Roberto Garcia
  • Inicio
  • Artículos
  • Fotos
  • Info & Contact
marzo 11, 2026

El lugar donde estaban las cosas

El lugar donde estaban las cosas
marzo 11, 2026

Folgoso de la Ribera es un pueblo que no ha aprendido a disimular. Las casas siguen en su sitio, las calles siguen donde siempre estuvieron, la iglesia sigue presidiendo la plaza con esa autoridad tranquila de las cosas que llevan mucho tiempo quietas. El río sigue siendo el mismo río. Los montes que cierran el valle por el norte tienen la misma silueta que Adrián llevaba dibujada en algún lugar del cerebro desde hacía diecinueve años, esa línea irregular contra el cielo que uno no sabe que ha memorizado hasta que la vuelve a ver y algo dentro reconoce antes de que el pensamiento tenga tiempo de formularse.

Todo seguía en su sitio.

Ese era exactamente el problema.

Adrián había llegado en tren hasta Ponferrada y desde allí en un taxi cuyos asientos olían a ambientador de pino, conducido por un hombre que no dijo nada en todo el trayecto, que era lo que Adrián necesitaba aunque no lo hubiera sabido pedir. Eran las cinco de la tarde de un miércoles de octubre y la luz era esa luz de otoño en El Bierzo que no es luminosa sino dorada de otra manera, más espesa, como si el sol se despidiera con más cuidado que en otros sitios. En Bélgica, donde Adrián había vivido los últimos doce años, la luz de octubre era gris directamente, sin matices, sin disculpas. Allí el otoño no se despedía, simplemente cerraba la puerta.

El taxi paró en la plaza y Adrián se quedó un momento sin moverse, con la bolsa en el regazo, mirando por la ventanilla como si necesitara prepararse para algo cuya naturaleza exacta no sabía definir todavía.

—¿Es aquí? —preguntó el taxista, no con impaciencia sino con la curiosidad neutra de quien lleva años observando a la gente llegar y marcharse.

—Es aquí —dijo Adrián, y bajó.

La plaza estaba vacía. No vacía como un domingo a las tres de la tarde, sino vacía de otra manera, con una vaciedad más permanente, más estructural, como un argumento del que se han retirado los personajes principales. Había cuatro coches aparcados y una farola encendida aunque todavía era de día y un gato sentado en el escalón de lo que antes había sido un bar y que ahora tenía los cristales tapados con papel de periódico amarillento. Adrián miró el papel de periódico y pensó que llevaba allí mucho tiempo, que nadie lo había quitado, que quizás ya nadie iba a quitarlo.

Fue andando hasta la casa de su madre con la bolsa al hombro, por la calle de siempre, que era exactamente igual que en su memoria excepto porque faltaban las personas. Las casas estaban, las puertas estaban, los números estaban. Pero en el recorrido de doscientos metros que separaba la plaza de la puerta verde de su madre, Adrián no se cruzó con nadie. A las cinco de la tarde de un miércoles, en la calle donde había crecido, no había nadie.

Cuando tenía diecisiete años y se fue, la calle era otra cosa. La calle tenía a la señora Amparo sentada en su silla de enea sacando el fresco hasta bien entrada la noche, y tenía al viejo Celestino regando las macetas del balcón con una regadera de zinc que chorreaba siempre un poco, y tenía a los críos del vecindario corriendo con esa energía inagotable que tienen los niños de pueblo porque el pueblo entero es su casa. Todo eso lo sabía Adrián sin haberlo pensado en años, y le sorprendió comprobarlo, que seguía ahí guardado con ese orden silencioso con el que la memoria archiva lo que no le pedimos que archive.

La señora Amparo había muerto hacía seis años. Su madre se lo había dicho por teléfono con esa manera que tienen las madres de transmitir las malas noticias de los demás, con pena genuina pero también con cierto alivio de que no sea lo peor. Celestino había muerto antes, en pandemia, y eso tampoco lo había procesado bien Adrián porque procesarlo desde Bruselas, solo en un piso de cuarenta metros cuadrados con las noticias encendidas todo el día, era una tarea para la que no tenía las herramientas adecuadas. Los críos de la plaza tendrían ahora su edad o más, estarían en otras ciudades o en otros países, haciendo sus vidas corrientes en otros sitios, exactamente igual que él.

Su madre lo esperaba en la puerta con el abrigo puesto como si fuera a salir, que era su manera de decir que llevaba un rato esperando sin querer parecer que llevaba un rato esperando.

—Estás delgado —dijo, que era su manera de decir que se alegraba de verle.

—Estoy igual —dijo él, que era su manera de decir que la quería.

Entraron a la casa, que olía igual que siempre, y eso sí le golpeó de verdad, el olor, porque el olor es lo único que no cambia o cambia tan despacio que el cambio es imperceptible, y Adrián se quedó un segundo parado en el recibidor con los ojos cerrados sin saber exactamente qué estaba haciendo.

—¿Qué te pasa? —preguntó su madre.

—Nada —dijo—. Que huele igual.

