Hace unos días, caminando por las calles de Sant Quirze durante uno de mis paseos para dar 10.000 pasos, noté algo que no había registrado hasta entonces. El aire tenía esa textura particular, ese grosor que aparece cuando el calor ya respira pero todavía no se ha instalado del todo. Fue como si alguien hubiera abierto una puerta hacia junio. No es exactamente calor, pero tampoco es la templanza de abril. Es la premonición.
Vuelvo a ese mismo sentimiento cada vez que los termómetros suben de forma sostenida. Sucede siempre en ese intersticio entre mayo y junio, ese espacio raro donde el verano ya es inevitable pero aún no ha llegado a reclamarte. Es la anticipación hecha clima. Y aunque ahora estoy en Catalunya, aunque veo el mediterráneo en lugar del páramo de la meseta, la sensación es idéntica.
Es curioso cómo el cuerpo reconoce una estación antes de que se anuncie oficialmente. No es solo la temperatura, aunque claro que importa. Es la luz que dura más. Es esa humedad que empieza a pegarse a la piel sin llegar a abrumar. Es el ruido de las terrazas que se multiplica. Es hasta la manera en que la gente camina más lenta, como si supiera que dentro de poco todo va a cambiar de ritmo.
Cuando vivía en Madrid, esa sensación tenía unos contornos muy específicos. Recuerdo las tardes en la oficina, esas donde el sol pegaba de frente en las ventanas y todos empezábamos a susurrar sobre dónde iríamos en verano. Los parques se llenaban de gente sin chaqueta. Las terrazas de los bares de mi añorado Barrio del Pilar se convertían en territorios conquistados desde las siete de la tarde. Había algo de urgencia en el ambiente, como si hubiera que exprimirle el máximo a esos últimos días antes de que el calor sofocante convirtiera las calles en un desierto de oficinas vacías.
Pero aquello que más marcaba esa época en Madrid era la intensidad del contraste. Porque el invierno madrileño es cruel, punzante, seco. Llega sin avisar y se queda más de lo que uno querría. Las mañanas de febrero son una prueba de resistencia. Entonces, cuando llega mayo, cuando empieza a entrar el calor de verdad, hay una especie de gratitud colectiva. La ciudad respira. Los madrileños sacamos la ropa de verano como quien abre un regalo que llevas meses esperando.
En Folgoso, mi pueblo, la cosa funciona de manera distinta pero el sentimiento es el mismo. No hay ese contraste brutal entre una estación y otra. El clima de El Bierzo es más amable, más templado incluso en los meses duros. Pero cuando llega ese momento de mayo, cuando el monte empieza a verdear de verdad y los días se estiran, hay algo que se remueve. Es la promesa de que pronto volverá esa libertad que solo tiene sentido en un pueblecito durante el verano. La libertad de no tener prisa. De estar en la calle a las nueve de la noche y que todavía haya luz. De pasear sin objetivo.
Ahora, en Catalunya, estoy redescubriendo esa sensación pero con un matiz diferente. Aquí el verano no es una pausa en la vida normal, como lo era en Madrid. Aquí el verano es simplemente un poco más de lo mismo, pero más caliente. La rutina es la rutina. Pero aun así, hay esa anticipación. Hay ese olor a cosas que están por suceder.
Lo que me fascina de este momento, de este limbo de mayo, es lo que dice sobre cómo experimentamos el tiempo. No vivimos en el presente, al menos no del todo. Vivimos siempre con un ojo puesto en lo que viene después. Somos máquinas de anticipación. Cuando es invierno, pensamos en primavera. Cuando llega primavera, ya estamos oliendo verano. Cuando estamos en verano, empezamos a contar los días para el otoño.
Es como si nunca fuéramos capaces de estar completamente donde estamos. Siempre hay una ventana abierta a la estación siguiente, un pensamiento que flota en el aire hacia lo que está por venir. Quizá sea la única manera en la que los humanos podemos enfrentarnos al paso del tiempo sin volvernos locos de depresión. Necesitamos tener algo en el horizonte. Una razón para levantarnos del sofá. Una promesa.
A veces pienso que esa anticipación es lo que echa de menos la gente cuando envejece. No es que los viejos no disfruten del verano. Es que ya han vivido tantísimos veranos que la novedad se ha gastado. Han sentido tantas veces esa llegada del calor que han perdido la capacidad de sorprenderse. Y sin sorpresa, sin esa pequeña emoción de “esto va a cambiar”, la vida empieza a sentirse como un círculo cerrado. Las estaciones se repiten. El tiempo se vuelve redundante.
Hay algo de frágil en sentir, como siento ahora, esa anticipación. Es una forma de vivir en promesas. De decirle al presente que está bien que no sea del todo satisfactorio porque pronto llegará algo mejor. Pero si lo pienso bien, es también lo que mantiene a muchos en marcha. Esa sensación de que el tiempo sigue siendo un río donde hay curvas nuevas, donde todavía puede haber sorpresas.
Mientras escribo esto, aquí en Sant Quirze, noté que he terminado usando la palabra “mayo” casi como un personaje. Como si fuera un mes que tuviera agenda propia, capacidad de hacer cosas. Y quizá sea así. Porque mayo es el mes que trae el cambio. El mes donde todo está por decidirse aún. El mes donde todavía cabe la esperanza de que este verano será diferente de los otros. Que esta vez sí aprovecharemos cada segundo. Que no dejaremos pasar las cosas que importan mientras esperamos a que llegue agosto.
El calor sigue subiendo. Las noches cada vez son más cálidas. Pronto ya no será anticipación, será realidad. Y entonces, como siempre, nos acostumbraremos. El verano será verano, ni mejor ni peor que los anteriores. Y antes de que nos demos cuenta, estaremos en septiembre, mirando hacia el otoño, esperando el frío. Ese será el ciclo nuevamente.
Pero por ahora, en este mayo que ya asoma, en este calor que todavía huele a promesa, quizá sea suficiente. Quizá sea exactamente lo que necesitamos: la sensación de que algo está por pasar. De que el tiempo sigue siendo joven. De que seguimos siendo capaces de anticipar, de esperar, de soñar.

