Hoy es miércoles y llevo desde el lunes con la sensación de que esta semana empezó hace mucho más que dos días. No es una sensación vaga, de esas que uno se inventa para tener algo de qué quejarse. Es concreta. He mirado el calendario tres veces esta mañana convencido de que iba a encontrarme ya en jueves, y las tres veces seguía siendo miércoles, tozudo, sin ninguna intención de moverse más rápido por mí.
Y lo curioso es que esto me pasa todos los años, más o menos por estas fechas. Julio, cuando ya se puede oler agosto pero todavía no ha llegado, se comporta con una lentitud que el resto del año no tiene. Enero es rápido. Marzo es rápido. Octubre, que en teoría no tiene nada bueno esperándole a nadie, pasa volando. Pero estos últimos días de julio, los de antes de las vacaciones, se estiran como si el tiempo también quisiera hacerse de rogar antes de soltarnos.
En el trabajo lo noto todavía más. En transporte, junio es el mes en que todo el mundo intenta cerrar lo que sea antes de que media oficina desaparezca en verano. Así que las semanas se llenan de reuniones que se podrían haber hecho antes, de campañas que de repente son urgentes cuando llevaban un mes esperando tranquilamente en una lista, de un runrún constante de gente preguntando si tal cosa va a estar lista antes de irse. Todo se acumula en las mismas semanas, como si el calendario entero decidiera pasar factura justo antes de dejarnos descansar.
Y esa acumulación, que en cualquier otro momento del año pasaría más o menos desapercibida, en esta época se siente distinta. Se siente más pesada. No porque haya objetivamente más trabajo que en marzo, que objetivamente no lo hay. Sino porque hay un premio esperando al final, y cuanto más cerca está el premio, más se nota cada minuto que todavía lo separa de mí.
Le he dado vueltas a esto y creo que tiene que ver con algo bastante simple, que es que el tiempo no se mide igual cuando se espera algo que cuando no se espera nada en concreto. Una semana cualquiera de marzo pasa sin que yo la vigile. No tengo un motivo para estar pendiente de cuántos días quedan para el sábado, así que los días se comen unos a otros sin que me dé mucha cuenta. Pero una semana de finales de julio la vivo con el cronómetro puesto. Cuento. Sé exactamente cuántos días laborables me quedan antes de bajar la persiana del ordenador. Y ese contar, esa vigilancia constante sobre algo que todavía no ha llegado, es justo lo que hace que cada día se note más largo. Un reloj que se mira cada cinco minutos avanza siempre más despacio que uno que se ignora.
Es una paradoja bastante tonta, cuando lo pienso con calma. Cuanto más quiero que llegue agosto, más despacio parece que se acerca. La ansiedad por el descanso me quita parte del descanso mental que podría tener mientras tanto.
Hay otra cosa que también influye, y es que esta espera no es una espera cualquiera. No es como esperar el fin de semana, que es un alivio pequeño y conocido, algo que se repite cada siete días y que por eso mismo pesa poco. Agosto es distinto. Agosto es Folgoso, es la familia, es Mateo corriendo por la calle sin que nadie le diga que hay que volver a casa a una hora concreta. Es la vida sin las alarmas puestas a las seis y media. Cuando lo que se espera tiene ese peso, la espera también lo tiene. No es lo mismo aguantar hasta el viernes que aguantar hasta que empiece lo único que de verdad me da un respiro entero, sin fecha de caducidad, durante tres semanas seguidas.
Así que en parte entiendo por qué julio se hace tan largo. Es el peaje que hay que pagar antes de cruzar. Y los peajes, por definición, se notan más cuanto más se desea llegar al otro lado.
Lo que me pregunto es si hay alguna manera de vivir estas dos últimas semanas sin pasarlas contando, sin vigilar tanto el reloj que el propio reloj se vuelve más lento por el hecho de mirarlo. Sospecho que no del todo, porque llevo intentándolo varios veranos seguidos y todavía no lo he conseguido. Pero sí he notado que ayuda meterme en algo concreto en vez de quedarme esperando en general. Cerrar una tarea entera, aunque sea pequeña, me hace sentir que julio avanza, en vez de quedarme flotando en la sensación difusa de que todavía faltan días.
También ayuda, aunque suene contradictorio, dejar de compararlo todo con agosto. En cuanto empiezo a medir el miércoles de trabajo con la vara de la playa o del patio de mis padres, el miércoles pierde automáticamente. No hay reunión de las cuatro que pueda competir con una tarde entera sin nada que hacer. Si dejo de hacer esa comparación, aunque sea solo un rato, el día se hace algo más llevadero.
Total, que aquí sigo, en un miércoles que se resiste a convertirse en jueves, contando los días que me quedan como quien cuenta las últimas monedas antes de una compra que lleva deseando meses. Sé que en cuanto llegue agosto se me va a pasar rápido, demasiado rápido, y que dentro de un mes voy a estar añorando estas mismas semanas que ahora se me hacen eternas. Es una de esas ironías del tiempo que ya me sé de memoria y que, aun así, no me libran de vivirla otra vez cada verano.
De momento me queda esta semana y la siguiente. Después, Folgoso. Y con Folgoso, por fin, un tiempo que no hace falta contar.

