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diciembre 10, 2025

Los “Good Old Days” que no supimos ver

Los “Good Old Days” que no supimos ver
diciembre 10, 2025

Andy Bernard tenía razón. En un momento de lucidez poco común en su personaje de la maravillosa The Office, dijo algo que se me ha quedado grabado como una espina clavada en el pecho: “I wish there was a way to know you’re in the good old days, before you’ve actually left them. Someone should write a song about that“. O, traducido a la lengua de Cervantes, “Ojalá hubiera una forma de saber que estás en los buenos viejos tiempos antes de haberlos dejado atrás. Alguien debería escribir una canción sobre eso“.

Ahora, a punto de cumplir 40 años y con la Navidad llamando a la puerta, esa frase resuena en mi cabeza con una claridad dolorosa. Porque nadie escribió esa canción. Nadie estuvo allí para decirme: “Esto que estás viviendo ahora mismo, esto es lo bueno. Presta atención. Guárdalo bien”.

Me gustaría haber sabido que aquellas Navidades en las que toda mi familia se reunía alrededor de la mesa eran irrepetibles. Que el bullicio de las sobremesas interminables, las discusiones tontas sobre si estaba mejor el cordero del año pasado que este, la comida de Año Nuevo con mis abuelos ilusionados por darnos el aguinaldo, no serían eternas. En aquel momento me parecía rutina, casi aburrimiento. “Otra Navidad igual”, pensaba mientras miraba el reloj deseando que llegara el momento de escaparme con mis amigos.

Qué idiota fui.

Ahora la mesa está más vacía. Algunas sillas quedaron huérfanas para siempre. Otras están ocupadas por personas que viven lejos y solo pueden venir cada dos o tres años. Y yo daría cualquier cosa por escuchar una vez más esas historias repetidas, por sentir el calor de todos juntos, por recuperar aunque fuera por un instante esa sensación de completitud que solo reconozco ahora que se ha ido.

Me gustaría haber sabido que aquellos veranos en los que todos mis amigos estaban disponibles eran un regalo que se agotaba. Esos veranos donde no hacíamos planes porque no era necesario: simplemente quedábamos y ya está. Una llamada, “¿dónde estás?”, y en media hora estábamos bañándonos en La Presa. Pasábamos noches enteras hablando de nada y de todo, convencidos de que esos momentos se repetirían infinitamente, como si el tiempo fuera generoso con nosotros.

Pero el tiempo no es generoso. El tiempo es justo, quizás, pero no generoso.

Ahora esos amigos tienen hijos, hipotecas, trabajos que los consumen, vidas en otras ciudades. Las quedadas requieren planificación con semanas de antelación, consultar agendas, hacer encaje de bolillos. Y cuando finalmente nos reunimos, que no es poco, hay algo distinto en el aire. Seguimos siendo los mismos, pero también somos otros. El tiempo ha trazado líneas en nuestros rostros y en nuestras prioridades.

Me gustaría haber sabido que aquel viaje con mis padres y mi hermana era un tesoro. No fue nada espectacular, solo unos días en Galicia, de esos viajes sin pretensiones que se organizan a última hora. Recuerdo que me quejé por tener que ir, que hubiera preferido quedarme con mis amigos. Recuerdo haber estado más pendiente del móvil que de la comida que compartíamos juntos. Recuerdo no haber valorado como merecían las conversaciones en el coche, los paseos después de cenar, las tardes de playa o acompañar a mi padre a por el periódico después del desayuno.

Hubo un viaje que fue el último que hicimos los cuatro juntos. No lo sabíamos entonces, claro. Nunca sabemos cuándo estamos haciendo algo por última vez.

Y esa es la cruel paradoja de la vida: los buenos tiempos solo se reconocen en el espejo retrovisor. Mientras los vivimos, estamos demasiado ocupados esperando algo mejor, algo diferente, algo que creemos que nos espera a la vuelta de la esquina. No nos damos cuenta de que lo mejor ya está aquí, ahora, en este preciso instante que estamos desperdiciando.

A veces pienso que si hubiera tenido la capacidad de saberlo, si alguien me hubiera zarandeado y dicho “abre los ojos, esto es lo que recordarás con nostalgia”, quizás habría prestado más atención. Quizás habría guardado esos momentos de otra manera, con más consciencia, con más gratitud.

Pero quién sabe. Tal vez esa es precisamente la magia de los buenos tiempos: que son buenos porque los vivimos con inocencia, sin la carga de saber que son efímeros. Tal vez si hubiéramos sabido que eran especiales, habríamos estado demasiado ocupados intentando preservarlos para disfrutarlos de verdad.

Ahora que se acerca otra Navidad, tengo un hijo de tres años y estoy a las puertas de los 40, trato de aprender la lección. Miro a mi alrededor con otros ojos. Me pregunto: ¿cuál de estos momentos será el que recordaré con nostalgia en diez años? ¿Esta cena? ¿Esta conversación? ¿Esta tarde desenvolviendo regalos con Mateo?

Y aunque no pueda saberlo con certeza, aunque no exista esa canción que Andy Bernard reclamaba, al menos ahora entiendo algo: estos también son los buenos tiempos. Ahora mismo, con todo lo imperfecto que es, con todo lo que falta y todo lo que sobra. Estos días que vivo hoy, con su mezcla de alegría y melancolía, también serán los que miraré atrás algún día.

Así que este año, cuando me siente a la mesa de Navidad, voy a prestar atención. Voy a mirar a las personas que están ahí. Voy a escuchar las historias, incluso si son repetidas. Voy a guardar los momentos como quien guarda tesoros.

Porque tal vez Andy Bernard tenía razón, pero también estaba equivocado. No necesitamos una canción que nos diga cuándo estamos en los buenos tiempos.

Solo necesitamos entender que siempre lo estamos.

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