La frase no es mía. Es de una pintura, que me sirve para ilustrar esta entrada, de Andreu Buenafuente, ese “humorista y presentador de televisión” (según se define él mismo en su blog) que debería estar dentro de los medicamentos prescritos por la Seguridad Social como remedio contra la amargura. Pero no voy a hablar sobre él, porque prefiero escucharlo en Nadie Sabe Nad, divagando sobre todo y nada (valga la redundancia), junto a Berto Romero. En este caso, lo único que me interesa del genial artista catalán es su amor por la época estival y su idealización de ésta. Al menos, en eso, nos parecemos mucho.
No deja de ser cierto que es la estación que todo el mundo tiene en la mente cuando piensa en momentos felices. El Sol, la playa, el tiempo libre… Porque el verano es más un estado de ánimo que una sucesión de semanas y unas condiciones climatológicas determinadas. Es una actitud distinta hacia las cosas, ver todo con un prisma de optimismo y, casi siempre, recordar la infancia y esas largas tardes achicharrándote bajo el sol de agosto mientras esperabas a hacer la digestión para darte un chapuzón que te reactive después de una digestión de ensaladilla rusa y sandía.
En mi caso, lo primero que se me viene a la cabeza cuando escucho esta palabra es un olor. Cada vez que voy a Folgoso, mi casa, en esta época, bajo la ventanilla del coche para aspirar una bocanada profunda del aroma único que regala la vegetación de la zona. No sé si es el brezo, los sardones, o una conjunción de todo, pero la realidad es que sólo con imaginármelo se me eriza el vello. Y tras esa Magdalena de Proust olfativa, en mi mente se agolpan las tardes en “La Presa”, las largas charlas hasta bien entrada la madrugada en la calle y los nervios por ver a esas personas que, por designios de la vida, sólo puedes dar los buenos días en persona dos semanas en agosto.
Hay muchas cosas que aún conservo de la niñez, y el sueño de cada noche de verano se conserva intacta. Es algo que considero como valioso, ya que no implica caer en la nostalgia sino en albergar, cada junio, la esperanza de que lo mejor está por venir. Y es que, como dice Buenafuente, todo lo mejor pasa en las noches de verano.

