Hoy es miércoles y llevo toda la mañana mirando el reloj como si eso fuera a servir de algo. No sirve. El viernes sigue exactamente donde estaba ayer, dos días por delante, sin moverse ni un centímetro por mucho que yo insista en comprobarlo cada media hora. Ya me pasó el verano pasado, y el anterior, y probablemente me va a pasar todos los veranos de mi vida. La última semana antes de irme siempre se estira. Es una ley que no está escrita en ningún sitio pero que se cumple con más precisión que la mayoría de las que sí lo están.
Lo raro no es que la semana se haga larga. Lo raro es que este año, además de larga, la noto pesada de una manera distinta. No es solo la impaciencia de siempre, el calor que nos lleva derritiendo dos meses, las ganas normales de que llegue el viernes. Es otra cosa, más de fondo, más del cuerpo que de la cabeza.
Llevo dándole vueltas a esto varios días y creo que tiene una explicación bastante sencilla. Desde la Semana Santa no he tenido más descanso que los sábados, los domingos y algún puente que se fue en visitas y recados. Eso son, si hago la cuenta, cuatro meses seguidos. Cuatro meses funcionando con la misma estructura de siempre, encender el ordenador, reuniones, eventos, la casa, Mateo, la lista de cosas pendientes que nunca baja del todo aunque tache cosas todos los días.
Y el cuerpo, que no entiende de calendarios ni de campañas ni de fechas de entrega, lleva un tiempo mandando avisos que yo he ido aplazando con la misma facilidad con la que se aplaza una reunión incómoda. Duermo mal entre semana, aunque me acueste a una hora razonable. Me despierto con la mandíbula apretada, como si hubiera pasado la noche discutiendo con alguien. Hay una tensión instalada en los hombros que ya ni noto como tensión, la he normalizado tanto que se ha convertido en mi manera por defecto de estar sentado delante del ordenador.
Nada de esto es grave. No es una urgencia médica ni una señal de alarma seria. Es, simplemente, un cuerpo que lleva cuatro meses sin la única cosa que de verdad lo repara, que es tiempo sin obligaciones, sin la sensación de fondo de que hay algo esperando al otro lado del descanso.
Porque ahí está la trampa del fin de semana, y llevo tiempo dándome cuenta de ella sin querer aceptarla del todo. El sábado y el domingo descansan la parte de arriba, la que organiza el día, la que decide qué toca hacer y cuándo. Pero no descansan la parte de abajo, la que sigue con el runrún encendido aunque yo esté en el sofá viendo una película. El domingo por la tarde ya estoy pensando en el lunes. Eso no es descanso. Es una pausa con el motor en marcha.
Un puente hace lo mismo, solo que con un día más. No es tiempo suficiente para que el cuerpo entienda que puede soltar del todo. El sistema entero, la cabeza, los hombros, el estómago, necesita más de dos o tres días seguidos para creerse que de verdad no pasa nada si se relaja. Y esa es la diferencia entre parar y descansar, que durante mucho tiempo pensé que eran lo mismo y que ahora sé que no lo son en absoluto.
Por eso creo que esta última semana pesa más de lo habitual. No es solo la impaciencia de un niño esperando su cumpleaños. Es un cuerpo cansado sabiendo que la solución está cerca y protestando porque todavía no ha llegado. Cuanto más cansado se está, más se nota la distancia que falta.
He empezado a pensar en las vacaciones de otra manera, casi menos como un premio y más como una necesidad concreta, del mismo orden que dormir o comer. Suena un poco exagerado escrito así, lo sé. Pero cuando llevas cuatro meses sin parar de verdad, la palabra necesidad deja de ser una exageración y empieza a ser bastante literal. El cuerpo no pide vacaciones porque le apetezca un capricho. Las pide porque las necesita para seguir funcionando bien el resto del año.
Hay una expresión que me ha rondado la cabeza estos días y que resume esto mejor que cualquier explicación larga. Desconectar para reconectar. Suena a frase de sobre de azúcar, pero cuanto más la repito más sentido le encuentro.
Desconectar del correo, de las notificaciones, de la sensación constante de estar disponible para algo. Desconectar de la lista mental que se actualiza sola, incluso cuando duermo, con cosas que tengo que hacer al día siguiente. Y reconectar, mientras tanto, con lo que estos cuatro meses han ido dejando en segundo plano sin que yo lo decidiera así. Reconectar con Mateo sin el móvil en la mano. Con mis padres, con mi casa, con esas conversaciones largas que solo pasan cuando no hay ningún sitio al que tener que ir después. Reconectar, también, conmigo mismo en una versión que entre semana casi no tiene tiempo de aparecer.
No es que en Folgoso deje de ser quien soy. Es que ahí puedo ser esa versión más despacio, sin la urgencia constante empujando por detrás.
Así que aquí sigo, en este miércoles que se resiste a moverse, contando los días que faltan con una mezcla de impaciencia y de alivio anticipado. Sé que en cuanto llegue el viernes por la noche, con las maletas ya cerradas y la carretera por delante, esta semana entera se me va a olvidar en cuestión de horas. Pero mientras tanto el cuerpo sigue ahí, cansado y con razón, pidiendo lo único que de verdad lo cura, que no es un fin de semana más ni un puente más, sino tiempo de verdad, sin fecha de vuelta todavía a la vista.
Tres días. Y después, por fin, ese tiempo que no hace falta contar ni justificar. Solo vivir.