Su madre no dijo nada, lo cual significaba que lo entendía perfectamente.

Cenaron temprano y hablaron de las cosas de siempre: la salud de ella, el trabajo de él, el precio de las cosas, el frío que llegaba. Su madre le habló del pueblo con esa mezcla de resignación y lealtad que tienen las personas que han decidido quedarse en un sitio que se vacía y no se arrepienten exactamente pero tampoco están seguras de no arrepentirse. Le dijo que en el último año habían cerrado el bar de la carretera, que ya solo quedaba el de la reguera, y que en esa misma carretera había cuatro casas cerradas y dos más en venta sin que nadie llamara a preguntar el precio. Le dijo todo esto sin dramatismo, como quien describe el tiempo que hace, como si la desaparición lenta de un pueblo fuera un fenómeno meteorológico ante el que no cabe sino abrigarse un poco más.

Al día siguiente Adrián salió a andar. Era su costumbre en Bruselas también, salir a andar sin destino concreto para pensar con los pies lo que la cabeza no terminaba de resolver, y funcionaba razonablemente bien en una ciudad grande donde cada calle ofrece algo nuevo en lo que distraerse. En Folgoso no funcionaba igual. En Folgoso, cada esquina era una pregunta que no había pedido.

Pasó por delante del colegio, que seguía abierto pero con esa apariencia de los sitios que funcionan a mínimos, con las ventanas limpias pero los patios demasiado silenciosos para una mañana entre semana. Pasó por la casa de Javi, que había sido su mejor amigo hasta los quince años y del que no sabía nada desde hacía más de una década, y comprobó que la casa tenía otro apellido en el buzón. Pasó por el bar de la reguera y entró a tomarse un café y el hombre que estaba detrás de la barra tenía una cara que le resultaba vagamente familiar sin que pudiera ubicarla, y eso era lo más desconcertante de todo, que el pueblo fuera reconocible y ajeno al mismo tiempo, que pudiera caminar por sus calles sin perderse y sentirse perdido de todas formas.

Eso era lo que nadie te explicaba cuando te ibas a los diecisiete años. Nadie te decía que el sitio del que te marchabas seguiría siendo tuyo solo en la memoria, y que la memoria y el sitio real se irían separando despacio, cada uno por su lado, hasta que el día que volvieras encontraras dos cosas distintas que compartían el mismo nombre y las mismas calles pero que no eran ya la misma cosa. Nadie te decía que el pueblo no te esperaba. Que el pueblo hacía su vida, que era irse vaciando, lentamente, con dignidad, sin dramatismos.

Por la tarde llamó a su madre desde el banco que había frente a la iglesia y le dijo que iba a quedarse un poco más, que no tenía prisa en volver. Su madre dijo que bien, con esa contención que practican las madres que han aprendido a no pedir demasiado porque pedir demasiado aleja a los hijos.

Adrián se quedó sentado en el banco un rato largo, mirando la plaza vacía. El gato del bar cerrado había vuelto a su escalón. El papel de periódico en los cristales seguía igual. La luz de octubre seguía siendo esa luz espesa y dorada que se despedía con cuidado.

Pensó que había salido de allí a los diecisiete años buscando algo que no sabía nombrar, y que diecinueve años después seguía sin saber nombrarlo, y que quizás eso era lo único que no había cambiado: ni el pueblo ni él sabían exactamente qué hacer el uno con el otro, pero ahí estaban los dos, todavía, en la misma plaza de siempre, esperando que el otro dijera algo primero.

El gato lo miró un momento y luego apartó la vista, con esa indiferencia soberana de los gatos que han decidido que el mundo no les debe ninguna explicación.

Adrián pensó que tenía razón.

Artículo anteriorEl olor que regresaArtículo siguiente La Taberna del Tiempo Perdido

Deja un comentario Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Sobre el Blog

Este es el blog personal de Roberto García.

Entradas recientes

Hasta que vuelva a ser agostoseptiembre 2, 2026
Parar no es lo mismo que descansaragosto 5, 2026
Las semanas de antes de agostojulio 29, 2026

Categorías

  • Arte
  • Deportes
  • Editorial
  • Entrevistas
  • Gastronomía
  • Miscelánea
  • Relatos
  • Reportajes

Meta

  • Acceder
  • RSS de las entradas
  • RSS de los comentarios
  • WordPress.org

Etiquetas

Alcorcón Arco de la Victoria Arquitectura Arte Atlético de Madrid Bomba Nuclear Burchfield CIEMAT Ciudad de la Justicia Coronavirus Covid-19 CREAA Despoblación España El Bierzo Energía Atómica Entrevistas España Folgoso Francisco Franco Gastronomía Historia Historria Invierno La Latina Madrid Madrid Nuevo Norte Madrid Vintage Mike Oldfield Muralla de Madrid Móvil Música Navidad Nuevas tecnologías Nuevos Ministerios Opinión Otoño Primavera Torrelodones Vacaciones Valle de los Caídos Vejez Verano Viajes Vicente Calderón Vino
Consulta la
Política de privacidad