Mirando hacia adelante
Hay algo en el cambio de año que nos invita a mirar atrás. Es casi inevitable. Cerramos un calendario y, antes de abrir el siguiente, nos detenemos en el umbral para hacer balance. Y así llevo yo las últimas semanas: pensando en Folgoso de la Ribera, en aquellas tardes infinitas de verano, en las Navidades muy en familia y, en definitiva, en los buenos viejos tiempos sobre los que escribí hace algunas semanas y que ya parecen pertenecer a otra vida. He estado nostálgico, lo reconozco. Quizá demasiado.
La nostalgia tiene eso: te envuelve como una manta cálida en invierno, pero si te quedas demasiado tiempo bajo ella, acabas olvidando que hay un mundo entero más allá de esa comodidad. He recordado las calles de mi pueblo con una claridad casi dolorosa, el sabor del agua de la fuente, el sonido de los partidos en la cancha, esas cosas pequeñas que construyen una infancia y que nunca volverán como fueron. Y está bien recordarlas. Está bien tener presente de dónde venimos.
Pero si algo he aprendido en estos últimos días es que no se puede vivir mirando por el retrovisor. O al menos, no todo el tiempo. La nostalgia es como esos viejos álbumes de fotos que guardamos en casa: está bien sacarlos de vez en cuando, sonreír ante las imágenes descoloridas, sentir esa punzada dulce en el pecho. Pero luego hay que cerrar el álbum y volver a la vida que está sucediendo ahora mismo, a la historia que todavía estamos escribiendo.
Porque aquí está la verdad que me cuesta aceptar: esos buenos viejos tiempos solo son “buenos” porque ya pasaron, porque la memoria los ha pulido hasta quitarles las aristas, los momentos aburridos, las tardes en La Presa que se hacían eternas de puro tedio. La nostalgia es selectiva, nos muestra solo lo que queremos ver. Y aunque comprendo la tentación de refugiarme en esos recuerdos, sé que el precio es alto: cada minuto que paso añorando el pasado es un minuto que le robo al presente, y sobre todo, al futuro.
Este 2026 que acaba de empezar no será el año en que recupere mi infancia, porque eso es imposible. No volveré a tener ocho años en Folgoso, no volveré a experimentar el mundo con esa mezcla de inocencia y asombro. Pero quizá, y esta es mi gran promesa para los meses que vienen, pueda recuperar algo más valioso: la capacidad de estar presente, de construir nuevos recuerdos en lugar de limitarme a revisar los antiguos.
He pensado mucho en esto últimamente. En cómo el pasado puede convertirse en una prisión si lo dejamos. En cómo la nostalgia, por reconfortante que sea, puede paralizarnos. Y he decidido que no quiero quedarme atrapado ahí, en ese bucle infinito de “qué bonito era todo antes”. Porque seguramente dentro de veinte años, si tengo suerte, estaré mirando hacia atrás y pensando exactamente lo mismo de este momento. De este 2026 que apenas comienza.
Así que mi compromiso es sencillo, aunque no será fácil cumplirlo: voy a intentar mirar más hacia adelante que hacia atrás. Voy a dejar de preguntarme constantemente qué he perdido y empezaré a pensar más en qué puedo ganar. Voy a salir de esa zona de confort que es el pasado conocido y me voy a arriesgar a crear nuevas experiencias, aunque no tengan el sabor idealizado de la infancia.
No estoy diciendo que vaya a olvidar Folgoso, ni mis buenos viejos tiempos, ni nada de lo que me ha hecho ser quien soy. Sería absurdo y, sinceramente, imposible, porque volveré cada vez que tenga ocasión. Pero sí voy a intentar que el pasado ocupe el lugar que le corresponde: una parte importante de mi historia, sí, pero solo una parte. No toda la historia.
Tengo años por delante, ojalá muchos, y la idea es vivirlos de verdad, con la familia he formado. No como un espectador de mi propia vida, comparando constantemente el presente con un pasado embellecido por la distancia. Sino como alguien que entiende que cada etapa tiene su propia belleza, sus propias posibilidades. Que la nostalgia puede visitarme de vez en cuando, pero que no se quede a vivir permanentemente.
Este primer artículo de 2026 es, en el fondo, una declaración de intenciones. Una promesa a mí mismo de intentar estar más presente, de construir en lugar de solo recordar, de avanzar sin olvidar pero sin quedarme tampoco anclado en lo que fue. Porque los buenos tiempos no son solo los que quedaron atrás. Los buenos tiempos también pueden ser estos, los que estamos viviendo ahora mismo, si somos capaces de verlos.
Así que aquí estoy, empezando un nuevo año con esta idea clara: menos nostalgia, más futuro. Menos lamento por lo perdido, más entusiasmo por lo que está por llegar. No será perfecto, cometeré errores, habrá días difíciles. Pero al menos estaré mirando en la dirección correcta.
Hacia adelante. Siempre hacia adelante.

