No he hecho ningún viaje a Cuenca después del cual no haya salido más convencido de que, efectivamente, es un lugar encantado. Recomiendo visitarlo en invierno, al anochecer cuando más apriete el frío. Sólo así serás capaz de escuchar el silencio de sus calles y el viento ulular a través de sus angostos pasadizos. Y de cuánto agradeces sentarte frente al fuego de una chimenea cuando entres a cenar.