Suena a frase hecha, pero lo cierto es que soy de los que siempre ha pensado que los viajes no se miden en kilómetros, sino en las sensaciones que generan en nosotros. En esa mezcla de nervios y miles de planes por hacer que se siente justo antes de volver a un lugar que ya no está solo en el mapa, sino también dentro de uno mismo. Pensar en el viaje a Folgoso por Navidad es, para mí, como abrir un tarro de emociones, del que, apenas levanto la tapa, todo vuelve: las voces, los olores, las luces en la carretera, el sonido del motor diésel del Peugeot 406 de mis padres… Y vuelve, sobre todo, una emoción limpia, intacta, que todavía me eriza la piel.
La liturgia empezaba unos días antes, con las compras de última hora en La Vaguada para no dejarnos nada de cara a las celebraciones de los siguientes días, las bolsas con cosas prepadaras con antelación y, por supuesto, el indescriptible aroma de alegría que solo se respira en esta época del año. Pero el momento central llegaba ese viernes de diciembre, casi siempre a media tarde, cuando el día empezaba a languidecer. En casa, mi hermana Esther y yo esperábamos impacientes a que nuestro padres llegaran del trabajo y, una vez todos en el domicilio, comenzaba el balile: la maleta no se cierra, para qué llevas eso, ¿tienes que ponerte a hacer eso ahora?. Yo esperaba otra cosa: el momento en que accedíamos al garaje, cerrábamos el maletero y la Navidad, más que comenzar, se hacía real.
En cuanto el coche arrancaba, la calefacción intentaba vencer el vaho de los cristales. Yo me quedaba mirando cómo el vidrio se nublaba y cómo Madrid, Las Rozas, Torrelodones… se iban desdibujando detrás, como si se despidieran en silencio. De vez en cuando desempañaba los cristales para ver las luces de Navidad, que se convertían en faros diminutos que me guiaban hacia lo que más esperaba del año.
Ya en la A-6, el coche era un pequeño refugio flotando entre la noche. Afuera, el cielo se volvía azul oscuro, con pinceladas de rosa, de naranja. Dentro, la calidez del aire mezclaba conversaciones cortas y silencios largos, el sonido de la radio buscando emisora, el CD de Mike Oldfield que me acababa de comprar reproduciéndose en mis auriculares, el murmullo suave de la carretera. Me gustaba apoyar la cabeza en la ventanilla y mirar cómo las luces de los túneles, de los pueblos, pasaban como un pulso constante, y tratar de localizar puntos de nieve en las cumbres de la Sierra. Me sabía todos los rincones de esa carretera de memoria, y fijarme en ellos en cada trayecto para ver si habían cambiado era casi un ritual.
De hecho, mi mente se movía por hitos. El pequeño embalse que queda a mano derercha, el peaje de Adanero, la curva de Arévalo, el Duero en Tordesillas… Y siempre parábamos en Mota del Marqués, en un mesón ubicado al lado de una gasolinera… en la que nunca repostábamos. Abrir la puerta del coche y sentir el golpe helado del aire castellano era como atravesar un umbral. Ese frío que se metía por el cuello, que hacía apurar los pasos hasta el bar, no molestaba: era parte del viaje. Parte de lo que lo hacía real.
Dentro, el contraste era mágico; con los cristales empañados, el olor a la cocina, las conversaciones que se entrelazaban entre otros viajeros y vecinos del pueblo. En la barra, el pincho de tortilla que sabía exactamente igual cada año y, mientras tanto, leer las noticias locales de El Norte de Castilla, símbolo de que las preocupaciones ya empezaban a ser distintas.
De vuelta a la carretera, llegaba la parte más emocionante del trayecto. Faltaba menos de la mitad y los cuatro lo sabíamos. Las conversaciones eran más largas, más divertidas. Sobre todo cuando encarábamos la recta antes de La Bañeza, donde el corazón ya empezaba a latir más rápido. Yo apoyaba la frente en el cristal, ya sin vaho, y observaba los campos oscuros, las luces dispersas de las casas, algún árbol solitario. Cada detalle era una señal. Cada kilómetro, una forma de volver a ser niño.
Astorga siempre significaba algo. De pequeño creía que allí el aire cambiaba: más frío, sí, pero también más limpio, más de montaña, más de cuento. Empezábamos a dejar atrás la llanura para adentrarnos en esas montañas que me vieron crecer, buscando de nuevo la nieve y, si no la encontraba, igual me consolaba pensando que quizá esa noche caería.
No hace demasiado tiempo, este tramo del viaje se completaba por carretera nacional, haciéndose más lento, más recogido. El paisaje se cerraba, los árboles se acercaban, y los pueblos no eran manchas distantes, sino casas a apaenas unos metros. Yo, por supuesto, buscaba señales conocidas: un puente, una valla, una casa aislada, los túneles de Torre. Y entonces, después del segundo y más largo, aparecían, a lo lejos, las luces de Folgoso. Brillaban distinto. Más cercanas, más vivas. Eran la confirmación silenciosa de que ya habíamos llegado a mi lugar favorito del mundo.
Llegar a Folgoso de la Ribera no era llegar a un sitio: era regresar al tiempo. Al humo de las chimeneas, al olor húmedo del río, al perfume helado de la hierba. Era escuchar voces familiares, ver rostros que apenas cambiaban, sentir abrazos que parecían más largos que nunca.
Y luego venían los días. Días que parecían durar más de veinticuatro horas. Días de reencuentros, de sobremesas infinitas, de historias repetidas que siempre se contaban con una carcajada nueva. Paseos por calles de siempre, que en Navidad parecían tener otro brillo. Y Sé que me repito, pero mirar al cielo esperando nieve no era una costumbre infantil: era una esperanza pequeña, íntima, que todavía hoy me acompaña.
La Navidad, la de verdad, la mía, tenía ese resplandor que el tiempo no ha conseguido borrar.
Y ahora, viviendo en Barcelona, con mi propia familia, a veces pienso que quizá no vuelva a hacer ese viaje. No de la misma forma, al menos. Las distancias ya no se miden igual, y los caminos que uno recorre por dentro pesan más que los que se recorren en coche. Pero cada vez que pienso en la A-6, en el vaho de los cristales, en el frío de Mota del Marqués, en las luces tintineando, siento lo mismo que entonces: una gratitud serena, una nostalgia luminosa.
Porque Folgoso en Navidad es una forma de sentir el hogar. Y aunque el itinerario no sea el mismo, lo sigo atravesando con la memoria o, como hace unos días, con Google Maps. Ese viaje —tan sencillo, tan lleno de vida— sigue siendo, todavía hoy, mi manera más cierta de volver a casa.

