Hay algo en el primer día de calor de verdad que activa en el cerebro algo que no tiene nombre pero que todos reconocemos. No es alegría exactamente, ni nostalgia, ni esperanza. Es una mezcla de las tres, como si el cuerpo recordara de golpe que el mundo puede ser un sitio agradable.
Yo lo noté el Jueves Santo por la mañana, nada más llegar a Folgoso. El coche aún caliente después de más de seis horas de carretera, la puerta de casa abierta de par en par, y ese olor que solo existe en los pueblos cuando el sol lleva horas calentando la piedra. Un olor que es exactamente el mismo que tenía cuando tenía diez años.
Esta Semana Santa ha sido de esas que no se esperan. Cuatro días con un tiempo que en cualquier otro contexto habríamos llamado de verano. Cielo despejado, temperaturas rondando los 22 grados, noches frescas pero sin la crueldad de marzo. El Bierzo luciendo una de esas versiones de sí mismo que casi parece publicitaria.
Y sin embargo, lo que más me ha impactado no ha sido el paisaje, que estaba precioso. Ha sido la sensación de que estaba recordando algo mientras lo vivía.
Eso no ocurre siempre. A veces vuelves al pueblo y es solo el pueblo, con todo lo que eso implica de cotidianidad y de rutina. Pero esta vez fue distinto. Salí a correr la primera mañana y el sol pegaba, pese a la helada mañanera, desde las nueve con una fuerza que aquí en Catalunya tardaremos días en ver, y pensé que había vivido exactamente ese momento antes. No uno parecido. Ese.
Cuando era pequeño, la Semana Santa en Folgoso tenía una liturgia propia que iba mucho más allá de lo religioso. Era la primera vez en el año que podíamos salir a jugar sin abrigo. La primera vez que los mayores sacaban las sillas a la puerta. La primera vez que el bar de mis tíos se llenaba de gente con cara de haber sobrevivido al invierno, que en El Bierzo no es un decir.
Recuerdo la libertad. La tarde entera por delante, el río bajo y transparente todavía, el sol ganando altura día a día como si tuviera prisa por algún sitio.
La primavera en Folgoso no llega de golpe. Llega primero por los prados, que se vuelven de un verde casi obsceno después de los meses de gris. Luego por los castaños, que tardan más que nadie y siempre parecen que este año no van a despertar, hasta que un día aparecen con todas sus hojas de una vez. Y finalmente por la gente, que es la parte más lenta y quizás la más significativa.
La gente de los pueblos sale en primavera de una manera que en las ciudades no vemos. Literalmente sale. Es una celebración tan antigua que ni siquiera se percibe como tal. Solo es lo que se hace cuando llega el calor.
El domingo por la noche, antes de irme, fui a andar por el pueblo con mi padre. No es algo que hagamos con mucha frecuencia, y quizás por eso fue de lo que más me voy a llevar de este viaje. Una hora caminando sin rumbo fijo, hablando de nada importante y de todo lo que importa.
En un momento nos paramos con nuestras linternas a mirar el pueblo desde arriba con un precioso cielo estrellado y fue exactamente eso que uno imagina cuando dice “El Bierzo en primavera”.
Entonces pensé que, cuando vivía en Madrid e iba mucho más a menudo que ahora, no prestaba atención a estas cosas porque siempre estaba pensando en que lo tenía al lado. Y ahora, que ya no es así, lo veo de otra manera.
No sé si me voy a quedar algún día o si seguiré volviendo de visita el resto de mi vida. Tampoco sé si importa demasiado. Pero sí sé que estos días me han recordado algo que tiendo a olvidar cuando estoy metido en el ritmo de la semana. Que hay sitios donde el tiempo cambia de textura. Donde el mismo sol da diferente. Donde el calor tiene memoria.
Estos cuatro días he pensado bastante en lo que significa la primavera cuando eres niño y cuando ya no lo eres tanto. De pequeño, la primavera era la antesala del verano, que era la promesa de todo. La primavera era esperar. Ahora es otra cosa. Ahora la primavera es en sí misma lo que vale, sin que necesite conducir a ningún sitio.
Quizás sea la edad. Quizás sea que ya no tengo veranos tan infinitos como aquellos. O quizás sea que he aprendido, despacio y sin querer, que las cosas no valen por lo que anuncian sino por lo que son.
Folgoso en primavera huele a hierba cortada y a leña que ya no hace tanta falta. Huele a las primeras barbacoas de la temporada y a la tierra después de la lluvia de la noche anterior. Huele, sobre todo, a que el año empieza de verdad, porque los meses de enero y febrero en El Bierzo son un paréntesis que nadie pidió.
Volví el lunes por la mañana con esa mezcla extraña de alivio y de pena que siempre acompaña el final de los días buenos. En el coche, Mateo dormido en su silla, el paisaje achicándose en el espejo retrovisor, pensé que ojalá recuerde algo de estos días cuando sea mayor. No necesariamente un momento concreto. Solo esa sensación de cielos grandes y tiempo que sobra y el calor de abril en la cara.
Hay una versión de mí con diez años que en este mismo momento estaría en La Presa, sin abrigo por fin, convencido de que el verano dura para siempre. No lo sabía entonces, claro. Nunca lo sabemos.
La primavera siempre llega antes en Folgoso. O quizás es que en Folgoso la espero más.

