En mi casa nunca hubo sumilleres. Tampoco enólogos, ni coleccionistas, ni nadie que hablara de taninos o de crianzas con esa soltura que a veces intimida cuando entras en una tienda de vinos y el dependiente empieza a usar palabras que suenan a otro idioma. Lo que sí había, siempre, era una botella encima de la mesa a la hora de comer. Mi abuelo bebía vino. Mi padre y mis tíos beben vino. Podía ser un cosechero de garrafa, de esos sin etiqueta ni pretensión, o podía ser algo un poco mejor si el día lo merecía, pero la botella estaba ahí con la misma naturalidad con la que estaba el pan. Nadie la comentaba. Nadie la analizaba. Se bebía porque comer sin vino, en mi familia, era como comer sin sal.
Ese es el legado que tengo, y quiero ser honesto con lo que es y con lo que no es. No es una educación enológica. No me enseñaron a distinguir una Denominación de Origen de otra, ni a identificar un defecto en una copa, ni ninguna de esas cosas que ahora empiezo a aprender por mi cuenta. Lo que sí me dejaron, sin que nadie se lo propusiera, fue la idea de que el vino pertenece a la mesa, que es parte del ritual de comer acompañado, y que no hace falta ser experto para disfrutarlo. Esa idea se me quedó dentro sin forzarla, como se quedan las cosas que uno no elige sino que simplemente absorbe.
Durante muchos años el vino fue, para mí, poco más que eso. Un acompañante. Algo que bebía porque tocaba, sin prestarle demasiada atención, sin pararme a pensar por qué un vino me gustaba más que otro. Llevo bastante tiempo intentando cambiar eso, tratando de involucrarme de verdad en este mundo, y, hasta ahora, esa intención no había pasado de ahí, de intención. Compraba alguna botella distinta de vez en cuando, leía alguna etiqueta con más curiosidad de la habitual, pero no terminaba de coger el hábito.
Ahora sí. No sabría decir exactamente cuándo cambió, pero en algún momento de este último tramo empecé a coger un ritmo que antes no tenía. Y quiero aclarar algo, porque me parece importante decirlo con la misma naturalidad con la que lo pienso. Esto no tiene nada que ver con beber más. No bebo vino entre semana, ni tengo intención de convertirlo en costumbre diaria. Tiene que ver, más bien, con prestar atención cuando sí lo bebo, que suele ser los fines de semana antes de la hora de comer. Con empezar a distinguir. Con notar que un vino tiene más cuerpo que otro, que uno es más fácil y otro pide más tiempo, que hay algo detrás de cada botella que antes se me escapaba entero.
Y siempre tinto, eso también lo tengo claro. El blanco no me dice nada, y no le veo sentido a fingir lo contrario solo por completar el cuadro.
Lo que más me ha enganchado de este proceso no es tanto el vino en sí como todo lo que hay detrás. Me interesa la procedencia de la uva, de dónde viene cada botella, qué bodega hay detrás y qué historia cuenta esa zona a través de lo que produce. Cada Denominación de Origen es, en el fondo, un relato sobre un suelo, un clima y una manera de trabajar la tierra que se ha ido afinando durante generaciones, y descubrir eso me ha dado una razón mucho más sólida para interesarme que la simple etiqueta.
Dentro de ese pequeño (gran) tengo una predilección clara, y no termino de saber explicar del todo por qué. Me gustan especialmente los vinos monovarietales, los que están hechos con una sola uva, y dentro de esos, los que se alejan del tempranillo que todos tenemos tan interiorizado. Uvas con nombre propio, con carácter singular, que no se esconden detrás de un cupaje.
Ahí es donde entra El Bierzo, con su mencía, que para mí tiene además una capa extra de significado. Mis padres nacieron en Folgoso de la Ribera, y aunque yo crecí en Madrid, mi infancia y mi juventud están llenas de veranos, fines de semana y fiestas en ese pueblo. Por eso es tan especial para mí, aunque no sea la que más me guste. Además, la mencía tiene su propia historia curiosa. Durante años se dio por hecho que era un clon adaptado del cabernet franc, y estudios genéticos recientes han descartado esa idea por completo, apuntando más bien a un cruce con orígenes portugueses. Da igual el origen exacto. Lo que produce en El Bierzo, tiene un carácter que no se parece a casi nada más.
También me atrae mucho la tinta de toro, la uva de la Denominación de Origen Toro. Y aquí tengo que hacer una confesión que me hizo gracia cuando la descubrí, y es que resulta que genéticamente es tempranillo. Un estudio del año 2000 lo estableció sin ninguna duda. Lo que pasa es que llevar siglos aislada en esa zona entre Zamora y Valladolid, en suelos arenosos que además la protegieron de la filoxera del siglo diecinueve, le ha dado una personalidad tan propia que se ha ganado un nombre distinto y un trato de variedad diferenciada. Hay viñas allí con más de ciento cincuenta años. Me parece un ejemplo perfecto de cómo el lugar termina siendo tan importante como la propia uva.
Desde ahí la lista de sitios que quiero seguir explorando no para de crecer. El monastrell de Jumilla, el bobal de Utiel Requena, el graciano que en Rioja casi siempre viaja escondido dentro de un cupaje pero que empieza a aparecer también solo. Y ahora que vivo en Catalunya me hace ilusión mirar más de cerca lo que tengo prácticamente al lado, las garnachas y cariñenas viejas de Priorat y Montsant, criadas en esa pizarra que llaman llicorella y que da vinos con una fuerza muy particular. Cada nombre nuevo es una bodega por descubrir, un origen distinto, una excusa más para seguir aprendiendo despacio.
Porque de eso se trata, al final, de ir despacio. No tengo ninguna prisa por convertirme en experto ni falta que me hace. Lo que tengo es la sensación de estar recuperando, ahora que soy más independiente y decido yo qué botella abrir, algo que empezó en una mesa familiar sin que nadie se lo propusiera. Aquellas comidas familiares, con vino fuera bueno o del corriente, están entre los mejores recuerdos que tengo de estar todos juntos. Ahora, cuando abro una botella y me paro a pensar de dónde viene y qué uva la hizo posible, no siento que esté haciendo algo nuevo. Siento que por fin le estoy prestando la atención que, sin saberlo, llevaba cuarenta años mereciéndose.
