No sé qué hice en los tres o cuatro segundos siguientes al gol. Sé que grité, eso sí lo recuerdo, un grito que salió de un sitio que no uso casi nunca. Pero después de eso hay un hueco. No sé si salí a la terraza antes o después de saltar. No sé si salté antes o después de quedarme parado mirando la pantalla como si necesitara comprobar que lo que acababa de ver era real. El cuerpo hizo varias cosas a la vez y no se molestó en avisarme del orden.
Eso es lo primero que pensé al día siguiente, cuando ya podía pensar con algo de calma. Que hay momentos que vive el cuerpo antes que la cabeza, y que esta vez el cuerpo fue tan rápido que ni siquiera yo me enteré de lo que estaba haciendo mientras lo hacía.
Llevaba nervioso desde la semifinal. No un nerviosismo suave, de esos que se llevan bien. Un nerviosismo físico, de no poder estar sentado más de cinco minutos seguidos delante del televisor. Me levantaba, daba una vuelta por el pasillo, volvía, me sentaba, y a los cinco minutos otra vez de pie. Da igual cuántos Mundiales lleve viendo, cuántas veces me haya dicho a mí mismo que soy adulto y que un partido de fútbol no debería hacerme esto. No sirve de nada saberlo. El cuerpo no atiende a razones cuando lleva días acumulando tensión sin ningún sitio donde soltarla.
La final la vi así, entera, de pie más tiempo que sentado. Y con motivo, porque Argentina se dedicó a hacer del partido algo sucio desde el principio, de esos encuentros donde cada disputa se convierte en algo más y cada minuto que pasa sin goles pesa un poco más que el anterior. La expulsión de Enzo Fernández en el descuento no hizo más que confirmar por dónde iba la cosa. Y con el marcador a cero, la sombra de los penaltis se fue haciendo cada vez más real, más concreta, hasta convertirse en el único pensamiento que cabía en mi cabeza según se acababa la prórroga. Sabía lo que significaría eso. Sabía que probablemente no habría podido soportarlo y me hubiera bajado al trastero, ajeno a cualquier pista del desenlace.
Y entonces aparece Ferran Torres. Desde el banquillo, con las piernas frías de estar esperando su momento en la banda, y mete un gol que nos da la segunda estrella.
Voy a decir algo que en cualquier otro contexto de mi vida sonaría a traición. Soy madridista hasta la médula, de los que sufren un “Clásico” como si les fuera la vida en ello, y Ferran Torres juega en el Barça. Pero me da absolutamente igual. Me voy a comprar su camiseta, la del Barça no, la de España, y me la voy a poner con el mismo orgullo con el que me pongo cualquier otra cosa que tenga un escudo que de verdad me representa. Porque hay un escudo que está por encima de todos los demás, y ese día Ferran Torres jugó para él. Le voy a estar agradecido el resto de mi vida por ese gol, igual que a Iniesta, y no hace falta que sea de mi equipo para que ese agradecimiento sea completamente sincero.
De hecho creo que le estoy agradecido a cada uno de los jugadores de esa plantilla, uno por uno, con nombre y apellido, aunque solo unos pocos hayan tocado el balón en el momento decisivo. Lo que se sostiene sobre el campo durante ciento veinte minutos de tensión no lo sostiene un solo jugador. Lo sostienen todos, incluido el que se pasa el partido entero sentado esperando su oportunidad de entrar cuando las piernas de los demás ya no dan más.
Después del gol lloré. Eso también lo recuerdo con más claridad que el resto. No fue un lloro elegante, con dos lágrimas cayendo con dignidad. Fue el otro tipo de lloro, el que sale cuando llevas rato conteniendo algo sin darte cuenta de cuánto lo estabas haciendo. La tensión de los días previos, la de los cinco minutos sentado y los otros cinco de pie, la del marcador a cero que se alargaba, todo eso necesitaba salir por algún sitio, y salió así, de golpe, sin que yo tuviera ningún control sobre el momento ni la forma.
Hablaba antes de Iniesta. Porque, para mí, y para muchos, hay un Mundial anterior al que vuelvo siempre que me pasa algo de esto, y es el de 2010. El 11 de julio de aquel año, dieciséis exactos antes de este, yo estaba en Folgoso, en el bar de mis tíos, viendo cada partido de aquella selección con toda mi gente alrededor. Recuerdo la final entera desde ahí, el abrazo colectivo cuando marcó “Andresito”, las lágrimas de gente que llevaba toda la vida diciendo que España nunca iba a ganar nada. Meses antes de que empezara aquel Mundial yo mismo pensaba que jamás vería a España levantar esa copa. Y cuando pasó, en aquel bar lleno de gente que conocía de toda la vida, pensé que probablemente no lo volvería a vivir. Que esas cosas pasan una vez y ya está.
Esta vez la vi solo, en Cataluña, con Raquel y Mateo en la cama. Y aun así fue igual de emotiva, porque lo que pasó por la calle unas horas antes del partido, el 19 de julio, no lo voy a olvidar en la vida. Gente con la misma camiseta que la mía, con la misma bandera colgada del balcón, cruzándose conmigo por la acera y mirándome como quien reconoce a alguien de la familia sin haberlo visto nunca. Un desconocido me chocó la mano sin decir una palabra, solo por llevar puesta la roja (o la blanca). Eso es lo raro y lo bonito de estas cosas. Que durante un rato, los desconocidos dejan de serlo del todo.
No sé si volveré a vivir un tercer Mundial ganado por España. Tampoco lo sabía en 2010, y aquí estoy, dieciséis años después, sin haber aprendido nada, gritando otra vez un gol del que no recuerdo lo que hice justo después. Puede que esa sea la parte buena de no aprender. Que cada vez que pasa, vuelve a sentirse como si fuera la primera.
Imagen: RFEF

