Roberto Garcia
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octubre 28, 2026

La noche de antes

La noche de antes
octubre 28, 2026

Este fin de semana se juntan dos efemérides que, si fuéramos más papistas que el Papa en lo que a celebraciones se refiere, no deberían ser compatibles. El viernes por la noche es Halloween y, solo unas horas después, llega el sábado es Todos los Santos. Una noche de calabazas, disfraces y niños llamando a las puertas, y a la mañana siguiente un día de flores, de cementerios y de acordarse de los que ya no están con una lágrima recorriendo la mejilla. Visto así, en frío, cuesta entender que quepan en el mismo fin de semana. Y, sin embargo, a mí me gustan las dos. Por razones muy distintas, evidentemente, pero las dos.

La primera razón es la más sencilla de explicar. Durante muchos años, tanto una como otra significaban ir a Folgoso. El puente de Todos los Santos era uno de esos viajes que se esperaban con ganas, porque llegaba justo cuando el verano ya quedaba lejos y la Navidad todavía no se veía. Y luego está el otoño, que me gusta en cualquier sitio, pero en Folgoso de una manera especial. La niebla agarrada al valle a primera hora, los castaños cambiando de color, el olor a leña que empieza a salir de las chimeneas en cuanto cae la tarde. Ese frío que no es todavía el del invierno pero que ya avisa.

La segunda razón es más complicada, y es la que me ha hecho sentarme a escribir esto.

Antes de ponerme a pensar en por qué me siento entre dos aguas, quise saber si de verdad eran tan incompatibles. Y resulta que la historia es bastante más enrevesada de lo que parece.

Para empezar, la propia palabra Halloween es cristiana. Viene de All Hallows’ Eve, que en inglés antiguo quiere decir la víspera de Todos los Santos. Es decir, que la fiesta de las calabazas no es otra cosa que la noche de antes del día que yo asocio al cementerio de Folgoso. Lo que pasa es que esa noche ya existía antes de tener ese nombre. Los celtas de Irlanda y Escocia celebraban por esas fechas el Samhain, que marcaba el final de la cosecha y la entrada en la mitad oscura del año. Se creía que durante esa noche la frontera entre los vivos y los muertos se volvía más fina, y que los espíritus podían andar por ahí.

La Iglesia, por su parte, tardó en decidirse. En el siglo VII el papa Bonifacio IV dedicó el Panteón de Roma a la Virgen y a todos los mártires, y lo celebraba el 13 de mayo. Fue un siglo después cuando Gregorio III llevó la fiesta de Todos los Santos al 1 de noviembre. Por qué eligió esa fecha y no otra es algo que los historiadores todavía discuten. Unos sostienen que fue una forma de cristianizar el Samhain, de poner una fiesta encima de otra para que la vieja se fuera apagando. Otros creen que no tuvo nada que ver. El Día de Difuntos, el 2 de noviembre, llegó más tarde, hacia el año 998, de la mano de Odilón, abad del monasterio de Cluny, que quiso dedicar una jornada a rezar por todos los muertos.

Lo de las calabazas también tiene su historia. En Irlanda lo que se tallaba eran nabos, a los que se les metía una vela dentro. Cuando miles de irlandeses emigraron a Estados Unidos huyendo de la gran hambruna de la patata, a mediados del siglo XIX, se llevaron la costumbre con ellos y allí cambiaron los nabos por calabazas, que eran más grandes y mucho más fáciles de vaciar. Lo demás ya lo sabemos. Estados Unidos lo convirtió en lo que es hoy y el cine y la televisión se encargaron de devolvérnoslo, décadas después, envuelto en papel de colores.

Así que Halloween y Todos los Santos son, en el fondo, la misma noche y el mismo día. Dos caras de una misma fecha que en algún momento tomaron caminos distintos. Una se quedó con la fiesta y la otra con el recogimiento. Una se ríe de la muerte y la otra se acuerda de los muertos.

He de reconocer que, con el paso de los años, me he ido volviendo más creyente, por decirlo de alguna manera. No sabría señalar el momento exacto ni tampoco una razón concreta. Es algo que ha ido pasando poco a poco, sin hacer ruido pero formando parte de mí de una manera cada vez más intensa. Y quizá por eso Todos los Santos tiene para mí un peso que antes no tenía, o que tenía de otra forma.

Cuando era niño, el 1 de noviembre era ir al cementerio de Folgoso con mi familia. Recuerdo el frío de la mañana, las flores, los mayores hablando en voz baja delante de los nichos, y yo leyendo nombres y fechas que no me decían absolutamente nada. No era un día triste. Era un día raro, solemne, de esos en los que uno sabe que tiene que portarse bien sin que nadie se lo diga. Pero no era triste, y ahora creo entender por qué. Estaba en Folgoso, estaba con mi familia y no me faltaba nadie importante. O casi nadie.

Ese casi es lo que ha ido cambiando. Con los años, algunos de aquellos nombres han dejado de ser nombres. Y el cementerio, que de niño era un sitio al que acompañabas a los mayores, se convierte poco a poco en un sitio al que vas tú por tu cuenta. Supongo que eso le pasa a todo el mundo. Supongo también que por eso la nostalgia de Todos los Santos es tan particular. Uno no echa de menos el cementerio, echa de menos aquel día en el que estaban todos alrededor.

Y luego está Halloween, que no tiene nada de eso y que también disfruto, a mi manera.

Me gustan las calabazas en los portales, la decoración que empieza a aparecer en los escaparates, las telarañas de algodón, los esqueletos colgando de los balcones. Me gusta el ambiente que se respira en la calle esos días, esa sensación de fiesta un poco absurda en la que todo el mundo está dispuesto a jugar. Y desde que está Mateo, me gusta mucho más, porque a Mateo le encanta Halloween. Le encanta todo lo que lo rodea. Y ver algo a través de los ojos de un niño de casi cuatro años es una manera bastante eficaz de que te acabe gustando aunque no quieras.

Durante un tiempo pensé que había algo de contradicción en todo esto. Que no podía ser que el viernes por la tarde estuviera eligiendo calabazas y el sábado por la mañana me acordara de los míos con otro ánimo completamente distinto. Que una cosa le quitaba seriedad a la otra, o que la otra le quitaba la gracia a la una.

Ahora no lo veo tan claro. O, mejor dicho, lo veo de otra manera.

Quizá lo que pasa es que, a cierta edad, uno empieza a necesitar las dos cosas. La fiesta y la memoria. La noche en la que se juega a tener miedo y la mañana en la que se recuerda a los que ya no están. Durante siglos fueron la misma celebración, y a lo mejor no estaba tan mal pensado. A lo mejor la manera más sana de mirar a la muerte es reírse un poco de ella la víspera y acordarse en serio al día siguiente.

Yo me sigo moviendo entre esas dos aguas. Por un lado, ese Todos los Santos nostálgico, ajustado al recuerdo que tengo de niño, con su niebla y sus flores y mi familia entera alrededor. Por otro, este Halloween que es sobre todo de Mateo, con sus calabazas y su ruido, y que dentro de muchos años será, quién sabe, su recuerdo de infancia, igual que el cementerio de Folgoso es el mío.

Pase lo que pase este fin de semana, el viernes habrá calabazas y habrá risas. Y el sábado, en algún momento, aunque sea un rato, me acordaré de aquella mañana fría en Folgoso en la que no me faltaba casi nadie.

Creo que las dos cosas caben. Creo, de hecho, que siempre cupieron.

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