las noches de verano con la ventana abierta y el olor a libertad. Los amigos de entonces, que eran el mundo entero. Mis abuelos con la puerta de casa abierta de par en par. Folgoso es el escenario donde fui más feliz, y eso no es una opinión sino un dato que cargo conmigo a todas partes.
Luego viene Madrid, que fue casa durante treinta y cuatro años. Una ciudad que tiene fama de fría y que en mi experiencia fue exactamente lo contrario: mis padres, los amigos de toda la vida, la familia extensa cerca, la sensación de que uno podía orientarse en cualquier dirección y siempre llegaría a algún sitio conocido. Hay una versión de mí que sigue siendo de Madrid aunque ya no viva allí, y no creo que eso vaya a cambiar.
Y luego está Sant Quirze del Vallès, que es donde he formado mi propia familia y donde hay un grupo de personas que me han ayudado a encontrar un equilibrio que en otro sitio quizás habría tardado más en encontrar. Sant Quirze no tenía ninguna mitología para mí cuando llegué. La tiene ahora.
Todo eso, Folgoso, Madrid, Sant Quirze, converge en algo más grande que las tres cosas juntas. España. No la España de los telediarios ni la de las peleas que tienen todo el tiempo la misma forma aunque cambien los protagonistas. La España que tiene siglos de historia y que ha sobrevivido a todo lo que le han echado encima. La España de la lengua, que es el mejor regalo que me pudieron dar y que me permite leer a Cervantes y a Ortega y Gasset y a Pío Baroja y sentir que estamos todos en la misma conversación. La España de un territorio que va de los picos de Europa a la luz de Almería pasando por la meseta, que es enorme y áspera y que a mí me parece hermosa de una manera que no necesita compararse con nada. Soy de aquí y no me disculpo por serlo.
La tercera palabra es la más complicada de explicar sin sonar a cosa que uno repite sin haberla pensado.
Credo no significa aquí religiosidad en sentido devoto, aunque la tradición cristiana esté dentro y la respete profundamente. Significa algo más amplio: la civilización europea. Los valores que se fueron destilando durante siglos de historia, de filosofía griega y de derecho romano y de teología cristiana y de Ilustración y de todo lo que fue acumulándose para producir algo que, con todos sus defectos, tiene una dignidad que no estoy dispuesto a dar por supuesta.
La idea de que hay una verdad que se puede buscar y que vale la pena buscar. La idea de que la razón y la fe no tienen que ser enemigas. La idea de que hay una responsabilidad que va más allá de uno mismo, hacia la familia, hacia la comunidad, hacia los que vendrán después. Todo eso es herencia cristiana aunque mucha gente que lo practica no lo llame así. Es también lo que hace que me sienta parte de algo mayor que mi propia vida, de una continuidad que empezó mucho antes de que yo llegara y que ojalá siga mucho después de que me vaya.
No sé si soy creyente en el sentido estricto. Sí sé que me siento heredero de esa tradición y que cuando la veo amenazada, atacada o ridiculizada sin que se moleste nadie en entenderla, algo en mí lo nota y le pone nombre.
Las tres cosas tienen en común algo que tardé en identificar. Ninguna de las tres es solo mía. Las tres me preexisten. La familia que me dio forma antes de que yo pudiera decidir qué forma quería tener. La tierra que me educó el ojo y el oído sin pedirme permiso. La civilización que llevo encima sin haberla construido, que es algo que va mucho más allá de la identidad nacional o del folclore y que tiene que ver con la manera de estar en el mundo.
Uno pasa mucho tiempo eligiendo cosas. La carrera, el trabajo, el sitio donde vivir, las opiniones que defiende en público, los proyectos en los que mete energía. Todo eso es importante. Pero debajo de todo eso, sosteniéndolo aunque no siempre se vea, están las cosas que no se eligieron. Las que simplemente llegaron y se quedaron porque eran lo que eran.
Familia. Patria. Credo.
Tres palabras que suenan antiguas. Tres cosas que no elegiría cambiar aunque pudiera.

